lunes 9 de noviembre de 2009
Sáqueme la foto
- Buenas, caballero.
- Oiga, ¿cuánto me sale la foto?
- Depende pues, ¿de qué tamaño la quiere?
- Ah no, es una de esas bien chicas.
- ¿Pero trajo un pen-drive o algo con la foto?
- ¿Cómo dice?
- Que si trae la foto.
- No pues, yo quiero que usté me la saque. Si yo no tengo cámara.
- Aaaah, usted quiere una foto carné.
- Así parece que se llama. Pero yo ya tengo carné, o sea, que no es para el carné.
- Sí, de acuerdo. ¿La quiere para algún documento especial? ¿Un currículum, tal vez?
- Es para pedir pega.
- Para el currículum entonces.
- Lo que usted diga.
- Ya, pase por acá.
- Oiga, pero no me dijo cuánto me va a salir la gracia.
- Sooon… mm… mil novecientos treinta pesos.
- ¿Tanto por una foto tan chica?
- No, porque salen cuatro.
- Pero si yo le pido una no más.
- Es que no damos de a una, damos de a cuatro. Así le sirven para otras ocasiones.
- Ya, pero es que eso es mucha plata pues oiga, mejor déme una.
- Pero si le digo que no damos de a una, lo más barato es que lleve cuatro fotos en el precio que le decía.
- Pero es que mil trescientos…
- Mil novecientos treinta, caballero.
- Fíjese pues. Con eso llevo pan a la casa por cuatro días.
- Sí, pero esos son los precios. ¿Qué quiere que le haga?
- Ya, ya, saquemos la foto. No es nada de barato esto de pedir pega. ¿Se da cuenta señorita? Uno quiere trabajar porque no tiene plata para alimentar a la familia, pero resulta que para pedir pega hay que echarse cualquier cantidad de monedas. Entre micros y buses – porque a veces hasta hay que salir de la ciudad pues -, más las fotocopias de los curris… currucu… ¿cómo le dijo a la lesera?
- Currículum…
- Eso mismo. Y ahora las fotos chicas que son más caras que el mismo cucurrilum. Entonces no hay cómo vivir, no hay cómo vivir. Y al final, imagínese usted encuentro pega, ya, encuentro pega. ¿Se imagina?
- Me lo imagino…
- Bueno, ya estoy trabajando, pero ¿qué? Ganaré el mínimo no más como todo Chile. ¿Usted gana el mínimo? Le pregunto así no más…
- Este… bueno, no, a mí me pagan un poco más que el mínimo la verdad…
- Ah ya… sí, está bien. Si usted tiene hasta cámara de fotos.
- Ah, pero esa no es mía…
- Bueno, bueno, la cosa es que si encuentro pega - y eso que todavía tengo que encontrarla, lo que no es menor -, me van a pagar una cagada de sueldo y con ese voy a tener que llevar la casa. Usted sabe, llevar la casa, la comida, la locomoción de los niños, porque muy gratis será la educación pero al final igual hay que pagar una cantidad increíble de cosas. Ahora si después se enferman ya es otra cosa, porque la iñora insiste en que hay que llevarlos al consultorio o comprarle remedios. Aunque a mí no me gustan nada esas cosas, a mí me criaron en el campo y lo más sanito que soy sin ningún médico.
- Ya…
- Así no más le digo, si con la iñora puro que lo pasamos peleando ahora. Ella insiste en que quiere trabajar porque yo estoy cesante, pero la mujer tiene que criar a los hijos, ¿me entiende usted? Y yo no lo digo por machista ni nada por el estilo, pero las cosas son así. Los niños necesitan a su mamita en la casa. Además que yo con lo celoso que soy… A mí no me gusta nada que ella salga mucho porque nunca sabe uno si la mujer le está siendo fiel, ¿me sigue usted?
- Sí, pero me parece usted un machista. Aquí me ve a mí trabajando. ¿Y qué tiene? La mujer ya se instaló en el sistema laboral.
- Puede ser, pero es que yo ya he visto tanta y tanta familia que se destruye por engaños amorosos que al final a uno le entra el miedo. ¿Y si me pasa a mí? Los Mancilla que son mis vecinos, ¿los ubica?
- Señor, somos veinte mil personas en…
- Ya, ya. Esos por ejemplo ya se andan separando, porque el Robin que es mi compadre se portó malito, usted me entiende. La chicha le juega malas pasadas a ese. ¿Se fija todos los curaítos que pasan por la calle? Yo los conozco a todos. No trabajan porque nadie quiere contratar a los borrachos, y si tenían familia la perdieron. Sólo les queda su cañita compañera. ¿Por qué van a querer dejar de tomar? Si nadie les ofrece algo mejor…
- Claro…
- Está tan mala la cosa… En una de esas hay más trabajo pero ahora son más negreros. Me dijo mi otro vecino que en algunas empresas han encontrado a jefes que ganaban como cien veces más que algunos de sus empleados… ¿Se fija o no? Yo me pregunto si esos tendrán corazón… Yo soy malo para las matemáticas, pero le calculo que si tenemos el mínimo en ciento cincuenta… el jefazo ese debería estar ganando… harto po…
- Más de diez millones.
- ¡Diez millones al mes! ¿Se fija? Con diez millones… chh… a mí no me dolería pagarle sus mil doscientos por la foto…
- Mil novecientos treinta...
- … hasta le compraría el local y me sacaría yo mismo las fotos pal cursículum. Y eso que esos que ganan tanto ni transpiran pues. Está tan mala la cosa… Uno tiene tantos problemas a veces que ni dan ganas de vivir. Uno dice que ojalá que Diosito se lo lleve a uno. Debe ser lindo allá en el cielo. Comiendo asados todo el día, con los cabros chicos contentos, limpiecitos.
- No sé si se coman asados en el cielo…
- Bueno, pero eso es lo de menos. Debe ser mejor que acá. Las familias bien unidas, los niños sanos, felices. No como en esta basura de mundo, que mueren niños de hambre, y viejos y jóvenes también. Para mí que el humano es el único gil que se muere de hambre. ¿Ha escuchado usted de un león o de una cebra que se hayan muerto de hambre en la selva? No pues, porque ellos tienen un sistema bonito y ninguno pasa hambre. Así deberíamos ser nosotros. Más solidarios con el hermano que está al lado, porque cómo sabe uno que no tiene hambre, o que no quiere conversar un rato y botarle sus problemas. Como usted por ejemplo, que nunca me ha visto y me escucha todo lo que yo le digo aunque se esté cayendo de sueño.
- No, señor, en lo absoluto… De hecho, le escucho un poco impactada, es verdad… Una a veces no se da cuenta de cómo está sufriendo el país. En la tele no se muestran estas cosas.
- No, pues… Oiga, se me hizo tarde con tanta cháchara. ¿Me puede sacar la foto?
- De inmediato… Siéntese por allá, eso es. A ver…
- ¿Salí bien?
- Sí, sí…
- …
- Eh, caballero… ¿le puedo preguntar algo?
- Claro…
- ¿Cómo lo hizo para salir sonriendo?
- Bueno, estiré la boca y…
- Me refiero a que… usted tiene tantos problemas y… no, olvídelo.
- ¿Ah? Bueno, usted sabrá. Oiga, ¿cuántas fotos me dijo que salían?
- …
- ¿Señorita? ¿Cuatro fotos me dijo, o no? ¿Señorita?
- …
- ¿Qué le pasó?
- Nada, caballero, disculpe.
- ¿Cuántas fotos va a imprimir?
- Debe de haber un problema con el computador…
- ¿Por qué? ¿Salió mal mi foto?
- No, salió bien.
- ¿Entonces?
- Es que se mandaron a imprimir más de quince millones de fotos carné.
- ¿Y para qué quiero yo quince millones de fotos mías?
- No, señor. Usted sale sólo en una. Los otros quince millones son todos los chilenos a los que le saqué la foto cuando se la tomé a usted.
miércoles 17 de junio de 2009
PANDEMONIUM

Porque podía parecer que yo me estaba volviendo loco, pero sus senos eran reales. Tan reales como mis manos que los tocaban y mis labios que no la dejaban respirar. Podía parecer absurdo, pero nadie habría osado a asegurar que ella era un invento de mi imaginación y no un ser de carne y hueso. Nadie que nos hubiera visto podría haber dicho que ella nacía de la creatividad generosa de la Barbarita y no del destino de mi vida, porque ya eran demasiados los años esperándola en vano.
La clase comenzaba como todos los días. Buenos días niños, buenos días profesor Simón, asiento niños, gracias profesor Simón. Algunos chirridos de las sillas acomodándose, unas toses esporádicas y casuales, el sonoro vientecillo de las páginas al pasar y siempre el odioso murmullo, ese murmullo sin procedencia que llegaba de todos los lados: de la sala repetida del 5º B, de las aulas aledañas, de la inspectoría repleta, de las llaves sin cerrar de todos los baños. El murmullo venía de la dirección, de esos entes de dudosa vocación que lograban que todo funcionara en la más perfecta mediocridad. El murmullo venía de la calle, y de la población y de sus casas maltrechas; quizás desde la mismo hogar de la Barbarita nos llegaba el odio murmurado de la madre abandonada; nos llegaba en el murmullo la posibilidad inminente de un aborto para la hermana encinta; el ruido de la televisión idiotizándolos a todos, encendida todo el día para que la existencia se fuera con ella al mismísimo infierno.
El murmullo venía de todos lados en la escuela, como un angustioso ruido que anuncia, que se hace presente para decirnos a nosotros, los profesores, que perdemos el tiempo porque el murmullo de las casas sin comida, el ruido ensordecedor de los embarazos adolescentes y los gritos ya inaudibles de la miseria no nos dejarían obtener logros.
Esfuércese, amigo docente, esfuércese y pierda su tiempo. Sus niños nunca llegarán a la universidad (y el murmullo crecía con mi silencio en el aula), sus queridísimos alumnos olvidarán sus enseñanzas de amor y paz en cuanto el jefe de la construcción los explote sin piedad (y el rumor ya era una cosa incontenible), sus niños estarán drogándose en las esquinas para no dejar que usted gane, sus niños serán alcohólicos en cuento comprendan que el sistema los dejará de lado porque fueron y son y serán pobres, porque son unos pobres niños pobres que no han tenido una figura paterna, porque si la han tenido a ese hombre le odian porque los golpea en su ebriedad, porque aún si esto no ocurre (y para entonces, el murmullo ya era un grito de horror que venía de la sala repetida del 5º B y de las salas aledañas y de la dirección aburrida, pero por sobre todo venía de la población y de sus drogas y embarazos, de su alcohol y su violencia, y de la frustración de los alumnos y los profesores al comprender que la pobreza es invencible porque a nadie le importa su hambre y su miseria).
- ¡SILENCIO! – grité, y el murmullo se hizo silencio de inmediato. Pero ahí, en la sala; nunca ya en mi mente trastornada de escucharlo incesante, inexorable, tristemente inevitable.
Mis alumnos me miraban. Nunca les había gritado… No podía pedirles disculpas; no, porque ellos no entendían que no les gritaba a ellos sino a la pobreza que los encerraba en su aura negra, sucia, detestable.
Mis alumnos me miraban, caritas inocentes que no tienen la culpa de saber muchísimo más de la teleserie de moda que de las suyas propias.
“No me vas a ganar”, le murmuré al murmullo que regresaba a oleadas. “Nunca vencerás a los sencillos, porque aquí hay un profesor con vocación”.
Les sonreí. ¿Qué más podía hacer? Les sonreí y les pedí amablemente que hicieran silencio. Ellos se callaron. No podía pedirles que comprendieran que no les rogaba que enmudaran ellos sino la pobreza que los condicionaba.
Comencé ordenándoles que abrieran su libro de estudio en la página 44, pero me arrepentí de semejante petición al comprobar que era mayo y el gobierno aún no creía necesario enviar los textos. Enrabiado con los burócratas, decidí hacer una clase a mi modo, obviando el quizá útil pero definitivamente invisible programa ministerial.
- Cuando tenía seis años – comencé -, encontré en un libro llamado “Historias de la selva” una fotografía que mostraba a una boa engullendo a un hurón. Me impresionó tanto que decidí hacer un dibujo. Mi debut como dibujante consistía en una boa que había comido a un elefante, por lo que se veía más gorda. Le mostré mi dibujo a los adultos y les pregunté si les daba miedo. “¿Y por qué habría de darnos miedo un sombrero?”, me preguntaron. Ellos pensaban que era un sombrero. Los adultos no entienden nada…
Iba trazando los dibujos de Saint-Exùpery (que tantas veces había copiado en mi infancia) en el pizarrón. Los niños no se mostraban muy interesados al comienzo, pero pronto cedieron a la magia infantil, adulta, inmortal de El Principito y me escucharon embobados durante toda la hora que tardé en relatarles “mi” historia. Mis alumnos estaban seguros de que todo aquello realmente me había ocurrido a mí. No los culpaba. A mis cuarenta y ocho años todavía no puedo asegurar que Antoine no conoció en el Sahara a ese príncipe del asteroide B612 gracias a una avería de su avioneta.
Cuando acabé de contarles la historia más bella del mundo, pude ver en sus caritas fascinadas que la posibilidad de salvarlos de su destino existía. Sólo necesitaban, en principio, a un buen profesor que los guiara y enseñara. Pero el problema radicaba en que ese profesor necesitaba con urgencia alguien que acallara el murmullo.
“Si todos (profesores, ministros, electricistas, obreros, dueñas de casa, diputados, arquitectos, ingenieros, barredores, abogados, futbolistas, actores, quiosqueros, pescadores, presos) pusiéramos lo bueno que tenemos en servicio de estos niños, Chile ya no lloraría por los problemas que lo inundan silenciosos. Necesitamos que todos pongamos los ojos acá. Así de fácil. Así de utópico. Así de urgente” – pensé, mientras le respondía algo a un niño que no había acabado de entender el final del libro -. “Pero mientras eso no pase, yo seguiré siendo un obrero más de la utopía, aunque tenga que construir esto solo. La pobreza no le va a ganar a un profesor con vocación, aunque yo tenga que seguir oyendo solo este murmullo que ya me entra por los zapatos”.
Miré el reloj y a los niños. Aún quedaban varios minutos de clases y la genial atmósfera invitaba a atreverse un poco más. Lo estaba empezando a dudar cuando ordené:
- Saquen todos una hoja de su cuaderno. Me van a escribir una historia.
- ¿Escribir una historia? – preguntaron varios desconcertados.
- Un cuento. Usen la imaginación. Ustedes son niños, aún pueden imaginar. Hagan la historia de un rey sin reino o las aventuras de un sordo. Escriban el triste relato de un unicornio o el genial mito del océano verde. Todo lo que se les ocurra existe, niños, ustedes son pequeños dioses cuando escriben. Hagan la narración de un pintor sin tela; la muerte de una abeja reina; el romance de dos campesinos. Recuérdenme la historia de la estrella apagada; destruyan a Cervantes y háblenme del Quejote; relaten sobre el nacimiento de una letra o del octavo día de la semana. Hagan un cuento sobre un cuento; piensen en una mujer ensangrentada que pasea por Madrid; díganme qué significado tiene el equilibrio. Imaginen niños, no hay ningún cuento que no merezca la nota máxima. Escriban de sus vidas, hablen de sus penas o alegrías o… - y esto lo dije sin notar la tristeza de mis palabras – imaginen que el profesor Simón encuentra al amor de su vida. ¡Y ahora, a escribir!
Algo dudosos y desconfiados, los niños se fueron sumergiendo en sus historias. Alguno decidió conocer Júpiter, mientras otra contó los detalles de su segunda muerte. Uno dijo que echaba de menos a su hipogrifo preferido y otro que ya estaba harto del sabor de la luna. Llovía y el calor era insoportable. La selva se iba llenando de copos de nieve azucarada. Las estrellas saludaban a los simpáticos dinosaurios y los dragones le escupían fuego a la profesora Rosita. Todo, mientras el murmullo iba cesando en el aula, en la escuela, en la población de mis alumnos.
Me divertía mucho paseándome por los puestos y escuchando a los niños que me hablaban excitados de sus amigos los guerreros chinos y de cómo habían salvado a la princesa de las garras de los sapos malvados. Yo les daba ideas, yo los escuchaba, yo los miraba y me sonreía porque el murmullo rebotaba en las cuatro paredes de la sala – ahora fortificada, ya nunca repetida – del 5ºB.
La Barbarita era mi preferida, pero nunca se lo dije. Sus grandes ojos negros me daban esperanza y ganas de mejorar mi clase, aunque sólo fuera para que ella no se aburriera y quisiera ser una más del montón. Creía en sus capacidades y en su energía; tenía la secreta esperanza de que obviaría su condición y le taparía la boca a los docentes que me hablaban de su mala ortografía, a su madre que la golpeaba y a los burócratas que le mandaban sus textos en mayo o junio, simplemente porque no creían en ella.
- ¿Y tú Bárbara? ¿Qué historia inventaste? – le pregunté cuando llegué a su puesto.
- No se me ocurría nada profe… - me dijo con vergüenza.
- Sin embargo veo que ya has escrito varias líneas – apunté, mientras pensaba que la vida era injusta. Los buenos colegios repletaban sus aulas con mediocres que copiaban hasta la vida del compañero, mientras mi Barbarita estaba en esta escuela con olor a leche en polvo de mala calidad -. ¿Has hecho la historia de un poeta sin musa; de una casa embrujada o de un bosque sin manzanas?
- Mas bien lo del poeta – confesó y abrió sus ojazos negros -. En mi cuento usted encuentra al amor de su vida.
No sé por qué, pero me quedé de piedra. Una extraña tristeza me recorrió las venas, llenando mi sangre de la melancolía de ese amor que nunca llegaba, frío e hiriente como él sólo. No logré darle un consejo, no pude reírme y animarla a seguir escribiendo, como a los demás. Sólo posé mi mano en su cabeza como para decirle que la estimaba y que me emocionaba hasta las lágrimas que escribiera sobre mí. Quizás entendió mi gesto, porque volcó los ojazos al papel y siguió escribiendo feliz, veloz, bárbara.
La clase terminó de pronto, sin darme oportunidad para rogarle a Dios que la hiciera eterna. Noté un cierto fastidio de los niños porque llegaba el recreo. Debe de haber sido la mayor satisfacción de mi vida como docente.
- Hasta mañana niños – dije sin dejar notar mi amargura -. No es una tarea ni una obligación, pero les pido que por favor terminen sus cuentos. No tienen ni idea de lo imaginativos que son y los felicito. Pero termínenlos sólo si quieren. No habrá nota por este trabajo.
Los alumnos salieron al recreo, y noté triste cómo la linda atmósfera se esfumaba hacia los patios, repartiéndose diminuta, inservible, para esos mil alumnos que escuchaban a un profesor en manadas de a cuarenta.
El resto de la jornada laboral transcurrió con la normalidad de siempre. Nada demasiado interesante, más allá de la promesa arrancada a la Barbarita cuando me la topé en el recreo.
- Sí, profe, si voy a terminar el cuento – me dijo sonriendo -. ¡Hasta voy a escribir mientras camine a mi casa! Es que allá no es tan fácil concentrarse…
“Me lo imagino”, pensé para mis adentros. La familia de mi alumna tenía una fama terrible. La madre alcohólica, el padre desaparecido, la hermana embarazada… Sólo mi Barbarita parecía que podía escapar a su triste condición. Le rogaba a Dios que así fuera.
Nada me hacía tan feliz y triste – en este orden – cuando llegaba la hora de volver a casa y así dejar el frío de la escuela… para cambiarlo por la soledad de mi hogar. Salí del edificio arrastrando maletín y pensamientos, y caminé de memoria hasta la calle de mi casa. El profesor simon salio de la escuela llebando su maletin y pensando mucho y haci derrepente llego a la calle de su casa.
Noté que los cigarrillos se me habían acabado y pensé que probablemente ésta sería una tarde de aquellas en las que no hacía nada pero fumaba como condenado para pasar unas penas que no tenía ni entendía, y que se iban hacia el techo envueltas en un humo de tabaco y leña. El profesor simon se dio cuenta de que se le habian acabado los sigarros y penso que tenia muchas ganas de fumar.
- ¡Hola, don José! – saludé al entrar a la tienda de mi vecino-. Los cigarritos, por favor.
El profesor simon le dijo a su becino que vendia sigarros que le diera unos y cuando ya estaba por salir de la tienda se encontro con ella por que venia entrando. Era una mujer muy linda de masomenos la edad del profe el profe la miro derrepente y fue como un amor a primera vista. Ella tambien lo miro y penso que el profe tambien era el hombre de su vida, y el profesor simon se puso muy pero muy nervioso porque no podia creer que esa señora era la que siempre habia buscado pero nunca habia encontrado: era como la mujer de sus sueños.
Agradecí a don José por los cigarrillos y tomé mi cajetilla. Avancé hacia la puerta y la abrí, dispuesto a empezar a fumar de inmediato. Pero el destino me tenía preparada una hermosa, cruel sorpresa. Yo sé que nadie podrá nunca entenderme… Nadie. Ella era la mujer con la que había soñado toda mi vida. A los tres segundos de mirarla supe que la había buscado desde siempre. Tuve la certeza de que esta vez no me equivocaba, de que ella era MI mujer. Ella venía entrando a la tienda cuando yo estaba por salir. Nos quedamos mudos y boquiabiertos ambos, amparados por una tenue luz en el umbral de la puerta. No entendíamos nada, y paradójicamente habíamos comprendido todo al instante. Me sonrió nerviosa e hizo ademán de pasar por al lado. Mis ojos fijos en los suyos no se lo permitieron. No la iba a dejar irse. No cuando ya eran tantos los años esperándola en vano…
El profesor simon le hablo aun que muy nervioso y despues de un rato la invito a su casa a tomar un cafe y ella acepto porque tambien sentia que se le salia el amor por la boca y no entendia nada pero se dejo guiar por el intinto ella tambien era soltera y habia buscado toda la vida a un amor que nunca llegava y esta era su oportunidad.
Porque podía parecer absurdo, pero media hora después nos besábamos con una pasión imposible. Yo la besaba y ella reía; yo la besaba y éramos dos enamorados desde siempre, desde nunca, desde hacia escasos treinta minutos que me parecían la vida entera.
Porque podía parecer absurdo, pero mientras nos volvíamos uno recordé de golpe los ojazos negros de la Barbarita cuando me decía sonrojada que en su cuento yo encontraba al amor de mi vida. Porque podía parecer absurdo pero ¡mierda! ¡Ella era real! Porque no podía pensar en nada más que en esa mujer desconocida e infinitamente mía, porque no me alcanzaba la respiración para reflexionar sobre lo absurdo, lo ridículo e imposible de la situación. Simplemente nos amábamos sin saber siquiera nuestros nombres. Era la imaginación de una niña pobre la que, como en una plegaria a todos los santos del universo, había logrado vencer al murmullo y terminar una tarea sin nota, para que yo estuviera ahora desnudando a – no era una exageración – la mujer que yo más amaba en este mundo en esta cama siempre tan triste, tan solitaria y helada.
Pero entonces empezó: un aviso de que la realidad acechaba. Comenzó como un ruidito lejano que se colaba apenas en mis oídos, impidiéndome de oír su respiración agitada. Un ruido más de la ciudad, que pronto se fue convirtiendo en un murmullo que me hizo detenerme en mi afán enamorado; ya un grito agudo que me hizo soltarla. Ella me miró asustada sin entender lo que me pasaba.
Pronto supe que ya sabía todo, incluso el final, pero me negué mil veces a aceptarlo. Sin embargo, el grito comenzó a crecer en intensidad y a llegar hasta mí en forma de un humo que ya no venía de la salamandra ni del tabaco. Una gran humareda de gritos que penetraron por entre la piel maravillosa de la mujer de mi vida, desintegrando su presencia luminosa. Porque pronto fue todo un gran pandemonio de aullidos y realidad que provenía de la sala repetida de quinto B, de las aulas aledañas y de la dirección incompetente; pero sobre todo de la población, de sus drogas y su violencia, de su alcoholismo, de sus embarazos adolescentes y su hambre infinita, de su miseria y su pobreza.
Pero tumbado en mi cama, viendo cómo la mujer de mi vida se había desvanecido del todo sin dejar más rastro de ella que el desorden de las sábanas, comprendí que el pandemonio de mi mente venía esta vez del cuaderno de la Barbarita, que escribía sobre mí mientras caminaba a su hogar, y que ahora, sin percatarse de lo que hacía, rayaba y arrugaba la hoja en la que escribía el cuento.
Porque algo la había desconcentrado cuando llegó a su casa, obligándola a olvidarse de que era capaz de imaginar, alimentando ingenuamente al feroz murmullo, desintegrando a la mujer que su imaginación y cariño me habían querido regalar por los treinta minutos más hermosos de mi vida: no era la población ni sus drogas ni su alcohol: simplemente la televisión estaba encendida, para llevarse con ella la existencia hasta que fuera hora de volver a la escuela.
jueves 5 de febrero de 2009
COMO TODOS LOS PASAJEROS

Manejé algunos minutos concentrado en el camino, y luego volví a mirarlo por el retrovisor porque, como a la mayoría de mis pasajeros, le había hallado un cierto parecido a alguien (pero como la mayoría de las veces, no logré saber a quién).
Las calles se sucedían aburridas y grises. Al contrario, mis pensamientos volaban alegres por decenas de rostros distintos, rostros amigos, rostros populares, rostros de otros pasajeros de calles aletargadas o ruidosas, intentando dar con la cara que coincidía de alguna manera con la de mi pasajero.
Lo miré un par de veces más. Era un hombre de unos treinta años que no se afeitaba hace unos dos. Tenía el cabello largo y trigueño, y observaba atentamente la vida de la calle por la ventana.
No me hablaba. No me habló nunca, como la mayoría de mis pasajeros. Como todos los pasajeros, nuestra relación comenzaba si – y sólo si – él así lo deseaba, y terminaba cuando llegábamos a su destino y yo le anunciaba cuánto debía desenvolver por el trayecto. Algunos de mis pasajeros me daban las gracias y luego se iban. Otros solamente se iban. La mayoría solo se iba, y unos pocos ni siquiera pagaban. Esos eran los menos.
Continué observándolo, seguro de que no se encontrarían nuestros ojos porque él, como la mayoría de mis pasajeros, no miraría el retrovisor para saber cómo era yo. Su rostro me recordaba en demasía a un hombre que creía no haber conocido personalmente. Alguien de otra ciudad, tal vez. Alguien que aparecía en la televisión o en algún afiche publicitario, no, en algún libro o en una fotografía del álbum de mamá, alguien distinto, alguien… de otra época. Sí, aquel hombre tenía las facciones propias de un hombre de otra época, de un mundo distinto al que me recibió a mí. Algún guerrillero, un descubridor… Su rostro era, definitivamente, el de alguien que ha resistido al paso del tiempo y se ha instalado, a fuerza, en el inconsciente colectivo de la sociedad.
Frené en seco. Como cualquier pasajero, él esbozó una mueca de disgusto por mi manejar. Murmuré una disculpa y continué manejando, despacio, despacio, para no dejar ir la fantástica revelación. El cabello largo, las barbas desarregladas, la ropa sencilla, los ojos intensos, la mirada atenta en la calle: mi pasajero era Jesús de Nazareth. No su imitación, no un hombre parecido, no un hippie a la moda de Jerusalén en el año veinte. No, era Jesús en persona que venía al mundo por segunda vez.
Sonreí, con la certeza absoluta del hombre de fe. ¿Qué más podía pedir un taxista en su vida? ¡Llevar a Jesús a su destino! Sonaba casi morboso... Jesús en mi viejo taxi, mirando la vida desde mi taxi, y yo mirándolo a Él.
Las manos me temblaban y creo que comencé a manejar bastante mal, porque Jesús gruñía más seguido atrás. Quise decirle algo, pedirle perdón por no ser el mejor chofer del mundo para llevarlo a su destino, pero tenía la boca seca y las palabras enredadas en mi mente.
Jesús comenzó a mirar insistentemente su reloj. Se notaba que estaba apresurado, así que me concentré en el camino y apreté más el acelerador. No fuera a ser que el Mesías llegara tarde a su destino por mi culpa.
De pronto, no me aguanté más y le pregunté lo que ya sabía, para asegurarme.
- ¿Eres tú, Jesús?
Jesús continuó mirando por la ventana, como si ya hubiese sabido lo que le iba a preguntar.
- No.
Callé. No esperaba que Jesús me dijera eso. A pesar de su inmensa humildad, no creí que se negaría a sí mismo. Era un poco absurdo. Pero continué manejando en silencio, intentando descifrar por qué el Señor había dicho que Él no era quien era… Después de todo, siempre fue impredecible. Creo…
Me di cuenta de que estábamos llegando a destino, y Jesús también lo advirtió porque dejó de mirar por la ventana y se puso su abrigo. Avancé más lento, esperando que Jesús me dijera algo, que me diera una palmadita en la espalda… que preguntara cuánto le había salido el trayecto.
Pero nada. Murmuró “aquí me bajo” y se fue. Era uno de los menos, de esos que no pagaban. No le grité nada, no lo obligué a pagar porque era Jesús de Nazareth, porque de haber sido otra persona…
Jesús caminó por la calle y entró en un edificio. En un gran edificio. Me quedé mirándolo hasta que lo perdí de vista. Tenía un extraño sentimiento. Nunca imaginé que estar con Jesús pudiera ser tan triste.
De pronto, un mendigo me tocó la ventana. La bajé un poco desconfiado.
- ¿Qué quieres? – pregunté.
- ¿Me llevaría? Voy al centro, pero no tengo un peso. Por favor… De mala gana le dije que sí y el mendigo subió al taxi. Pero como ninguno de mis pasajeros, se fue adelante, a mi lado. Como pocos de mis pasajeros, me saludó y me preguntó mi nombre, y me contó que se llamaba Luis y que estaba cesante hace dos años, que sus hijos lo habían dejado y que además era viudo. Yo le hablé de mi mujer y mis hijos, y de muchas otras cosas. Era uno de esos pasajeros especiales, porque me veía todo mi rostro, y yo lo miraba a él con mis ojos y no por el retrovisor. Hablamos todo el camino, de la vida, de la muerte y de la vida después de la muerte, de los ricos, de los pobres, y de los ricos que son pobres, y de los pobres que son ricos. Cuando llegamos al centro me dio las gracias y me abrazó fuerte, y se bajó pidiendo que Dios me bendijera. Pensé en preguntárselo, pero no era necesario preguntar lo que ya sabía. Horas más tarde, ya terminada mi jornada laboral, estacioné el vehículo y me sonreí, me sonreí con aquella peculiar certeza de los hombres de fe, sabiendo que nadie me creería cuando les dijera que hoy había llevado en mi taxi a Jesús de Nazareth.
viernes 17 de octubre de 2008
LA VIDA ES UNA PARÁBOLA

Un día, el niñito decidió ir a buscar a Pepe a su casa, que quedaba en la tierra imaginaria. No sabia como iba a llegar pero se concentro mucho mucho y empeso a caminar hacia cualquier parte. Sentia como si una fuerza rara lo fuera tirando así que se dejo llevar y camino muchos días.
Al cabo de varias semanas caminando sin parar el niñito empezó a oler algo raro y no sabía qué era. Después de mucho rato tratando de adivinar de donde venía el olor se dio cuenta de que era él mismo, porque hace muchos días que no se duchaba. ¡Ese olor era de sus axilas! El niñito se acordo entonces de que a veses su papá se ponía desodorante ahí, y pensó que cuando volviera a su casa le diria a su mamá que le comprara un desodorante.
Siguieron pasando los días las semanas y el niñito aun no llegaba a la tierra imaginaria de su amigo Pepe, echaba de menos a su papá a su mamá y su hermanita pero no podía volver a su casa porque ya estaba muy lejos, y por que ademas la extraña fuerza aún lo seguía llevando. Cuando había pasado casi un año desde que salio de su hogar, noto que su voz había cambiado un poco, y se paresía más a la de su papá, aunque no tanto. Cada vez que cantaba (cantaba para olvidar que estaba solo) sentía su voz mas ronca y desagradable y a veces se ponía muy aguda durante un segundo pero luego volvia a ser ronca.
Así siguió caminando todos los días, mientras que por la noche descansaba al abrigo de la luna. Cuando llovía se refugiaba en una cueva o bajo un árbol (más tarde comprendió que los árboles no eran una buena opción, por que aunque parara de llover las gotas seguían cayendo de las hojitas). Al principio comía todo lo que encontraba y ya conosía, como papas, tomates o naranjas, pero luego se sintió debil y entendió que tenía que aventurarse y descubrir otros sabores, así que empezo a comer algunos bichos, como cucarachas y tábanos, que eran los más fáciles de atrapar. No le gustaban mucho, pero luego aprendió a hacer fuego y se dio cuenta de que asados los bichos eran mejores. Lo mismo le pasó con los pájaros muertos que encontró en el camino: cuando los ponía al fuego, el sabor mejoraba un montón.
Cuando ya estaban por cumplirse tres años de que hubiera dejado su casa, el niño se dio cuenta de que la fuerza que tan fielmente lo había acompañado y guiado, estaba bajando su intensidad. Se sentía un poco perdido, y ya no estaba seguro cuando emprendía la marcha cada día de que aquel fuera el camino correcto. Además, había tomado la costumbre de ducharse cuando pudiera (los días de lluvia había baño obligatorio) y así había empezado a comprender que no sólo su voz estaba cambiando: ahora tenía vellos en el pubis y las axilas, y su sexo parecía crecer cada día más. Era un mundo nuevo para él. Amaba tanto como odiaba este nuevo cuerpo, esta nueva voz. A veces quería crecer rapido y cambiar definitivamente la voz, ser un hombre de verdad por fin. Pero otras veces, solo quería volver a ser el niñito que había dejado la casa en busca de su amigo imaginario.
Durante varias semanas pensó en volver a casa, pero se dio cuenta de que no echaba de menos a sus papás. Era raro, él siempre los había querido mucho. Pero ahora no los quería ver, porque ya se imaginaba que lo retarían y le obligarían a comer lentejas y esas porquerías. Sus papás realmente no entenderían nada, quizás hasta lo reprendieran si les decía que se había alimentado con cucarachas. No entenderían nada, era un hecho. Así que optó por seguir caminando en busca de la tierra imaginaria, sin saber ya si realmente quería llegar allá, y sin tener ya esa fuerza que lo guiaba.
Durante un par de años, el joven deambuló sin rumbo fijo. Se levantaba cada día, escupía al suelo y al estúpido de dios que no le ayudaba nunca y caminaba por los caminos que parecían menos agotadores. Sin embargo, aquellos caminos solían terminar en dunas y cerros monumentales que había que sortear de la única manera: enfrentándolos, escalándolos de sima a cima para luego volver a bajar y seguir el rumbo hacia la nada.
El joven, ya harto de la vida que le había sido destinada, pensó varias veces en matarse. ¿A quién le hacía falta? ¿Quién se acordaba de él? Ni siquiera él mismo se aceptaba… ¿Para qué seguir viviendo? La historia absurda de su amigo imaginario ya le era totalmente ajena. ¡Amigos imaginarios! Pero qué imbécil más grande. ¿Acaso existía una “tierra imaginaria”? Qué idiota, qué grandísimo idiota. Quería volver a la civilización, pero no hallaba el camino. Le molestaba el bigote y la barba incipiente, el cabello largo que le tapaba los ojos, su voz extraña y madura. Le molestaba su imaginación, que todavía no se largaba del todo. Le molestaba su vida, y el silencio y el ruido, y el cielo tan calmado o tan furioso, y le molestaban los sonidos de los pájaros que lo despertaban en las mañanas, y odiaba el silencio sepulcral de las noches desérticas. Y seguía caminando…
Fue cierto día (ya no recordaba hace cuántos años había abandonado su casa), cuando llegó a una especie de oasis. Había una pequeña laguna rodeada de árboles frutales. No era ningún paraíso, pero para el joven fue ideal. Durmió ahí esa noche, a sabiendas de que al día siguiente no se movería de ahí, ni al subsiguiente, ni en las semanas venideras. Sabía que acá encontraría la paz que buscaba, y no estaba demasiado errado en su pensamiento.
Esa mañana, cuando despertó, comenzó por bañarse bien en la laguna. Luego fabricó con piedras y ramas un cuchillo bastante afilado. Se afeitó la larga barba lo mejor que pudo y se cortó varios mechones del cabello. Entonces derribó varios árboles (para esto requirió todo su ingenio y la fabricación de trescientas cuatro hachas de piedra) y comenzó la construcción de una cabaña. En menos de un mes estaba lista. Cada vez que se alimentaba de los frutos de los árboles, guardaba las semillas y las enterraba en la tierra. Así hizo su huerto. Ideó un sistema para la caza de aves y otros animales. Con el tiempo construyó con madera y paja un lecho confortable; luego moldeó con barro algunos platos, ollas y cubiertos. Al cabo de dos años, se dijo a sí mismo que nada le faltaba y que por ende, era un hombre feliz.
Durante cuarenta y dos años vivió el hombre en el pequeño oasis. Todas las mañanas se levantaba y se aseaba, se afeitaba e intentaba peinarse un poco. Luego, elegía la ropa más limpia (con fibras de totora, coligüe, y varias plantas había logrado tejer algunas prendas, aunque bastante incómodas) y se disponía a trabajar. Regaba el huerto, recogía los frutos maduros y plantaba especies nuevas. Luego cazaba algún animal, lo asaba y se lo comía. En las tardes trabajaba haciendo nuevas cosas para la casa, o bien tejiendo ropa. Así le llegaba la noche, y entonces se iba a dormir a su lecho. Al día siguiente la rutina era la misma, y al subsiguiente la misma, y así durante cuarenta y dos años.
Su cabello ya era de un blanco intenso cuando esa mañana vio su reflejo en el agua. Las arrugas de la cara le saludaros con tristeza, y las manos temblaron como siempre cuando quiso mojarse el rostro para despertar del todo. Sólo sus ojos le hacían evocar su rostro antiguo, sus facciones infantiles. El anciano comprendió de pronto, como un flechazo, que ya era un viejo. Miró alrededor y vio su casa, su huerto, las ropas que se secaban colgando de los árboles. Sintió asco de su asquerosa rutina, de no haber hecho nada importante en toda su vida. Sintió asco, asco de sí mismo y de su conformidad, sintió repugnancia de su meticulosidad a la hora de afeitarse y peinarse, sólo para estar presentable frente a sí mismo. Era un gran hipócrita, y sólo ahora se daba cuenta. Era un esclavo solitario de la rutina del día a día, sólo por la cobardía de no encontrar muerto a Pepe cuando llegara a la tierra imaginaria. Sintió que toda su imaginación volvía a llenarle el alma, que entraba por cada poro de su cuerpo arrugado, y el viejo volvió a sentirse fuerte y joven, y una extraña fuerza comenzó a invadirlo y a hacerlo caminar, a dejar el huerto de mierda y la puta casa que lo habían atrapado durante cuarenta y dos años, y ni siquiera se dio vuelta para despedirse, porque mirar hacia atrás era mirar la vida del cobarde; mientras que seguir caminando era observar de cara a la verdad, era aventurarse nuevamente, era volver a comer cucarachas y tábanos sin asarlos, era dejar la casa paternal sin pensarlo dos veses, sino que solo irse a buscar a Pepe su amigo imaginario y empesar a caminar sin tener olor de hombre si no que solo andar sonriente y como si una fuerza rara lo llevara a buscar a Pepe para que jugara con el por que Pepe a veses se aburria y lo dejaba solo y el no tenia mas amigos que Pepe. Asi que empeso a andar y después a correr y no podia parar por que estaba seguro de que iva a encontrar la tierra imaginaria y de pronto se iso de noche y no quiso dormir por que ya podia oler a Pepe y el viejito era pura imaginación y tanta imaginación tenia que derrepente llegó a la tierra imaginaria y ahí estaba Pepe aun que ya estaba viejo igual quiso jugar con él y jugaron toda la vida hasta que se cansaron y se tiraron juntos a mirar las estrellas y Pepe le pregunto con vos ronca por qué se había demorado tanto, y el viejo le respondio llorando que tenia miedo de volver a ser niño. Y Pepe le dio el último abrazo imaginario y el viejo murió sonriente porque su vida era plena, porque había vuelto a ser un niño.
miércoles 24 de septiembre de 2008
EL EQUILIBRIO - CAPITULO IV
Sumido en estas y otras cavilaciones, nadie habría dicho que A tenía conciencia de lo apurado que estaba. Hacia por lo menos cinco minutos que debería haber llegado al departamento de su compañero para acabar la misión. Pero el canto de F lo había retrasado, y por alguna razón, A parecía no tener intenciones de moverse de su estática posición.
Mas en cuanto el sonido lejano y ronco del disparo llegó a sus oídos, A comprendió de inmediato que su tardanza habría de jugarle en contra. Sintió como si despertara de un sueño extraño y cayera de pronto, con un choque fatal, en su real y miserable vida.
- Mierda, lo mató – se dijo A en un susurro, comenzando a entender.
- ¿A quién mató quién? – preguntó a su vez 1, dejando por fin de observar cómo la figura solitaria de F se alejaba calle abajo, achicándose cada vez más en la distancia. Recién recordaba que había un hombre a su lado, tan inmóvil como ella.
- Nada, no le importa – le espetó A, pero luego se arrepintió de su hostilidad e intentó parecer amable -. ¡Qué tipo! ¿No?
- ¿Quién?
- El cantante.
- Sí, vaya tipo. Me gustaría conocerlo – dijo 1, volviendo a dirigir la mirada hacia la sombra ya invisible de F.
- Pues no tiene nada más que ir al puente más cercano del río que atraviesa la ciudad. Allá dijo que se dirigía – comentó A.
- Sí, quizá. Al menos sé dónde vive – rió 1 indicando el departamento desde el cual F había entonado su canción.
A esbozó una sonrisa y guardó silencio. No sabía qué hacer. La situación le desagradaba por lo absurda. Estaba charlando con una persona a quien nunca antes había visto ni hablado; no quería nada de ella; ella no quería nada de él… sólo eran los únicos testigos del canto de F. Algo los unía, algo que comenzaba a desesperarlo porque sabía que tenía que llegar al departamento de B cuanto antes. Debía preguntarle por qué había matado al hombre antes de su llegada, borrar las posibles evidencias, despistar a la policía…
- ¡Mierda, debo irme! – gritó de pronto A, asumiendo por fin que cada segundo era oro.
De inmediato, la faz tranquila de 1 se trasformó en una sola expresión de horror.
- ¡Mierda, el parto! – chilló tomándose la cara con ambas manos.
A y 1 se miraron a los ojos y comprendieron que debían separarse, aunque les resultaba difícil e incluso incómodo.
- Bueno, pues, adiós – dijo A con nerviosismo - . Veo que también usted está apurada.
- Sí, sí – confirmó 1 -. Adiós, pues.
Mas ni el uno ni la otra se movieron de sus posiciones. No les era posible separarse, y no entendían por qué. Continuaron observándose, rogando con los ojos que el otro lograra irse y rompiera así la unión mágica y absurda que entre ellos se daba. Porque claramente no se sentían atraídos físicamente; ni era que se hubieran caído muy bien; ni tampoco esperaban algo del otro…
- ¿No le sucede…? – intentó preguntar A.
- ¿…que no me puedo mover? – lo interrumpió 1 -. No entiendo nada. Este día ha sido de locos.
- Mierda, le juro que me tengo que ir cuanto antes.
- ¡Yo igual! Mi hermana está por parir… si es que no ha parido ya.
Volvieron a guardar silencio, los cerebros funcionando furiosos. Pasaron algunos segundos eternos así, hasta que 1 quebró el silencio.
- Cante… - le ordenó seriamente a A.
- ¿Qué?
- Cante, cante cuanto antes…
- ¿Pero qué mierda…? – se extrañó A.
- ¡Lo primero que se le ocurra, pero cante! – le gritó 1 con desesperación.
A resolvió no hacer enfurecer a la mujer y entonó lo único que le era posible cantar en ese momento. Intentó sin éxito afinar su voz lo más posible y cantó:
- Ahora me llega la muerte; me conviene que no la rehuya, porque quizá con un poco de suerte te volveré a ver en la tuya….
Sin esperar que terminara, 1 sacó una voz delgada y fina de su garganta y cantó:
- Y es que ahora me llega la muerte, ya no te encuentro en esta vida. Y es que ahora me llega la vida, porque te volveré a ver en tu muerte.
Repitieron sus estrofas varias veces, notando cómo la invisible unión entre los dos iba quebrantándose en cada nueva entonación. De pronto, y sin dejar de cantar, 1 logró mover su pie izquierdo. A se sorprendió e intentó hacer lo mismo que su diestra. Animado por el éxito, caminó con su pie izquierdo. 1 dio un salto y A zapateó el suelo. Entonces dejaron de cantar y se miraron.
- Algo quería ese hombre de nosotros – rió A.
- Quién sabe. Un gusto haber… eh… cantado con usted – dijo 1.
A sonrió e inclinó la cabeza.
- Adiós. Y suerte.
- Adiós – se despidió 1.
Volvieron a mirarse a los ojos, una vez más. Y entonces, en el mismo instante, ambos se dieron vuelta y comenzaron a correr, continuando sus respectivos caminos interrumpidos hace ya más de diez minutos por el canto de F.
La Vida y la Muerte habían emprendido la carrera, y faltaban tan solo diecisiete minutos y veintiocho segundos para que el vencedor se jactara de su audacia con la vida de F.
EL EQUILIBRIO - CAPITULO III
Casi en el mismo segundo en que su ojo izquierdo transgredía los límites del improvisado escondite, la pequeña D devolvía su cabeza con vertiginosa rapidez a la seguridad de aquel roble plantado en la mitad de la plaza. Entonces sentía que su corazón se aceleraba, y unas ansias locas de volver a mirar al hombre–estatua le llenaban el alma. Una o dos veces creyó que había sido descubierta, pero no podía estar segura. Si realmente era una estatua – por muy natural que pareciera – no podía haberla visto, porque las estatuas no miran nada porque sus ojos no son de verdad. El problema existencial era que tal vez era un hombre de carne y hueso, y entonces sí era posible que hubiera alcanzado a ver la mitad siniestra de su rostro cuando se inclinaba para observarlo. D no entendía por qué le causaba tanta fascinación el hombre–estatua, pero lo cierto era que sabía que no podría dejar de espiarle hasta que denotara algún signo de vida. Que estornudara, o que parpadeara, o que simplemente tamborileara con sus dedos en el banco en que estaba sentado. Era todo lo que la pequeña D pedía. Pero el hombre–estatua no parecía tener intenciones de moverse. Quizá realmente era una estatua…
D recordó de pronto que le había dicho a la niñera que no tardaría más de unos minutos, por lo que comenzó a desesperarse levemente. La víctima de su espionaje no daba ninguna muestra de vitalidad. De pronto la asaltó la magnífica y cruel revelación de que el hombre se había muerto en esa posición, quizá muchos días atrás, y que nadie se había dado cuenta. Pensó que podrían acusarla de algo, y tembló ligeramente. Ella no había hecho nada más que observarlo, podía demostrarlo. Que le revisaran las manitos: ni siquiera lo había tocado. Pero se acordó de haber escuchado a su padre comentándole a un amigo que la justicia andaba mal y que habían muchos tipos malos que andaban sueltos por las calles, y otros tantos que no eran malos pero que sin embargo estaban presos. D se asustó al recordar las palabras de su padre y no pudo evitar que le salieran algunas lágrimas. Perfectamente ella podía convertirse en una buena-mala, y nadie le creería que en verdad era buena. A D le gustaba su libertad. Entonces se armó de valor y salió de su escondite, dispuesta a morir – si era necesario – por salvar su honra. Estaba a pocos metros del hombre-estatua, parada delante del roble y mirándolo fijamente, rogando porque ahora sí se moviera. Pero él se quedó estático, mirándola sin mirarla, sintiéndola sin sentirla, y siempre sentado en su tranquila posición.
Infinitamente nerviosa y asustada, la pequeña D apretó los puños y abrió mucho sus ojitos verdes. Se quedó así algunos segundos, temblando de miedo, hasta que ya no pudo soportarlo más.
- ¡Yo no te maté! – le gritó al hombre-estatua, con la voz cargada de impotencia y con el infantil rostro enrojecido por la presión de la venas.
Justamente sorprendido, aquel hombre sentado en un banco de la plaza cometió el error imperdonable de parpadear una vez. Y lo habría hecho dos veces, de no haber sido porque el disparo fue inmediato y la bala le reventó el corazón con una precisión inaudita.
lunes 22 de septiembre de 2008
EL EQUILIBRIO - CAPITULO II
No le había sido fácil conseguir el permiso para retirarse antes del trabajo, pero finalmente el cabrón de su jefe se lo concedió cuando ella accedió a prometerle que al día siguiente llegaría una hora más temprano y que sería la última en regresar a su casa.
“Hijo de puta” – pensó 1 cuando salió del despacho del jefe-. “A ver si cuando nazca el hijo de su hermano él se queda acá trabajando”.
Mientras veía cómo unos importantes y enchaquetados señores movían la boca – probablemente tocando temas trascendentales para el futuro de la empresa – 1 miraba disimuladamente la hora. Sólo unos minutos más y podría retirarse para acompañar a su hermana cuando pariera a su primogénita. De pronto, un señor de cuello grueso le preguntó algo y ella respondió maquinalmente que sí, afirmación de la que se arrepintió de inmediato porque no había escuchado la pregunta. Pero la faz del hombre se iluminó, y luego dirigió sonriendo la mirada hacia sus colegas.
- Este es el espíritu de emprendimiento que necesitamos, caballeros. ¿Cuál es su nombre, señorita?
1 le respondió, ahora sí atenta, y el hombre pareció quedar satisfecho. Entonces ella volvió a mirar la hora y suspiró aliviada: ya podía retirarse. Se excusó muy respetuosamente y abandonó la reunión después de prometerle al hombre del cuello grueso que le haría un informe mañana mismo sobre el proyecto en cuestión. Aún preguntándose cuál diablos sería el proyecto en cuestión, salió del triste edificio y se mezcló con los transeúntes. Pensó en tomar un taxi, pero luego desechó la idea: no estaba atrasada en lo absoluto. Incluso, era posible que su hermana aún no hubiera llegado a la sala de partos. Decidió entonces aprovechar su superávit de tiempo e irse caminando por las calles de la ciudad hasta el hospital. Mientras se cuidaba de no pisar las líneas que separaban los anchos adoquines de la acera, pensaba en su hermana y la niña que venía en camino. Por discreción no se había atrevido a preguntarle quién era el padre: hasta donde 1 sabía, su hermana no había tenido ninguna relación seria, por lo que era probable que ni ella misma tuviera claridad sobre quién era el que la había fecundado.
1 continuó su trayecto observando detenidamente a la ciudad y a sus habitantes. Le molestaba que siempre hubiera tanta gente en todos lados, y le molestaba más porque ella también era parte de la gente que estaba en todos lados. Le causó cierto malestar comprender que en cierta forma se despreciaba a sí misma. Decidió entonces olvidar esos pensamientos masoquistas y continuar su camino por alguna calle tranquila. 1 pensaba siempre que había demasiada información en este mundo loco, y que todo el mundo parecía saber todo lo que pasaba. Sintió que sus conocimientos eran impersonales, que sus percepciones eran impersonales, que era sólo un número más que engrosaba la lista de seres humanos vivos. Atormentada, se detuvo en una esquina y observó la vida que le ofrecían sus ojos: el banco el terno la maleta el quiosco la señora el niño el señor la corbata los pies las bocinas los ladrones los gritos los edificios la calle la basura ella misma masticándolo todo.
- Hormigas – masculló - . Somos hormigas y nada más.
Reanudó su marcha por la avenida, y decidió torcer en la primera calle que estuviera medianamente vacía. Aún cuidándose de no pisar las líneas de los adoquines, se dijo tristemente: “Que vivan las hormiguitas”. Algunas cuadras más adelante encontró una calle perpendicular a su andar que se parecía bastante al paraíso: sólo una persona caminaba por la acera, en dirección a la avenida. 1 sonrió y se encaminó hacia el edén, intentando no reírse de ese hombre que se dirigía hacia una metamorfosis dolorosa: de un ser humano reconocible a una hormiguita más de la locura urbana.
Respirando de nuevo con normalidad – e incluso con agrado -,1 sacó un cigarrillo para celebrar la feliz idea de torcer en aquella esquina. Palpó en sus bolsillos, pero recordó entonces que no tenía fuego. Ya estaba a sólo unos pasos de cruzarse con el hombre que caminaba con inocente descuido hacia su inevitable metamorfosis. 1 le pediría que le prestara un encendedor. Abrió la boca para formular su solicitud, y el hombre pareció advertirlo porque redujo la velocidad de su andar, en señal de atención al posible requerimiento de la mujer. 1 alzó su frío cigarrillo, mientras por su cabeza comenzaban a pasar las letras que habrían de formar las palabras que potencialmente significarían que su cigarrillo lograría prenderse. El hombre comenzó a entender, y su mano izquierda palpó imperceptiblemente su bolsillo trasero para tantear si había traído el encendedor.
1 y el hombre se miraron a los ojos por algunos milisegundos, pero F ya había comenzado a remover los cimientos de la ciudad con su canto. 1 y A desviaron en el acto la mirada hacia el séptimo piso de ese edificio, y permanecieron así, inmóviles, sin volver a mirarse y atrapados por el vozarrón del hombre que columpiaba sus pies sentado en la ventana de su departamento; hasta que al cabo de unos minutos vieron al cantante insospechado salir a la calle derramando tristeza en cada paso, en cada movimiento de sus brazos, en cada parpadear de sus ojos abismantes. Aún cuando intercambiaron con él algunas palabras, aún cuando supieron que se dirigía al puente más cercano del río que atravesaba la ciudad, 1 y A no se dieron cuenta de que F había cantado lo que cantó y había dicho lo que dijo porque tenía la firme intención de suicidarse. Sin embargo, sólo restaban veinte minutos y dos segundos para que lo descubrieran e intentaran impedirlo a toda costa.
viernes 12 de septiembre de 2008
EL EQUILIBRIO - CAPITULO I
“Sé que vivo porque sé que voy a morir”, se repetía antaño F. Sin embargo, nunca antes como ahora había estado tan pendiente de que realmente vivía, ni había pensando en todo lo que significa vivir, ser, existir en este mundo absurdo. Nunca antes como ahora había percibido su respirar, su latir; nunca antes como ahora había sentido aquel vello minúsculo que crecía insolente en el comienzo del dedo índice de su mano izquierda. Nunca, nunca antes como en aquel momento. Y es que ahora la muerte aguardaba impaciente en el fondo del río que atravesaba la ciudad.
- Me voy a morir – aceptó F con un murmullo, dejando sus cavilaciones y juntando sonora y repentinamente sus manos. Sus manos. F detuvo la mirada en esos dos seres que nacían de sus muñecas, las cuales a su vez brotaban de sus brazos y éstos de sus hombros, esos hombros que mágicamente se articulaban a su tronco. Sus manos. Recordó de pronto cuánto le gustaba pensar que las manos eran entes que cobraban vida propia cuando una mujer y un hombre se besaban. Bailaban una música inaudible, se exploraban entrelazadas, recorrían los cuerpos ardientes sin la autorización del censurado cerebro…
- 21… - susurró F de pronto, azotado por el cruel recuerdo. Miró el reloj de la pared: en no más de treinta minutos debía ser ya un cadáver que reposara apaciblemente en el fondo del río que atravesaba la ciudad. Nada podría detenerle. Por enésima vez pensó que debía despedirse de 21, y por enésima vez recordó que no tenía su número, ni su dirección, y que tampoco conocía su nombre completo. Sólo era 21, el único ser que le había hecho feliz en toda su existencia. Era 21 y sus besos apasionados. Era la alegría de volver a casa por las noches, era el silencio placentero, la vida en sus ojos, la cobardía de no decirle nunca que prefería ir arriba. Era 21, y todos esos días risueños; 21 y la mañana de julio en que F abrazó al aire y luego abrió con sorpresa los ojos; 21 y la mudez eterna de F al comprenderlo todo, al entender que ella había partido para siempre, sin dejar un número o una dirección, y sin haberle dicho nunca su nombre completo. 21 y el suicidio inminente, masticado de F, cuya fecha fijó para este día en que con 21 celebrarían su segundo aniversario si ella no hubiese partido.
Comprobando por sexta vez que todo estaba impecable, F volvió a espiar el reloj e inhaló profundamente. Ya era hora. Metió su mano al bolsillo trasero y sacó de allí un papel con cuatro dobleces. Entonces se acercó a la ventana del departamento y la abrió de par en par, casi con furia, para luego saltar y sentarse en el marco de ésta. Al mirar hacia la calle, ya con sus piernas columpiándose en el aire, pensó por un segundo que no sería mala idea lanzarse ahora mismo desde allí. Después de todo, era un séptimo piso: moriría de inmediato. Pero descartó tan absurda idea al momento: no le entusiasmaba en lo más mínimo que su cadáver fuese objeto del morbo de los transeúntes. No, F quería que su muerte fuera tan silenciosa e inadvertida como su vida.
El nervioso tic-tac del reloj le hizo recordar que no tenía demasiado tiempo para cavilaciones. Leyó entonces una, dos veces el papel de cuatro dobleces y cuando estuvo seguro de que ya no olvidaría la letra tosió débilmente, cerró los ojos y sacó desde lo más hondo de su alma un vozarrón insospechado, entonando la canción que le escribió a 21 la misma mañana en que se dio vuelta en la cama y abrazó al aire; esa mañana en la cual de un golpe lo comprendió todo; aquella mañana eterna que puso fecha a su adiós inminente del mundo que lo vio nacer:
¿Qué sentido tiene, mi vida,
vivir teniendo sentidos
si no es a ti a quien toco
si no es a ti a quien miro?
Y si no te huelo esta mañana,
y si no te beso por la tarde,
¿de qué otra hazaña hacer alarde?
Ahora me llega la muerte;
me conviene que no la rehuya,
porque quizá con un poco de suerte
te volveré a ver en la tuya.
Y es que ahora me llega la muerte:
ya no te encuentro en esta vida.
Y es que ahora me llega la vida
porque te volveré a ver en tu muerte.
.
F repitió su canción tres, cuatro veces, potenciándose su voz en cada nueva entonación. / Y es que ahora me llega la muerte / me conviene que no la rehuya /. Alcanzó a percibir que la vida se iba alejando de su cuerpo paulatinamente, que su alma se preparaba para recibir a la muerte. Seguía cantando, casi inconsciente del acto mismo: /Y es que ahora me llega la muerte / ya no te encuentro en esta vida /. Notó que su voz ya no le pertenecía, que sus pies se balanceaban sin su consentimiento; y captó al fin que ya estaba preparado para morir. Estremeciendo los cimientos de la ciudad, su voz se afinó imposible para gritar los últimos versos: / ¡Y es que ahora me llega la vida / porque te volveré a ver en la muerte! //
F abrió los ojos, y sintió que volvía a respirar, que la vida se aferraba nuevamente a su alma ya dispuesta. No quiso mirar hacia abajo, hacia la calle: seguro que su canto inverosímil había atraído a un gran número de curiosos. Se mantuvo entonces con la mirada clavada en los edificios de la ciudad, que dejaban ver por entre sus absurdas alturas algunos pedazos del río que aguardaba manso al cuerpo de F.
El tic-tac, de nuevo audible, le recordó que ya no podía hacer que la muerte le esperara más. Entonces miró hacia abajo y no pudo sino sorprenderse: sólo dos personas le miraban desde la calle, ambas estáticas y con la boca un poco abierta. F creyó que debería hacer una reverencia o algo así, pero desechó al instante tan absurda idea. Entonces bajó del borde de la ventana y se adentró en el departamento. Con cierta obsesión desordenó y ordenó lo ya ordenado, y cuando comprobó que ya nada restaba por hacer en aquella morada, caminó hasta la puerta y puso su mano derecha en la manilla. Se quedó en aquella posición por algunos segundos, y cerró firmemente los ojos. A su mente volvió 21 y el corazón se le desarmó. 21...
- Si de verdad existes tú, ése a quien llaman Dios – murmuró, inmóvil -, que mi canto llegue a 21, dondequiera que esté. Esa, esa y no otra es mi última voluntad.
F ya no esperó que el tic-tac lo devolviera a su realidad. Con férrea decisión, giró la manilla y salió de su hogar: ya no le restaba más tiempo de vida que aquel que se tardara caminando desde el edificio al puente más cercano del río que atravesaba la ciudad.
Lo que F no sabía era que cuando se encaramara en el pasamanos del puente y escuchara ese grito imposible, habrían pasado exactos veintiún minutos con veintiún segundos desde que cerrara tras de él la puerta del departamento con la firme intención de suicidarse.
martes 5 de agosto de 2008
DESPEDIDA DE LOS CUATROCIENTOS
(No suelo escribir directamente en el blog, y no sé por qué lo hago ahora. Quizá como despedida a todos ustedes que alguna vez leyeron un cuento, un poema, que comentaron, que criticaron. Más de un año y medio de vida existió este blog, y quiero agradecer a todos los que me apoyaron en este camino que toma ahora un receso, un luto. No sé cómo aguantaré la vida sin escribir, pero es la única forma de honrar a los cuatrocientos, ahora muertos, perdidos por la estupidez y la maldita tecnología).
Andrés, estoy aquí reunido conmigo para despedir a los cuatrocientos. Sé lo difícil que es para mí decir estas palabras, aceptar la derrota sufrida en manos de la cruel tecnología... Pero adelante, compañero, le daré a los cuatrocientos el último adiós.
Mis amigos, mis vertientes, mis salidas, mis escapatorias... Fueron mi vida y mi muerte, pero hoy sólo son mi muerte. Sé cómo me dolió esta mañana, cuando el padre sereno me contó que no había posibilidad alguna de recuperarlos: el computador estaba obsoleto, y se llevó a los cuatrocientos. Dije "imposible", pensé "imposible", y sentí la imposibilidad, la maldita e inexorable imposibilidad de llorar a los cuatrocientos ahí, así, vestido de escolar, en una mañana horrible y en medio del tráfico impersonal, al lado del padre que intentaba comprender sin éxito, delante del hermano que quizá comprendía pero que definitivamente callaba.
Sentí el odio al imbécil que inventó los computadores y me llevó, como a un ciego, a almacenar allí a los cuatrocientos, apretujados en una carpeta virtual que decía "Poemas". La carpeta (¡pero qué horror!) era vecina a otra que decía "Trabajos y repasos", y alguna vez se vio con una que decía "Cuentos". Así vivieron los cuatrocientos por tantos años, habrán sido cinco o seis.
Los cuatrocientos era un poco más de eso, pero como los espartanos eran trescientos, y en la guerra nadie dice que peleaban cuatro mil ciento dos soldados, sino que cuatro mil a secas, los cuatrocientos eran los cuatrocientos, los cuatrocientos poemas apasionados que habían vencido al sueño y al llanto para ser escritos a vela y siempre de noche, en su mayoría con Silvio de fondo, varios con tinta roja, otros con tinta azul, y casi todos con la pluma negra. Mis cuatrocientos supieron de nostalgia, melancolía, odio y amor, e incluso de esperanza, pero nunca se leyó en ellos alegría alguna. Los cuatrocientos eran poemas de la edad prohibida que es la pubertad. Era divertido oler el papel después de escribirlos: apestaba a humo de cigarrillo e incienso, y casi siempre habían granos de café o de azúcar, y por supuesto cenizas. Porque los cuatrocientos fueron escritos de puño y letra de su general, don Andrés Montero. Pero el tarado del general algo hizo con esos papeles "inútiles": se perdieron, se esfumaron, y los cuatrocientos quedaban guardados en el campamento tecnológico, aquel viejo computador blanco y azul. Los cuatrocientos no se quejaban, pero alguna vez esbozaron un amague de desencanto: no habían nacido para estar encerrados. Los cuatrocientos nacieron para conquistar en el campo de batalla, para conquistarla a ella, la musa divina de la edad prohibida, aquella que nunca conoció a los cuatrocientos pero que les dio la vida sin quererlo. Los cuatrocientos la amaban tanto o más que yo. La conocieron el mismo día en que la vi por primera vez, de doce años, risueña, libre, imposible. No hubo nunca otra razón de ser, ni para los cuatrocientos ni para mí, y en este momento creo que todo esto es un teatro, que mi vida acabó hoy en la mañana con los cuatrocientos, porque ese amor que nunca olvidé no será ya conquistado, porque se fue mi ejército reservado, mi guardia de honor, porque ahora enfrento solo un mundo nuevo. Qué voy a hacer sin mis cuatrocientos, digo yo, y lo dicen también las lágrimas inevitables, y el recuerdo de los doce, de los trece, de los catorce, de los quince, de los dieciséis, tal vez hasta de los diecisiete y de los dieciocho, toda la vida desde que la vi y nacieron los cuatrocientos, toda la edad prohibida y lo que vino llora conmigo esta noche porque ya no están mis cuatrocientos, y ya no tengo cómo volver a verme, no tengo cara para mirarme al espejo, ni menos para volver a escribir otra palabra más después de este funeral a mis cuatrocientos. Sí, mis poemitas... no volveré a osar tomar un lápiz hasta que reconstruya uno por uno a mis soldaditos de papel, y reconstruyamos el ejército que nos dará la victoria en la batalla para la que nacimos, la batalla del amor, la única ambición de estas almas.
Perdónenme mis cuatrocientos, allá en la tierra del olvido y de la muerte. Perdonen a su general, a su padre, a su hermano, y también a su hijo, Andrés Montero, el gran estúpido del siglo, que dejó partir a sus hijos, que los vio nacer y quedarse, y morir sin luchar más que contra el sueño, el humo, las lágrimas y el odio a un amor imposible.
Adiós, mis soldaditos de papel...
En vuestra memoria escribo aquí al preferido, al único de ustedes que me aprendí de memoria y quedará almacenado en ella para siempre, solo como su nombre, el primero de esta época oscura y dorada, el único que la miró a los ojos.
Adiós, mis soldaditos de papel, mi ejército apasionado. Adiós, y juro que no me perdonaré nunca no haberlos enviado a la batalla.
domingo 20 de julio de 2008
TAL VEZ ME HACIA FAMOSO
Atentamente:
El autor
martes 3 de junio de 2008
LA VIDA AVISA
¡Pero si es varoncito, Tito, Tito, fue varón! Tan monono que se ve ahí en su cunita, durmiendo, sin ninguna preocupación... ¿María Angélica, a ti te gusta el nombre? ¿Gustavo? Gustavo Reyes, suena bien... Cosita más linda, va a hacer cosas grandes... Uy, se muerde el dedo, parece como si tuviera pesadillas. ¿En qué estará pensando? Y justo los vecinos tuvieron también a su niñita hace dos semanas, a lo mejor se hacen amiguitos los dos, cuando estén más grandecitos, ¿o no, Tito?
Haga la ronda pues, Gustavito, la ronda ahí con la vecinita que lo está esperando, mira que se ven lindos ¿o, no, María Angélica? Tito, sácales una foto, ahí a Gustavito con la vecinita, que se ven tan tiernos, y qué pasa con el informe, Reyes, hasta qué hora piensas que te voy a esperar, ah, y de pasada dile a la nueva que me traiga un café... bien cargado, claro, ya, para la posterioridad que cuando sean grandes me la van a pedir, si ahora alegan y les da vergüenza pero después ni se van a acordar de esta foto y cuando aparezca en la fiesta del matrimonio ahí sí me van a dar las gracias, Reyes, pero si no hubieras manchado con café el informe habría sido mejor... Ya, cerremos acá para irnos a la casa que ya son las seis María Angélica, y nosotras tan tranquilas viendo a los retoños cuando hay tanto que hacer. ¡Ay, Dios mío dame paciencia!
Bueno, nos vemos mañana, ha sido un día próspero o si no pregúntenle a Reyes que terminó ese tremendo informe y además me tiene lista la cuenta de las boletas para llevarlas mañana al banc... pero cómo, Reyes, yo supuse que yo... es decir, siempre pensé que yo te gustaba, desde niños, cuando nos obligaban a hacer la famosa ronda y bueno, vas a tener que quedarte un par de horas extras... ¡Deberes son deberes, Reyes! Esa cuenta tiene que estar lista para mañana a las ocho, ¿te parece? Yo te paso a buscar a esa hora, y ahí podremos conversar mejor de todo esto, no es un no, eso tenlo claro, pero... ¿no podría llegar mañana más temprano, tal vez? Jefe, esas boletas me van a tener ocupado hasta la noche y estoy cansada hoy, Gustavo, me duele un poco la cabeza... Ya, no te pongas así, mi amor y dame esos cinco que si sigues con esta disposición en pocos años más te va a llegar un aumento, o quién sabe, quizás hasta un ascenso. Te lo digo yo, hombre, hazme juicio. Ahora, preocúpate del deber y tenme listas esas boletas para mañana en la mañana mejor, ¿o no, Gustavo? Te juro que es verdad lo de mi dolor de cabeza, qué quieres que haga, mi amor, no quiero sacarte nada en cara pero yo tengo que mantener el departamento mientras tú estás acá escribiendo y... ¿cuándo vas a terminar la novela? Te amo, Gustavo, pero me estoy cansando... ¿Por qué no te buscas un trabajo hasta las una de la mañana y el muy cretino de don Héctor se va a su casa a descansar, grandísimo cabrón, “en pocos años te va a llegar un aumento”, y por mientras nos vamos a morir de hambre porque me despidieron, Gustavo. Vas a tener que trabajar, sé que odias estar amarrado y que lo tuyo es escribir pero... ¿van a vivir del amor, Gustavito? La Lore cesante, y tú llevas dos años buscándole un final a tu novela... ¿Será realmente ahora cuando yo los declaro marido y mujer, puede besar a la novia y con todo el “ta, ta, ta taaan” del matrimonio me emocioné hasta las lágrimas y se me corrió todo el maquillaje, María Angélica, te amo tanto Lore, ¡mira! ¿Somos nosotros dos cuando niños? ¡Haciendo la ronda famosa, papá, tú tomaste esa foto! Yo les dije, claro que no se van a acordar porque eran dos niñitos, pero yo les dije que me iban a agradecer que les tomara esa foto aunque a ustedes se les partía la cara de vergüenza, una total y completa vergüenza, señor Reyes, no sé en qué estaba pensando cuando creyó que alguien iba a publicarle, perdóneme que lo diga, esta porquería de libro, búsquese otra novela, Gustavo? Tienes mi apoyo, y lo sabes, pero después de este... fracaso, creo que tal vez lo mejor va a ser que te busques un trabajo, sobre todo pensando en que viene una niñita un niñito una niñita ¡un niño! una niñita en camino, hay que pensar en lo que va a venir después... Gustavito, yo sé, yo soy su madre y lo conozco, me doy perfectamente cuenta de que usté no quiere trabajar porque sus ideales y bla bla, pero no es bla bla, mamá, yo no quiero ser parte de este sistema, yo necesito otra oportunidad y escribir otra novela, Gustavo? La verdad es que no, te pedí hace seis meses que te buscaras un trabajo en vista de que la Carlita estaba en camino y no me hiciste caso, pero si ya la estoy terminando, déjame terminar la novela, mi amor, y si fracaso te prometo que voy a buscar trabajo, le repito que no es bla bla mamá, son mis ideales, mis ideales de juventud, si yo entiendo eso pero tú ya no eres un joven Gustavo, tienes treinta y cuatro años, una esposa y una hija recién nacida... Debes empezar a trabajar ahora mismo, mi amor, yo estoy con licencia y con todos los problemas que tuvo para nacer la Carlita tenemos que esperarnos lo peor y no estamos preparados económicamente... Trabaja, ya terminarás la novela, ¿no cierto que sí, María Angélica? Mi amor, te prometo que con esta novela nos vamos a hacer ricos, vamos a ganar no mucho, Reyes, pero por algo se parte. Mañana a las ocho entra, bien afeitado y el pelito largo atrás se lo corta, la presentación es para nosotros importante, ya veo, don Héctor, entonces mañana a las ocho le entrego la cuenta de las famosas las boletas, no se preocupe, me voy a quedar acá todo el tiempo, toda la noche si es necesario para terminar... mi novela, estúpido, viejo imbécil, cuenta de boletas quería el muy negrero, yo te voy a dar las cuentas de lo que gane con mi novela, cabrón...
¡¿Cómo que te despidieron?! ¡Gustavo, eres un irresponsable, un egoísta! ¿No has pensado en Carlita, en todos los remedios que vamos a tener que comprarle, no se te ha pasado por la cabeza el dineral que vamos a ganar, Lore, porque anoche terminé la novela, y esta vez sí, esta vez te juro que va a ser un completo y total éxito le deseo, don Gustavo, a ver si se anima con una tercera novela. Ya ve, no podemos publicar cualquier cosa, pues María Angélica, el bebé debe estar soñando con cualquier cosa en este momento. ¿Te imaginas qué divertido sería que los bebés tuvieran una especie de visión sobre cómo va a ser su vida en el futuro? Claro que después no recordarían nada, pero ufa, hay bebés que se estarían suicidando ja, ja, ay Tito, tan macabro. ¡Gustavito, no se tire de la cuna pues! Mira, cualquiera diría que va a ser un fracasado y lo soñó y se quiere morir ahora ja, ja, ¡Tito, córtala! Mejor llevémoslo donde los vecinos para que lo conozcan y nosotros conocemos a su hijita, Lorena creo que le pusieron. ¿Se imaginan que se casan, Gustavito y la Lorena? ¡La ronda, pues Gustavito, haga la ronda con la vecinita!
lunes 5 de mayo de 2008
LOS ACTORES
Pienso que tal vez sería mejor esperar adentro, por el frío. Debería haber salido más abrigado, y quizás menos formal. Odio pensar mejor las cosas cuando ya son irreparables, pero tampoco es una cosa de vida o muerte. Ellos no saben quién soy, y al fin y al cabo, las misas son misas. Nadie me puede negar la entrada. Si me ven, ella pensará que vengo de parte de él, y viceversa. Perfectamente puedo ser un primo lejano, y por lo demás, no creo que se vayan a preocupar de un extraño justo en el día de su matrimonio. Ellos no saben quién soy, ni que quizá he esperado este momento aún más que ellos mismos. El y ella sabían que se iban a casar, en cambio yo he tenido que aguardar doce años para comprobarlo. Doce largos años, desde aquel lejano día en que los oí hablar por primera y última vez.
Me despedí de los muchachos aún antes de acabar el cigarrillo, porque vi a lo lejos el deseado resplandor naranjo de la micro, detenida por milagro en una luz roja. Me siento un poco ridículo cuando corro para alcanzar el transporte y fracaso en mi intento. Por eso nunca lo hago. Sin embargo, ahora caminé tan deprisa que era casi como trotar. No podía dejar pasar esta (y era raro que lo pensara, porque no tenía ningún apuro), así que en cuanto el simpático personaje verde del semáforo comenzó a aparecer y desaparecer de mi vista, emprendí la carrera. El chofer comenzaba a apretar el acelerador cuando me vio en la puerta, golpeando casi con desesperación. Un maldito escolar de último año, un adulto pendejísimo. Creo que iba a hacer caso omiso de mí y de mi urgencia, pero algo debió notar en mis ojos. Algo que yo no pretendía irradiar. Me sorprendí al ver mi reflejo en la puerta, con una barba miserable y la corbata desarreglada; demostrando con mis ojos una urgencia que no tenía, una desesperación impropia, pretendiendo que el subir a esa horrible micro era algo de vida o muerte. Me sorprendo de verme en el espejo de esta ancha puerta con una barba abultada, con la cortaba impecable y aún irradiando mis ojos una urgencia que sí tengo, una desesperación intrínseca, pretendiendo que el entrar o no a esta iglesia es un asunto de vida o muerte. El chofer se extrañó y apretó de pronto el freno. La inercia hizo lo suyo, y algunos pasajeros se golpearon la cabeza en los asientos de adelante. Ellos también, pero en ese momento debían reír. Gajes del oficio. Murmuré una palabra de sincero agradecimiento y pagué mi pasaje. Solo había un asiento desocupado, pegado a la ventana y delante de ellos. Bendición o desgracia, arrastré mi mochila y me senté. A mi lado viajaba una joven un par de años menor que yo, que iba escuchando música. Por eso no los escuchó. Por eso soy el único extraño que está hoy afuera de esta iglesia, fumando un cigarrillo tras otro, aguardando que el reloj marque por fin las nueve de la noche.
Llovía levemente y creo que hacía bastante frío, pero la micro ahora abarrotada de gente hacía que el calor humano se propagara y llenara la máquina de una agradable sensación térmica. Ellos dialogaban. Mi primera impresión fue que charlaban de temas algo triviales e incluso forzados, como si recién se hubieran conocido en esa micro. La necesidad de entrar a una universidad, lo mal que andaba el país, el frío que hacía afuera… Pero había algo en sus voces, algo que me llamaba la atención. Ella tenía una voz casi natural, pero la de él era definitivamente forzada, como si estuviera leyendo lo que decía. Intrigado, miré de reojo hacia atrás y comprobé que no me había equivocado: ella y él tenían en sus manos un guión de una obra de teatro, cuyo título no alcancé a distinguir. Sonreí y me despreocupé de ellos: sólo estaban ensayando sus parlamentos para alguna función de teatro. Aún así, el guión me pareció un bodrio. Llevaban casi diez minutos practicando, y no habían dicho nada interesante. Sólo el frío, el país, la universidad. Me olvidé de ellos y saqué un libro de mi mochila. Había un taco terrible, y quizá lograría leer algunos capítulos antes de bajarme. Mas ellos lograron captar nuevamente mi atención, porque de pronto la obra tomó un rumbo algo más apasionado. Él, con su misma voz forzada e impropia, le decía a ella que la amaba. Ella reía (no era una mala actriz) y luego le preguntaba si se lo decía en serio. Él se demoró un segundo, dio vuelta la página y sólo entonces respondió que nunca había hablado tan en serio. Entonces, para infinita sorpresa mía, se besaron apasionadamente. Creí que se habían salido de sus parlamentos, porque aquel beso no era, no podía ser actuado. Ese beso largo, sonoro, sólo podía ser obra del amor. Me convencí de esto, pero de pronto ella y él se separaron y continuaron leyendo sus guiones. Ella le decía a él que era el beso más increíble que había dado, bah, esto tiene que estar mal, mejor digo que me han dado ¿no te parece? Él responde, ahora con una voz natural, que mejor pregunten mañana. Entonces siguen leyendo. Él dice, con la voz impostada, que se bajará dos semáforos más allá, porque tiene que ir a Irarrázabal con Pedro de Valdivia. Es que su padre ha puesto un nuevo local, y será él quien lo atienda. ¿Te imaginas, amor? ¡Mi propio local! Será increíble, te voy a ir a ver todos los días (se besan nuevamente). Y cuando ya haya sacado una carrera y tenga mis ahorros, nos vamos a casar, mi vida. (Ella mira hacia la calle y luego lo mira a él). ¿De verdad, te vas a casar conmigo? ¡Por supuesto! ¡Tú sabes que eres la mujer de mi vida! (Ríen). ¿Y cuándo será eso? Casémonos en un día como hoy, veintinueve de abril, pero en doce años más. ¿El 2020, entonces? ¡Sí! ¿Te parece que sea en la Iglesia de la Santísima Concepción? (El se toma la pera en señal de duda). Está bien, no se me ocurre ninguna mejor. ¿Qué hora es? (Ella mira su reloj). Las nueve. ¿Nos casamos a las nueve, entonces? ¡A las nueve de la noche, el día veintinueve de abril de 2020, en la Iglesia de la Santísima Concepción! (Se besan con pasión).
Yo no podía dejar de mirar el reflejo de la ventana, sumido ya en la historia que ensayaban estos dos jóvenes. ¿Pero cuál era la ficción, cuál era la realidad? ¿Realmente estaban leyendo un guión? ¿Era una historia ficticia? ¿Cómo podía ser que esos besos no tuvieran en realidad un amor infinito? Miré de reojo hacia atrás, desesperado por encontrar a algún pasajero que los observara tan sorprendido como yo, mas fue en vano. Nadie parecía darse cuenta de que la función ya había comenzado. La micro avanzó un poco más y se detuvo en un semáforo. Era el segundo. Él la besó. Ella le dijo que mañana iría a su local en Irarrázabal. Él leyó que la amaba. Ella leyó que lo amaba más. Él le dijo adiós mi novia. Ella rió y lo siguió con la mirada hasta que bajó de la máquina, en dirección a un tan probable como imposible local en Irrarázabal. Yo miré una vez el reflejo de la ventana y ella me vio a través de él. Me sonrió con nerviosismo. Creo que le devolví la sonrisa. Después de todo, se iba a casar. Unas cuadras más allá, me levanté mecánicamente de mi asiento y toqué el timbre. La micro se detuvo. Creo que ella me miró una vez más. Bajé y la lluvia me recibió con hostilidad. Eran algo más de las nueve de la noche de un día precioso.
Ha comenzado a llover, pero aún así no me animo a entrar a la iglesia. Por lo demás, la novia aún no ha llegado. Pienso que tal vez sería mejor entrar sólo para presenciar el momento en que el sacerdote los declare marido y mujer. Después de todo, es lo único que me interesa. Doce años, y aquí estoy, sin saber sus nombres, sin recordar sus rostros, pero con una intriga cósmica alimentada por el paso de los años: ¿estaban actuando o realmente se amaban? Sus besos me hacen pensar lo segundo: eso era amor. ¿Pero el guión, sus voces falsas y las malditas acotaciones? Creo que lo mejor será no ver entrar a la novia. Ya esperé doce años; puedo esperar un poco más. Comienzo a caminar bajo la lluvia, a paso lento y reflexionado, alejándome de la iglesia. Compro más cigarrillos. Fumo. Miro el reloj: la novia ya debe haber entrado. Me arreglo la corbata, me peino un poco. Camino de vuelta a la iglesia. Las manos, la frente, todo me transpira. Me detengo frente a las anchas puertas de la iglesia. ¿Cómo saber si son ellos? Una señora me pide permiso. Entro con ella, el corazón latiendo con furia. Parece que me persigno. Nadie me mira. El sacerdote le pregunta a ella si lo acepta a él como futuro esposo. Ella lee que sí. Él lee que también. El sacerdote los declara marido y mujer. Ellos toman sus guiones, dan vuelta una página, ríen, se dicen algo y luego se besan con pasión. (Los presentes aplauden). Yo comienzo el aplauso. Todos me siguen. Me doy vuelta, abro la puerta y me retiro de la iglesia, confundiéndose mis lágrimas con la lluvia desatada en temporal.
jueves 20 de marzo de 2008
NO PODÍA SER DE OTRA MANERA
Comprenderé que mi nombre le recuerda a alguien, pero preferiré callar y no hacer preguntas. Catalina tiene el cabello castaño claro, y los ojos verdes o azules según la posición del sol. Aquel día llevará una falda roja y una blusa blanca, y unas sandalias cafés que combinarán con su pelo. Unas cuantas pecas adornarán los alrededores de su nariz. Quizá estaré unos momentos observándola en silencio, con la boca un poco abierta. Ella se reirá (oh, su risa) y me preguntará qué me pasa. Le responderé que ya me la imaginaba así. Ella no entenderá. Será mejor que no entienda.
Al cabo de un rato le preguntaré si cree en el amor a primera vista, y me responderá que no. Aunque claro, como dijo García Márquez, las mujeres piensan más en el sentido oculto de las preguntas que en las preguntas mismas, por lo que su respuesta no valdrá nada. Lo realmente importante será saber si encontró el sentido oculto de mi pregunta. A veces es mejor preguntar así.
Catalina me preguntará Arturo cuánto. Le responderé Arturo Sagredo. Le preguntaré entonces Catalina cuánto. Me responderá Catalina Fuica. Yo diré al mismo tiempo que ella “Fuica” y se sorprenderá bastante. Comprenderá entonces muchas cosas. Es probable que le salga una lágrima y a mí también. Entre sollozos se preguntará qué hace aquí. Algo más calmado le responderé que yo ya escribí todo esto, una triste tarde de marzo. Yo entenderé la razón de su perplejidad. Ella entenderá que esto ya había ocurrido, en mi mente, en mis letras, un triste domingo de marzo. Entonces la besaré. Ella dejará de llorar, y me besará también. Nos besaremos toda aquella tarde de noviembre, y será esa plaza la cuna de nuestro amor eterno. Sólo cuando ella murmure que es hora de irse, sacaré de mi bolsillo este escrito y se lo enseñaré. ¿Comprendes ahora, Catalina, por qué no podía ser de otra manera?
Diecisiete de Noviembre, en la madrugada
Caminé por la calle un rato, dejando que mi corazón me llevara hasta alguna plaza con pocas personas y muchos árboles. El sol se iba escondiendo poco a poco bajo los cerros aledaños a la ciudad. Encendí un cigarrillo. Tal vez hubiera sido mejor no hacerlo. Ya lo había encendido. Lo fumé hasta la mitad.
Mi andar libre me llevó hasta una plaza que no conocía, pero que ya había visto en mi mente una triste tarde de marzo. Estaba repleta de árboles. Poca gente, algunos niños. No podía ser de otra manera. Entré y paseé algún rato, observando las aves y las escasas nubes que acompañaban al sol en su respetuosa retirada. Luego de un rato, noté que una pareja de enamorados avanzaba sin rumbo, abrazados hasta el infinito. Me causó cierta emoción. Para no perderlos de vista, me senté en un banquillo, y disimuladamente los seguí observado con romanticismo. No podía ser de otra manera.
Los enamorados se perdieron entre los interminables árboles de la plaza, y yo quedé de pronto en la más absoluta soledad. En ese momento no pensaba en Catalina. Es más, no recordaba por qué había salido de mi casa en la dirección imposible de una plaza que no conocía… Sólo miraba el cielo, con la cabeza ladeada hacia mi hombro izquierdo. Fue entonces cuando alguien se sentó a mi lado, asustándome levemente.
- Me llamo Catalina – dijo. Era preciosa. Tenía el cabello color castaño claro, y los ojos verdes o azules según la posición del sol. Llevaba una falda roja y una blusa blanca. Calzaba sandalias cafés, que combinaban graciosamente con su pelo ondulado. No podía ser de otra manera. Así tenía que ser Catalina.
- ¡Qué lindo nombre! – exclamé, para luego presentarme: - Yo soy Arturo.
- Arturo… - murmuró ella.
Comprendí que mi nombre le recordaba a alguien, pero preferí callar y no hacer preguntar incómodas. Catalina tenía cinco pecas adornando su nariz casi perfecta. Era tan idílicamente hermosa que la estuve observando algún rato, con la boca un poco abierta. Ella se rió de pronto. Nunca podría olvidar esa risa sincera, libre.
- ¿Qué te pasa? – me preguntó sonriendo.
- Nada, es sólo que… - comencé.
- ¿Sólo que qué? – se interesó ella.
- Es que ya te imaginaba así.
Ella no entendió, y quizá fue mejor que no entendiera. Nos callamos otra vez, pero aquel silencio no era incomodo en lo absoluto, sino todo lo contrario: era un silencio placentero.
- ¿Tú crees en el amor a primera vista? – quise saber de pronto.
Ella se tardó algún tiempo en contestar, pero yo sabía que no pensaba en la respuesta, sino en el sentido oculto de la pregunta. Todas las mujeres son iguales. Al menos en lo que a preguntas respecta.
- No – me respondió, pero eso a mí no me interesaba. Nunca supe si encontró o no el sentido oculto de mi pregunta. Ella no podía saber, al menos por el momento, que yo no me había enamorado de ella ayer, Dieciséis de noviembre. Ella me enamoró una triste tarde de marzo. No era un amor a primera vista. No, no lo era.
- ¿Arturo cuánto? – preguntó ella.
- Arturo Sagredo – respondí yo -. ¿Catalina cuánto?
- Catalina … - comenzó ella - … Fuica – dijimos los dos al mismo tiempo.
Ella se sorprendió mucho. No podía ser de otra manera. Le cayó entonces por la mejilla una pequeña, gruesa lágrima, y a mí me ocurrió otro tanto. Catalina comenzó a comprender muchas cosas. No podía ser de otra manera, y yo me di cuenta de que no me había equivocado. Definitivamente no podía ser de otra manera.
- ¿Qué hago aquí? – preguntó ella entre sollozos, confundida dentro de su comprensión.
Algo más calmado le expliqué que no podía haber ocurrido de otra manera, porque yo ya había escrito todo esto una triste tarde de marzo. Ella había entrado a mi vida hace siete meses. Ella lloró un poco más. Entonces me acerqué lentamente a sus labios y la besé. Ella dejó de llorar, y me besó también. Nos besamos largamente aquella tarde de noviembre, y fue aquella plaza la cuna de nuestro amor. Al cabo de unas horas, ella murmuró que tenía que irse. No podía ser de otra manera. Yo me metí entonces la mano al bolsillo, y saqué un arrugado papel fechado un dieciséis de marzo. Se lo estiré, pero una mano me detuvo suavemente.
- ¿Por qué estás hablando solo? – me preguntó con su voz fina, sensual.
Entonces me di vuelta y la miré por primera vez.
- Me llamo Arturo – le dije.
- Yo soy Isabel – se presentó.
No podía ser de otra manera. Tenía el cabello negro azabache y un principio de barba adolescente. Iba vestido con un pantalón café y una camisa blanca. Estaba descalzo. Sus ojos tenían la profundidad de un abismo, pero eran atentos y cordiales. Me atreví a besarlo en los labios. No podía ser de otra manera. Él sollozó un poco. Sólo un poco, y luego me besó también. Nos besamos toda la noche, y fue aquella plaza la cuna de nuestro amor eterno. No podía ser de otra manera. Pasadas unas horas murmuró que debía irse. Entonces saqué de mi bolsillo un arrugado papel fechado el quince de marzo y se lo entregué. ¿Comprendes ahora, Arturo, por qué no podía ser de otra manera?
martes 12 de febrero de 2008
OESTE LEJANO
- Hijo... – clama, ruega la madre mirándole fijamente a los ojos -. Piénsalo bien antes de hacer sonar el cuerno. ¿Tiene que comenzar ahora la batalla?Toro Rojo no le devuelve la mirada. Su séquito de indios le aguarda con impaciencia a unos metros, firmes e inmutables los rostros.
- Madre, mira hacia el este – responde el jefe -. Observa cómo el humo y la polvareda nos avisan de la llegada inminente del hombre blanco. Ya están en marcha y no tardarán en entrar al valle. Debemos prepararnos para la batalla.
En efecto, por entre las innumerables montañas, una nube oscura de humo y polvo logra divisarse a lo lejos. Aún así, la madre se resiste y toma del brazo a su hijo, alejando la conversación de los oídos de la guardia.
- ¿Por qué reniegas de tus orígenes? – lo encara bajando la voz, mordiéndose el labio -. ¡Eres un hombre blanco, hijo, y eso no puedes, no debes olvidarlo!
- ¡Soy un jefe Sioux, mujer, y tu deber es respetarme! – se encoleriza Toro Rojo -. ¡Ni una palabra más! Sé muy bien qué soy y qué no soy. De hombre blanco tengo el color de piel, no de alma. Mi alma es roja de Sioux, y espero que también lo sea la tuya. Es nuestro deber de pieles rojas enfrentar al enemigo que quiere arrebatarnos tierra y vida.
La madre suspira, abatida.
- Hijo... – le acaricia la mejilla - Al menos come algo antes de jugar a ser indio.
Toro Rojo le saca rudamente la mano de su rostro.
- Ellos tampoco almorzarán – espeta, y se monta al caballo con asombrosa agilidad, dejando sola y triste a la madre y reuniéndose con su séquito de indios.
- Serpiente Negra, Halcón Valiente, síganme los dos – ordena el jefe -. Iremos a la cima de la montaña a otear cuán cerca está el enemigo. Tú, Búfalo Pardo, encárgate de los preparativos de la danza; y tú, Cuervo Veloz, envía las señales de humo pertinentes a las tribus aledañas. Los demás, avisen a los guerreros que preparen los arcos y se pinten el rostro y el pecho para la batalla. Nosotros estaremos de vuelta antes de que el sol llegue al oeste. ¿Comprendido?
- ¡Comprendido, oh, gran Toro Rojo! – corea con voz grave el séquito.
El gran jefe Sioux exhorta rudamente a su caballo y comienza a galopar hacia la montaña, seguido por Serpiente Negra y Halcón Valiente. Sin detener la rauda carrera hacia la cima, arriban a ésta en menos de media hora. Los indios desmontan y los caballos buscan de inmediato agua o hierba para recuperar las fuerzas perdidas.
Halcón Valiente, un indio menudo pero de gran fuerza e impresionante inteligencia, se cubre el sol con la mano izquierda y otea el este.
- Gran Toro Rojo, el hombre blanco ha avanzado más rápido de lo esperado – observa el indio -. Incluso se distingue el polvo que nace de sus pasos del que brota de las ruedas de sus tubos que escupen fuego. Me temo que ni siquiera alcancemos a llegar antes de que empiece la batalla.
Toro Rojo se muerde el labio, y se arregla la pluma negra de su cabellera rubia. Acto seguido, alza el gran cuerno al cielo y echa la cabeza atrás. Inhala profundamente aquel aire del oeste norteamericano, y sopla con todas sus fuerzas a través del cuerno.
Ronco, el sonido vibrante del instrumento trasciende por las montañas y cala en lo más profundo de las almas de los Sioux, agitando el movimiento en las tribus. Entretanto, las señales de humo que propaga Cuervo Veloz suben por los cielos, a la espera de que las tribus hermanas capten el mensaje. Los indios van trazándose líneas negras y rojas en sus rostros y pechos, y cambiando las plumas blancas por las negras de la guerra.
- Vamos, a toda prisa hacia el valle. La batalla va a comenzar – ordena Toro Rojo, montando su corcel.
Halcón Valiente le imita, pero Serpiente Negra no se mueve.
- No tan rápido, Toro Rojo... – murmura maliciosamente, mientras saca la daga de su arco.
- ¿Qué ocurre, Serpiente Negra? – inquiere nervioso el jefe Sioux -. ¡No vamos a llegar a tiempo!
- ¡Ocurre que para regresar al valle primero tendrás que enfrentarme, farsante! – grita el indio, alto y delgado, con una peculiar cicatriz en la espalda -. ¡Tú no eres un piel roja, mírate! Tus cabellos tienen el color del sol y tus rasgos son los propios de un hombre blanco... ¡Tú pretendes llevarnos a la derrota, pretendes... – se traba, iracundo Serpiente Negra – pretendes que el hombre blanco nos extermine, porque eres uno de ellos, Toro Rojo! ¡Eres un maldito hombre blanco!
- ¡Repite lo que haz dicho, traidor, y te haré tragar tus palabras a base de ratas! – se enfurece, se enrabia el gran jefe Sioux.
- No, no lo repetiré, porque ya me has oído, Toro Rojo. ¡Desembaracémonos de este impostor, Halcón Valiente! ¡Debemos tener un jefe con sangre Sioux, verdadera sangre Sioux que corra por sus venas! ¡Comprende, Halcón Valiente, el hombre blanco ya se ha instalado entre nosotros! ¿No ves que nuestro jefe, nuestro gran jefe es uno de ellos camuflado?
Halcón Valiente permanece tácito, firme la mirada en el este.
- El hombre blanco está llegando al valle, Serpiente Negra. Dejemos este asunto para después de la batalla – murmura el indio.
- ¿Para después de la batalla? – se encoleriza Serpiente Negra -. ¡Ya seremos presos, muertos por el hombre blanco! ¿Es que crees que hay esperanzas de vencer si somos guiados por uno de ellos?
- ¡No permitiré este atropello! – ruge Toro Rojo y se apea del caballo para abalanzarse sobre Serpiente Negra. Pero éste ya tiene preparada la daga, y luego de esquivar ágilmente al jefe, le raja el muslo de un zarpazo.
Toro Rojo aúlla de dolor y cae al suelo. Halcón Valiente se apea entonces del caballo, sin saber aún qué bando tomar.
Haciendo caso omiso de su dolor creciente, Toro Rojo se repone y saca su daga.
- Vamos, traidor, atácame ahora que estoy herido – le espeta a Serpiente Negra, mirándole con odio, estirando el arma, cojeando pero moviéndose aún con agilidad.
- Ha llegado tu hora, impostor – responde entre dientes el esbelto indio, rajando el aire con su puñal.
Halcón Valiente reacciona entonces.
- ¡Serpiente Negra, pídele disculpas a nuestro gran jefe Toro Rojo! – grita de pronto -. ¡Él ya ha demostrado con ahínco su alma de Sioux! ¡No cometas un error!
- ¡El error lo cometes tú, Halcón Valiente! – responde Serpiente Negra sin dejar de mirar la daga del jefe Sioux -. ¿O es que no recuerdas... no recuerdas la batalla pasada? ¿No recuerdas al jefe de los hombres blancos, aquel hombre macizo y con la cabellera del color del sol? ¿No te parece extrañamente conocido, como si fuese un pariente de Toro Rojo?
Serpiente Negra detiene su hablar, y abre mucho los ojos, como si recién se hubiere percatado de algo.
- O tal vez... – especula, abre aún más los ojos el indio -. O tal vez... quizás era su propio hermano. ¡O aún peor, él mismo!
Halcón Valiente permanece mudo, procesando aquella información en su cerebro. Pero Toro Rojo no le da tiempo para especulaciones.
- ¡Muere, traidor, infame! – grita desgarradoramente el gran jefe Sioux, lanzando su daga con todas sus fuerzas hacia Serpiente Negra, clavándosela de lleno en el corazón.
En el valle, los indios oyen un extraño y terrible quejido proveniente de las montañas, y detienen los preparativos de la guerra para agudizar mejor el oído.
- ¿Acaso no fue...? – se horroriza Cuervo Veloz, murmurando para sí mismo -. ¡Serpiente Negra!
En la cima del monte, el cadáver atroz de Serpiente Negra va desangrándose con velocidad inaudita. Halcón Valiente le observa inmutable, serena la mirada.
- Debemos montar de inmediato, gran jefe – se limita a comentar el indio -. Serpiente Negra ya nos retrasó lo suficiente. Ya enviaremos a alguien a buscarlo para enterrarlo dignamente.
Toro Rojo le lanza una última mirada de profundo desprecio a su víctima, y luego mira a su guerrero.
- Vamos, mi fiel Halcón Valiente – concuerda, y sin perder más tiempo, ambos montan sus equinos y comienzan el vertiginoso regreso hacia el valle.
- ¡Stop! – grita el comandante Peter Reds, secándose con un pañuelo el sudor de la frente. Toda la caballería se detiene en el acto, bufando y pifiando los corceles; tácitos, nerviosos los soldados.
El comandante se pasea mirando a sus hombres: sus rostros denotan cansancio y agotamiento, pero aún mantienen los rostros firmes, sin dejar notar ni una pizca de temor frente a la batalla inminente.
- ¡Escuchen! – se desgarra la voz gritando el comandante Reds -. ¡En breves minutos habremos recorrido casi veinticinco kilómetros de crudo suelo, de calor insoportable y de escasez de agua! ¡Han soportado con valentía este infierno, soldados! ¡Pero también en breves minutos habremos llegado al valle de los Sioux, en el cual el jefe Toro Rojo debe estar esperándonos, con sus quinientos indios listos y dispuestos a matar y morir en defensa de sus montañas y su libertad! – se detiene, escupe al suelo, clava la mirada en el horizonte Peter Reds -. ¡Aquel que tenga miedo a la muerte, quédese en la retaguardia como un cobarde! No será sancionado por su falta de coraje, lo juro. ¡Todos los demás, síganme! ¡El gobierno de los Estados Unidos nos ha encargado esta afrenta, y vamos a vaciar cueste lo que cueste estas montañas de los bárbaros, de los impúdicos indios Sioux! ¡El progreso depende de nosotros, soldados! ¡El progreso de los Estados Unidos de América!
Todos los hombres, sin excepción, gritan eufóricos, ansiosos de entrar en batalla, levantando sus escopetas y rifles en señal de valentía y de coraje. El comandante sonríe satisfecho. “Estos son los hombres que ha engendrado mi madre patria, hombres valientes y amantes de su tierra”, piensa emocionado. Ordena entonces reanudar la marcha, ahora tibia, cautelosa, esperando en cualquier momento una sorpresa, una emboscada por parte de Toro Rojo y sus audaces guerreros.
Halcón Valiente observa desde la cima de un pequeño monte el avance de las tropas enemigas, agazapado entre arbustos que le camuflan. En el valle ya no queda nadie; las mujeres y los niños se han refugiado en una tribu aledaña, y los hombres se han esparcido entre las montañas, con los arcos preparados para lanzar las flechas mortíferas cuando el gran jefe Toro Rojo haga sonar el cuerno.
Los soldados norteamericanos avanzan con cautela, sin hablar, tragando su saliva como único brebaje. Tienen los rifles preparados y los cañones cargados para el inicio de la batalla, cuando el comandante Reds de la orden de disparar.
Toro Rojo está erguido, observando el valle vacío. Ya el enemigo comienza a acercarse, ya se precipita el momento de dar la orden definitiva, después de la cual el valle se convertirá inexorablemente en un cementerio de pieles rojas y hombres blancos; y, tal vez, en el epicentro de la libertad definitiva de los Sioux.
El comandante Peter Reds avanza montado en su imponente caballo, atenta la mirada en las montañas, intuyendo tal vez que es ahí donde se han refugiado los indios para disparar sus flechas. De pronto, oye un ruido sombrío y retorcido: es su estómago que clama por algo de comida.
“Diablos, no trago nada desde el desayuno” – se percata. Mira su reloj: las tres de la tarde. Quizá ya es hora de almorzar... Pero... ¿y la batalla?
Sacude su cabeza. “Parezco un chico de siete años”, se avergüenza.
Halcón Valiente continúa agazapado en la cima del pequeño monte. De pronto, comienza a distinguir ya la masa humana que se acerca; ya las filas perfectas de la infantería; ya los rifles cargados; ya los rostros agotados pero firmes de los soldados; ya las marcadas facciones del jefe de los hombres blancos, con su cabello color del sol...
- “¡Horror!” – piensa al notar, al descubrir en aquella figura un rostro familiar. Demasiado familiar. ¿Es que acaso Serpiente Negra...?
Toro Rojo continúa erguido y sus ojos atentos comienzan a notar también que los hombres blancos se encuentran a sólo unos minutos de entrar en pleno al valle ahora solitario.
“Ya es la hora” – piensa. “Es la hora de que suene el cuerno, de que comience esta batalla por la libertad definitiva de los Sioux”.
Echa la cabeza hacia atrás, e inhala profundamente aquel aire del oeste norteamericano. Se dispone a soplar de lleno en el cuerno, mas un ruido sombrío y retorcido le detiene. Es su estómago, que le recuerda que no se alimenta desde la aurora. “Terminada la batalla almorzaremos”, se confía el gran jefe Sioux, olvidando por el momento su hambre infinita.
El cuerno vuelve a trascender por las montañas, embriagando de coraje a los Sioux, ordenando el inicio de los flechazos hacia las tropas enemigas, las cuales ya llenan por completo el valle buscando con la mirada a los Sioux, cargados rifles, escopetas y cañones.
Al escuchar el ronco vibrar del instrumento, el comandante Peter Reds ordena se abra fuego.
- ¡Hacia las montañas, hacia las montañas, carajo! – grita furibundo a sus soldados -. ¡Ahí se esconden estos indios de mierda!
El valle es un pandemonio. El cielo se cubre de flechas y balas, y resuena el eco de los balazos y el tronar de los cañones. El árido suelo comienza a teñirse lenta, sutilmente de la sangre de los soldados estadounidenses y de los guerreros de las tribus indias.
Pasados doce minutos de sangrienta batalla, Toro Rojo hace sonar nuevamente el cuerno. Los indios detienen las flechas en el acto, sorprendidos por la decisión de su jefe. Mas en las tropas enemigas el fuego también se suspende...
El comandante Peter Reds se abre paso entre cadáveres, guerreros y soldados hacia el jefe Sioux, portando una sucia bandera blanca. Toro Rojo desciende del pequeño monte desde el cual sopló el cuerno y sale al encuentro del jefe enemigo.
Soldados y guerreros no pueden simular su asombro: el comandante norteamericano y el jefe Sioux tienen un notable parecido en sus facciones y en el color de sus cabelleras.
Halcón Valiente agudiza su vista hasta el extremo, y finalmente no tiene dudas: Serpiente Negra tenía razón.
- Son... ¡son hermanos! – grita inconscientemente, lo suficientemente fuerte como para que el valle entero le escuche.
- ¡Son hermanos! – el murmullo crece entre guerreros indios y soldados estadounidenses, trascendiendo con mayor potencia aún que la del vibrar de cuerno.
El comandante Peter Reds finalmente se encuentra cara a cara con el jefe enemigo, el gran jefe Sioux Toro Rojo.
- Hermano... – comienza solemnemente a decir Reds.
- Hermano... – responde Toro Rojo, con el mismo tono, mirándolo fijamente.
- No puedo más de hambre.
- Yo tampoco.
Ambos callan, escrutándose los pensamientos, buscando en los ojos del adversario un dejo de temor. Pero ambos permanecen firmes, resueltos a vencer o morir en la batalla. Se mantienen así, en silencio, mientras soldados e indios aguardan expectantes a sus respectivos jefes. Pero una voz femenina grita a lo lejos, comenzando a disolverlo todo. Los guerreros de ambos bandos comienzan a achicarse, a inmovilizar sus extremidades en férreas posiciones de batalla, a convertir su carne en plástico verde y rojo. La voz es aguda y proviene de la cocina.
- ¡Pedro y Toribio Rojas, a almorzar inmediatamente! - grita la mujer, y su voz trasciende por el valle, rebotando el agudo eco en las montañas.
Los dos hermanos no dejan de mirarse, casi con odio. El comandante Peter Reds se muerde los labios y mira a su alrededor: él y su hermano ya son los únicos seres vivos de todo el valle. Le hace una mueca a su hermano apuntando hacia el sur. Toro Rojo acepta con los ojos, pero antes declara:
- La próxima vez tú eres los indios.
lunes 24 de diciembre de 2007
¿POR QUÉ SE MUEVE EL MAR?
pregunta ella sin mirarlo,
absorbida por la espuma de las olas,
por el rescate absoluto de la calma de la arena.
Unidos apenas por cuatro dedos que bailan
a su propio ritmo,
entes ajenos a la vida, seres ligados a los corazones.
“¿Por qué se mueve el mar?”,
vuelve a preguntar sin mirarlo,
hundiéndose con cada bramido de las aguas,
con cada cumbia de los dedos.
Él quema por última vez sus labios
Y taladra tranquilamente la arena con su cigarrillo.
“¿Por qué se mueve el mar?”
Sus manos se entrelazan de pronto llenas.
“¿Por qué se mueve el mar?”
Él acaricia lentamente su cuello,
y ella le aprieta más firme la mano.
“¿Por qué se mueve el mar?”
Acecha sigilosamente sus labios perfectos,
buscando el momento ideal.
“¿Por qué se mueve el mar?”
La besa una vez en su mejilla,
en la frente y en el cuello.
“¿Por qué... se mueve... el mar?”
Suspiran.
Saben que se acerca.
Toca sus muslos,
y sus hombros
Y la apropia con su abrazo.
“¿Por qué...
Como una víbora se abalanza sobre ella,
y el amor se rebalsa porque la besa.
... se mueve...
Solos en la arena,
con el humo propio y del mar,
con el murmullo intermitente de las olas
y el graznar de las bandadas.
... el mar?”
Él la mira. Hunde sus ojos en sus ojos,
sus manos en su cuerpo,
su vida en su memoria.
Y responde en un susurro...
jueves 29 de noviembre de 2007
martes 30 de octubre de 2007
MOMENTO PERFECTO
abandonado en profunda oscuridad
------------------------------------------oye su respiración entrecortada
los latidos del corazón
--------------------------------------------los sonidos lejanos de un reloj
auguran muerte
------------------------suspenden el aliento
aguarda tranquilamente
-----------------------------------------aunque respirando con dificultad
que se decida a enfrentarlo
--------------------------------------------espera salvar la vida
quiere toser
-----------------------------------------mas un asesino sabe lo que hace
no es el momento
--------------------------------------------nunca es el momento
aún no ve la hora
------------------------------------(el tic tac lejano huele a madrugada)
la muerte no sabe de impaciencias
--------------------------------------------mas la vida la trae consigo
el suspenso la divierte
--------------------------------------------la vida pende de un hilo
---------------------la muerte risueña lo teje
el asesino espera convertirse en tal
-------------------------------------------la víctima quiere sobrevivir
acaricia el arma
--------------------------------------------abre las alas
-------------------------planea en silencio
---------------------- la ventana está cerrada
-------------------------la puerta con llave
se levanta de la silla
------------------------------------------el escondite ya no es seguro
-------------------------es hora de actuar
--------------------------recorre la pieza
-----------------------planeando en silencio
----------- quiero muerte -------------------quiero vivir
---no se me escapa esta vez --------otras veces lo he burlado
-----------------------la muerte recorre la pieza
--------------------quiere matar intentando salvarse
--------------------------------------------un descuido
un acierto
------------------------------------------las alas demasiado sonoras
el libro vuela perfecto
--------------------------------------------la reacción tardía
----------------------la polilla fue aplastada
y sabiéndose asesino vencedor
vuelve a la cama
---------------------- y ahora descansa en paz
viernes 5 de octubre de 2007
CINCO SUR

Ya llevo como dos kilómetros corriendo y qué estupidez seguir, mejor me quedaba en la casucha y pedía un teléfono para a llamar a quién, viejo, si no tienes a quien llamar. Tú te callas porque tú no hablas pero cómo no voy a hablar si te estoy hablando hace rato, y no me voy a callar más porque no te voy dejar sólo ahora. ¿Por qué no me sacas de acá, que me siento apretujado? Eso, eso es, ¡pero a mí, a mí, no a él! A mí, eso es… Qué bien se respira aquí afuera… Y ya no me callo más, porque yo podré matarte algún día pero sigo siendo el amigo más fiel del mundo, ese que te acompaña en momentos difíciles como éste y no como mi auto que se va sin avisar con un idiota que nunca lo va a lavar, y que llegando a Temuco o adonde sea que vaya el muy cabrón lo va a desarmar entero para que no lo pillen los pacos con un auto robado. Y sus buenas lucas que se va a ganar, tú te callas yo no me callo nada, no tienes cómo callarme. Y diablos, era verdad, no tengo cómo callarlo al estúpido parlanchín, mira que por él y sus amigos me robaron el auto, y más encima pago por nosotros, claro está, no te íbamos a salir gratis. Y lo peor es que tu amigo no es mi amigo imbécil el joven ése el desgraciado querrás decir ése mismo mató como a doce de nosotros en una hora y después te roba el auto, pero bueno, qué harías ahora sin mí, ah, viejo, y no sé que haría pero no estaría escuchándote sin poder callarte porque estamos a dos kilómetros de la casucha y mi arma la tenía en el auto, pero camina hacia la casita esa, debe ser una media hora, y allá pides teléfono, caminemos, pues. Y camino, camino, exhausto por la carrera anterior y terriblemente cansado de este imbécil cómo que imbécil que no se calla nunca y ni siquiera puedo disfrutarlo. ¿Cómo le aviso a la Quena que estoy botado no sé dónde, solo cómo que solo, solo con un idiota que habla y no tiene derecho cómo que no tengo derecho si soy tu mejor amigo, yo no tengo amigos y menos tú, que cualquier día me matas.
Hace frío. ¿Cómo estará mi auto? Ojalá que se le haya acabado la bencina, no lo creo, nadie te preguntó tu opinión, y por favor ten respeto por el triste momento y apacíguate. Así es. Ya se ve nuevamente la luz, y allá hay un teléfono, seguro, y no creo que te lo presten, viejo, vas a tener que pagarles y no tienes ni uno, no, pero me deben el vuelto que no pedí porque escuché el motor y salí corriendo y no pediste el vuelto tienes razón, y ya falta poco para llegar y pedir el teléfono, teléfono teléfono teléfono y nuevamente Manuel Rojas y su vaso de leche. ¿Dónde estamos? No sé. ¿Por qué no sabes? Porque no sé. Ah. Mm. Hace frío. ¿Quieres calor? No, porque me muero. Pero te disfruto. Y además tú naces para morir. O para matar. También. Un teléfono. Aló Quena, estoy no sé dónde, no sé qué hora es, pero ven a buscarme en el auto… que no tienes. Deja que me ría, viejo, estás perdido. Vas a tener que alojar por aquí. Y este idiota que no se calla, antes lo mato. Y diablos que lo voy a disfrutar. Un teléfono. Ya me acerco a la casita. ¡No, apagaron la luz! Deben ser más de la una de la mañana. Se están acostando ya. Vamos que falta poco, viejo. Cállate. Cállame. ¡Un teléfono, puta madre! ¿Para llamar a la Quena, viejo? ¡Pero si no tiene auto! Cállate, por favor. ¡Qué ganas de matarte! Tarde o temprano lo harás, así que no me preocupo. Un teléfono. ¡Un teléfono! Y ya voy llegando a la casita ésa. ¡Es un teléfono inmenso! Y también veo inodoros. ¡Muero por un inodoro! Pero prefiero el teléfono. Y ya me está dando sueño tan temprano viejo, los años te pesan. Un teléfono…
Y quién será que molesta a estas horas, la gente ya no tiene decencia. Mejor tomo la escopeta, no vaya a ser que me quieran asaltar el negocio porque ahí sí que nos vamos a las pailas, sobretodo ahora que el Pedro está cesante y los tres niños enfermos, como si hubiera plata para atenderlos. Se debe haber molestado la señora, pero entenderá que es de extrema urgencia. ¿De extrema urgencia, viejo? No lo creo… Llamarás a la Quena y no vas a ganar cállate cállame ¡cállate! ¿Quién es? Tranquila señora, baje la escopeta, quién es usted, yo le compré cigarrillos hace unas horas, ¿recuerda?, Recuerdo, y qué lo trae por aquí de vuelta, es que es algo urgente señora, dígame pues, le ruego que me ayude, no sabe lo urgente que es, pregúntale rápido si te presta el teléfono viejo, tú te callas, ¡señor qué quiere! ¡QUE ME PRESTE FUEGO POR EL AMOR DE DIOS!
viernes 7 de septiembre de 2007
LA CÁRCEL
Eran las cinco de la tarde de una peculiar tarde de verano cuando Máximo Aguirre bajó del automóvil policial con el rostro rojo de ira, y con sus ensangrentadas manos cruelmente esposadas. Dos policías lo llevaban de los brazos con rudeza, impidiendo al hombre que osase intentar una escapada.
- ¡Suéltenme hijos de puta! – gritaba enloquecido -. ¡Ese juez no sabe nada! ¡Exijo otro juicio! ¡Y otro abogado!
Alguna gente que pasaba cerca de la cárcel se detuvo a observar la situación. Ciertamente, dudaban si los policías lograrían evitar por mucho tiempo más que ese furioso hombre se soltase de sus brazos y huyera.
La cárcel de Santiago se erguía imponente y triste. Un asesino estaba a punto de pasar los próximos veinte años de su vida en ella. Máximo Aguirre había ingresado a la cárcel, dejando atrás y para siempre la vida.
- Don Máximo, tiene otra llamada en la línea dos – se escuchó decir a la secretaria por el altavoz del teléfono.
- ¡Por la puta madre! ¿Quién es ahora?
- El gerente del banco. Dice que es de extrema urgencia.
- Pregúntale que qué quiere, que estoy ocupado.
Pasados unos segundos, volvió a oírse la dulce voz de la secretaria.
- Dice que le van a quitar la casa si no paga la cuota de este mes.
Máximo Aguirre se tomó la cabeza con ambas manos, sin atinar a qué responder.
- No, no, no… - murmuraba.
- ¿Perdón? – dijo la secretaria por el altavoz.
- ¡No, no, no, NO! – gritó desabrochándose la corbata -. Rosita, dígale que me espere un día más que le voy a pagar en breve.
- Está bien, don Máximo, se lo diré.
El hombre, de cuarenta años de edad, se levantó del asiento de su escritorio y caminó cual sonámbulo por su oficina. Se detuvo frente a la ventana y apoyó la frente contra el impecable vidrio. No podía ser. Todas las acciones de su empresa habían bajado de golpe. La quiebra se asomaba desde hacia tiempo, primero con timidez, ahora definitivamente osada. Ya no podía seguir negándolo: no había forma de revertir la situación. No tenía ni un peso.
¿Qué más quedaba? Le quitarían la casa, perdería su empresa, probablemente su mujer lo abandonaría…
- ¡En qué momento, Máximo, en qué momento…! – sollozaba el hombre, la cabeza pegada frente al vidrio.
Observó la calle desde su oficina, ubicada en el duodécimo piso de un precioso edificio. La gente caminaba, siempre apurada. Los paraderos estaban atiborrados de gente que intentaba a empujones subirse a las escasas micros que pasaban. Todo era un caos. Santiago era un caos. Su vida era un caos, un túnel interminable en el que ninguna tibia luz se asomaba en el fondo. Un laberinto sin salida.
Pero allá, en la calle, una pareja de jóvenes enamorados parecían ajenos a Santiago y su interminable caos. Con impúdica pasión se tocaban sus cuerpos al compás de los besos más alegres que Máximo hubiera visto en su vida. Recordó, por un momento, cuando recién había conocido a Eugenia. Él le había prometido amor y un futuro estable. Todo lo había cumplido con perfecta fidelidad. Pero la relación daba tumbos. ¡Ya casi no podía vivir! Todos los días Eugenia lo llamaba para advertirle que no se te ocurra pasar a tomarte unas cervezas con tus amigotes, porque me voy a enojar; que ni sueñes con cambiar el auto hasta que me compres uno a mí; que hoy no tengo ganas; que mañana tampoco tengo ganas; que me duele la cabeza; ¡que me dejes tranquila, hombre!
- ¡Puta! – explotó de pronto Máximo -. ¡Esa no es la Eugenia con la que me case!
- Don Máximo, tiene otra llamada en la línea…
- ¡A la puta madre la llamada! Rosita, venga de inmediato a mi oficina – ordenó Aguirre.
- Señor, es que quien lo llama es…
En un arranque de furia, Máximo intentó desconectar el teléfono. Pero no lo logró.
- … doña Eugenia – terminó de decir la voz de la secretaria.
Máximo dudó si contestar o no. ¿Para que lo llamaría su mujer? No podía ser nada bueno… ¿o sí?
- ¡Ya, dame con ella! – aceptó resignado.
- De inmediato, don Máximo.
Al cabo de unos segundos, la voz de su mujer sonó clara por el teléfono.
- ¿Aló, Máximo?
- Sí.
- Hola corazón, ¿no te molesto, verdad? – preguntó con extraña ternura la mujer.
“¿Corazón?” “¿CORAZÓN?” ¿Hace cuánto tiempo que no lo llamaba “corazón?
- No, no, dime qué pasa – respondió Aguirre, comenzando a vislumbrar algo sospechoso en la voz de su esposa.
- Ay, querido, es que… sé que has tenido mucho trabajo, así que te llamaba para decirte que si quieres irte a tomar unas cervezas con tus amigos después de la oficina, que vayas no más.
- ¿Eugenia? ¿Qué te pasa? ¡Siempre me dices que no se me ocurra llegar tarde a la casa!
- Lo sé, corazón, pero me he dado cuenta de que he sido injusta contigo. ¿Por qué no vas por ahí y te relajas? Y cuando vuelvas… ya sabes, estaré despierta para ti.
Aguirre no pudo evitar una risa.
- Estás bromeando, ¿verdad?
- No, Máximo, te lo digo en serio. Tienes que relajarte. ¿Vas a ir? Prométeme que vas a ir, no quiero seguir viéndote estresado.
- Pero Eugenia…
- ¡Prométemelo! Y yo te prometo que estaré despierta para ti. ¿Hace cuánto que no lo hacemos?
Fue más de lo que Máximo pudo soportar.
- ¿Hace cuánto que no lo hacemos? Mm, déjame pensar… ¿Un año?
- ¿Ves? – preguntó Eugenia.
- Veo – respondió el hombre -. ¿Y no será que es por que siempre te duele la cabeza o no tienes ganas?
- Ay, si sé, corazón. Es que llegas tan estresado que me das miedo. Así que relájate y cuando vuelvas te estaré esperando. ¿Me prometes que vas a salir con tus amigos?
- Sí, te lo prometo, mi amor – dijo Máximo -. Ahora debo colgarte, adiós. Te amo.
- Yo también te amo – respondió su mujer -. Adiós.
Máximo colgó y desenfocó la mirada. Era demasiado sospechoso. ¿Por qué su mujer, después de quince años de matrimonio, lo instaba a salir con sus amigos? Sin duda quería que llegara tarde… ¿Y no sería que…?
- Rosita, cancele todas mis reuniones. Me voy a mi casa – dijo el hombre a su secretaria por el altavoz del teléfono.
- ¡Pero señor, recién son las tres de la tarde!
- Y si no me voy de inmediato me van a dar las cuatro. Adiós.
Máximo Aguirre tomó su chaqueta y el portafolios y salió de su oficina, ante la mirada atónita de Rosita y los demás empleados. Sin despedirse de ninguno, tomó el ascensor y bajó a los estacionamientos del edificio. Encendió rápidamente su automóvil y salió a la calle. La pareja que había visto desde su oficina ya no se besaba con la inédita pasión de antes, sino todo lo contrario: discutían acaloradamente.
- Así es el amor, muchacho – murmuró Máximo, apretando el acelerador.
Tras diez minutos de loca carrera, llegó a su calle. Estacionó el auto en la entrada de ésta y se bajó, cerrándolo con llave. Caminó unos pasos. Volvió sobre esos pasos y abrió la puerta del copiloto del automóvil. Buscó algo en la guantera. Encontró aquello. Lo guardó en su chaqueta. Volvió a caminar, con paso apurado. Llegó a su casa. Abrió la puerta silenciosamente. Se sacó los zapatos. Caminó por el pasillo, hasta su dormitorio. Abrió la puerta.
Eran una masa uniforme. Él encima de ella (o ella encima de él). Sus gritos de placer sonaban horribles. Máximo sacó el revólver y disparó tres veces sobre Eugenia. El hombre resultó ileso y escapó en un santiamén por la ventana. Los vecinos llamaron a la policía. Máximo tapó con una sábana el cadáver de su mujer y huyó de la escena del crimen. Corrió hasta su auto. Lo encendió y apretó el acelerador a fondo. Los vecinos advirtieron que huía. La policía no tardó en atraparlo.
Pero allá, en la calle, una pareja de jóvenes enamorados parecían ajenos a Santiago y su interminable caos. Con impúdica pasión se tocaban sus cuerpos al compás de los besos más alegres que Máximo hubiera visto en su vida. Recordó, por un momento, cuando recién había conocido a Eugenia. Él le había prometido amor y un futuro estable. Todo lo había cumplido con perfecta fidelidad. Pero luego de quince años de matrimonio, la relación daba tumbos. ¡Ya casi no podía vivir! Todos los días Eugenia lo llamaba para advertirle que no se te ocurra pasar a tomarte unas cervezas con tus amigotes, porque me voy a enojar; que ni sueñes con cambiar el auto hasta que me compres uno a mí; que hoy no tengo ganas; que mañana tampoco tengo ganas; que me duele la cabeza; ¡que me dejes tranquila, hombre!
- ¡Puta! – explotó de pronto Máximo -. ¡Esa no es la Eugenia con la que me case!
- Don Máximo, tiene otra llamada en la línea…
- ¡A la puta madre la llamada! Rosita, venga de inmediato a mi oficina – ordenó Aguirre.
- Señor, es que quien lo llama es…
En un arranque de furia, Máximo intentó desconectar el teléfono. Y lo logró.
Esperó sentado, sacándose la corbata de un manotazo. Breves segundos después tocaron la puerta de la oficina.
- Pase, Rosita… - ordenó Aguirre.
- Permiso, señor – dijo la bella secretaria ingresando -. Me parece que se cortó el teléfono, porque…
- Rosita – la interrumpió el hombre -. ¿Le había comentado lo inmensamente atractiva que es usted?
La joven tosió un par de veces.
- ¿Disculpe, don Máximo? – preguntó sin dar crédito a lo que había escuchado.
- Eso. Que es usted muy atractiva.
- Ay, gracias señor… - dijo Rosita ruborizándose -. ¡Oh, casi lo olvido! Tiene usted una llamada de…
- ¿Y qué importan las llamadas, mujer? ¿Por qué no se acerca un poco?
- ¡Don Máximo!
- Y póngale llave a la puerta.
Con sumisión, Rosita puso llave a la puerta y se acercó a su jefe.
- Eso es, muy bien. Usted se merece un aumento de sueldo, Rosita – le dijo pícaramente el hombre a la joven.
- ¿De verdad, don Máximo?
- De verdad – respondió Aguirre, desabrochándole el primer botón de la blusa.
La joven se notaba incómoda. Pero un aumento de sueldo…
- Don Máximo, nos van a descubrir… - dijo, adivinando las intenciones de su jefe.
- No. Está la puerta con llave. Si le preguntan, discutíamos acerca de su aumento de sueldo.
Dicho esto, continuó desabrochándole la blusa, y luego le quitó los anteojos, y ella se soltó el moño, y él se quitó la camisa…
La pareja de la calle no tenía nada que envidiarles ahora. Máximo sentía que rejuvenecía cinco años con cada beso que le daba a su secretaria.
- ¿Don Máximo? – dijo, pasados veinte minutos, una voz masculina golpeando la puerta.
Jefe y empleada se soltaron de inmediato. Con sorprendente rapidez, Rosita se vistió, se peinó y se colocó los anteojos. Maldiciendo, Máximo hizo lo propio con su camisa y su corbata.
- ¿Don Máximo? – volvió a decir la voz masculina al otro lado de la puerta.
- ¡Qué pasa, hombre! – gritó el jefe, furioso.
- Discúlpeme si le interrumpo, pero tiene tres llamadas en línea. Son de extrema urgencia. Parece que se echó a perder su teléfono porque no logro pasarle las llamadas…
- Ya va, ya va… Dámelas… - respondió Aguirre, haciéndole una señal a Rosita para que se retirara de la oficina.
Se sentó en su escritorio y conectó el teléfono, mientras la secretaria sacaba la llave y abría la puerta, retomada su tímida postura.
- ¿Aló? – gruñó, levantando el auricular -. Sí, con él. Don Gerardo, cómo le va. ¿Cómo? Pero hombre, si le voy a pagar mañana. Es que hoy me es imposible… No, pero no puede usted quitarme la casa, mañana le… ¿Cómo? ¡No, don Gerardo! ¿Y el préstamo para el negocio de…? ¿Tampoco? ¡Me va a dejar usted en la ruina, yo contaba con ese préstamo! ¿Cómo que no doy confianza al directorio? ¡Mi empresa ha sido por años una de las más…! Sí, todos tenemos nuestras bajas en la producción, pero le aseguro que eso se revertirá… ¡Pero cómo que…! ¡Váyase al diablo! ¡Al diablo, me escuchó bien! ¡Grandísimo hijo de…! ¿Aló? ¡Aló!
Máximo apoyó los codos en el escritorio y se tomó la cabeza con ambas manos. No podía ser. Tenía que ir de inmediato a su casa y sacar todas sus pertenencias.
- Don Máximo, tiene otra llamada en la línea tres… - dijo Rosita por el altavoz del teléfono.
- Ya – respondió el hombre, abatido.
- ¿Aló Máximo?
- Quién…
- ¿Cómo quién, ingrato? Soy Eugenia.
- Qué pasa…
- Corazón, estaba pensando…
- Me parece excelente que pienses, aunque sea sólo por una vez – comentó con ironía el hombre.
- ¿Qué te pasa, desgraciado? – gritó su mujer con enfado.
- ¿Qué me pasa? ¿¡QUÉ ME PASA!? ¿QUIERES SABER QUÉ MIERDA ME PASA? ¡ME PASA QUE CAGUÉ MI VIDA CASÁNDOME CON UNA PUTA COMO TÚ, ESO ME PASA! ¡ME PASA QUE NOS VAN A QUITAR LA CASA, Y QUE MI EMPRESA ESTÁ QUEBRADA!
Eugenia no respondió. Máximo respiraba con dificultad, poseído por la ira.
- ¿Quieres saber algo más, corazón? – preguntó el hombre con fingida ternura.
- Vente de inmediato a la casa, infeliz. ¡De inmediato! Vas a decirme lo mismo que me dijiste ahora pero a la cara, a ver si tienes agallas.
- Voy, corazón, voy ahora mismo – respondió Aguirre.
El hombre tiró lejos el auricular y gritó, abriendo la puerta de la oficina:
- ¡Rosita, cancele todas mis reuniones!
- Pero señor, recién son las cuatro de la tarde… - dijo la secretaria.
- ¡Y si no me voy de inmediato me van a dar las cinco!
Máximo Aguirre tomó su chaqueta y el portafolios y salió de su oficina, ante la mirada atónita de Rosita y los demás empleados. Sin despedirse de ninguno, tomó el ascensor y bajó a los estacionamientos del edificio. Encendió rápidamente su automóvil y salió a la calle. La pareja que había visto desde su oficina ya no se besaba con la inédita pasión de antes, sino todo lo contrario: discutían acaloradamente.
- Así es el amor, muchacho – murmuró Máximo, apretando el acelerador.
Tras diez minutos de loca carrera, llegó a su casa. Estacionó el auto y apagó el motor. Sacó el revólver de la guantera. Se bajó, dejando el auto abierto. Abrió la puerta de su casa. Caminó con decisión por el pasillo hasta su dormitorio. Abrió la puerta.
- ¡Conque ya llegaste, desgraciado! – le gritó Eugenia al verlo.
Máximo no respondió. Sacó el revólver de su chaqueta y disparó tres veces en el vientre a su mujer. Tapó el cadáver con una sábana y salió tranquilamente de la casa. Se subió al auto y anduvo largo rato hasta llegar a la cárcel de Santiago. Estacionó el auto. Se bajó y caminó hacia la entrada del imponente y alegre edificio. Con las manos ensangrentadas, miró por última vez el sol. Eran las cinco de una peculiar tarde de verano.
Echó a andar hacia el edificio. Informó sonriendo al guardia de la entrada que era un asesino y venía a entregarse.
Máximo Aguirre había ingresado a la vida, dejando atrás y para siempre la cárcel.
jueves 6 de septiembre de 2007
LO QUE EL TRANSANTIAGO SE LLEVÓ
A los ingeniosos nombres de las micros (“El seductor”, “El sin memoria”). Al clásico “¿Me lleva por cien?”. Al aún más clásico “¿Me deja en la esquina?”. A las locas carreras entre los choferes. A los sapos. A los cantantes que veían su arte opacado por el ruido de la máquina. A aquellos personajes que narraban sus desgracias a viva voz. A los kilos demás de doña Marcela, que perdió caminando desde el paradero hasta su casa. Al trabajo de don Guillermo, despedido por atrasos. A la dignidad de los chilenos… Seguimos en los paraderos esperando que también nos lleven.
domingo 2 de septiembre de 2007
MUJER (en) TEMPORAL
rogaban con los ojos que los conductores no los empaparan al pasar las ruedas por sobre los innumerables charcos de trémula agua. El reloj marcaba las once de la noche. Por entre los paraguas, que seguramente escondían gente bajo sus ocho puntas, y en contra del terrible e incansable viento, aquella mujer parecía un ente completamente ajeno al temporal. Caminaba sin rumbo, con el paso que llevaría una mula que ha pastado satisfactoriamente durante toda una tarde. Sus ojos estaban absortos en algún punto de su interior, y sólo el rojo que los teñía denotaba que había llorado largo rato.
Definitivamente, nadie diría que la preocupaba la lluvia. Su andar parecía más bien la de un ebrio que pronto ha de caer al borde de la acera y la inconsciencia. Era cierto que había bebido unas copas, pero estaba lejos de estar borracha. No, no era el alcohol ni droga alguna lo que la hacía andar con tan poca decisión sobre sus pasos…
Vestía con una chaqueta de cuero y unos pantalones negros. Tal vez la lluvia estaba de su parte, porque las manchas de oscura sangre desaparecían de su ropa con cada gota del temporal.
De pronto, y tal como parecía predecir su aparente estado de ebriedad, cayó al suelo con gran estrépito. Algunos transeúntes la vieron y amagaron con ayudarla a levantarse, pero el temporal alejaba sus buenas intenciones y los instaba a correr aún más rápido hacia el metro.
Yació en el suelo por espacio de tres minutos, recibiendo varias pisadas de los mojados peatones y un par de olisqueadas de perros vagabundos. Mas nadie le prestó real atención: aquella mujer era un ente externo a la lluvia y a Madrid.
- Pobre mujer – se escuchó decir a alguno, que luego de echarle una rápida ojeada continuaba su carrera hacia la estación Francos Rodríguez.
- ¿Ves lo que hace el alcohol, Matías? – dijo tal vez alguna madre a su hijo, mientras lo arrastraba de la mano tapándose la cabeza con su cartera.
- La mujer escuchaba todo esto y más. Ella no estaba ebria, ni dormida, ni inconsciente, ni muerta. Sólo era un ente externo a la lluvia. Las manchas de sangre ya habían desaparecido por completo de su vestimenta. Sólo el rojo que teñía sus tristes ojos denotaba que había llorado amargamente, quizá hacia dos o tres horas atrás.
Pasados los mencionados minutos, unos fuertes brazos la levantaron con tierna rudeza.
- Gracias – dijo con perfecta entereza la mujer. Tenía unos treinta y cinco años y el cabello de color negro azabache, que contrastaba con su pálido rostro.
El hombre que la había levantado se extrañó ante el tono sano y despierto de su agradecer. Se habría imaginado aquella mujer estaba inconsciente, o al menos ebria.
- No hay de qué – respondió, aún extrañado.
- Se preguntará por qué lo hice – le dijo la mujer mirándolo a los ojos.
- ¿Por qué hizo qué, tirarse en medio de la acera con este temporal?
- No, no. Por qué hice lo otro.
- Discúlpeme – se excusó el hombre, retomando su teoría de que la mujer estaba ebria -. No sé qué habrá hecho usted antes de echarse, o caerse, no sé, en esta calle.
- Pero cuando lo sepa se preguntará por qué lo hice.
El hombre no supo si reír o no.
- ¿El qué, el echarse en la calle?
- ¡No, hombre! Lo otro.
- Ah, bien… Este, bueno, ya veo que está usted mejor. Debo irme a mi casa.
- Adiós, y gracias.
El hombre continuó su camino hacia el metro, pero parecía un ente externo al temporal. Su mirada estaba extraviada, y no dejaba de voltear la cabeza hacia la mujer que acababa de levantar del suelo. Ella seguía de pie, pero no parecía tener intenciones de dejar de mojarse. No movía ni un músculo. De pronto, volvió a caer al suelo con gran estrépito.
El hombre detuvo su andar hacia la estación Francos Rodríguez y volvió corriendo hacia la extraña mujer.
Con tierna rudeza, la levantó nuevamente del suelo.
- Gracias – dijo ella con perfecta entereza -. Se preguntará usted por qué lo hice.
- ¡Y claro que me lo pregunto, mujer, si se ha caído usted al suelo cual marioneta! – respondió enojado el hombre.
- No, no, eso no. Lo otro.
- ¿Y qué otra cosa ha hecho usted, por el amor de Dios?
- Aquello que hice mañana.
El hombre, aunque enfadado, no supo si reír o no.
- ¿Aquello que usted hizo mañana?
- Exactamente – respondió ella, la mirada perdida en algún punto de su interior -. ¿Ya lo recuerda?
Convencido de la ebriedad de la mujer, el hombre decidió seguirle el juego.
- ¡Oh, sí, lo recuerdo! – dijo, abriendo los ojos -. ¡Nítidamente!
- ¿Ya lo ve? Se preguntará usted por qué lo hice.
- Oh, claro, me lo pregunto.
La mujer suspiró y una lágrima le cayó por el rostro. O quizás fue una gota más del temporal.
- Lo hice por amor – confesó, casi sollozando.
Eran dos entes externos al temporal. Ambos de pie, empapados hasta los huesos y platicando entre paraguas que corrían escondiendo, con toda seguridad, gente bajo sus ocho puntas.
El hombre no supo si reír o no.
- ¿Por amor?
- Sí. ¿Ya lo recuerda?
- Claro, claro.
- ¿Ya lo ve?
- Lo veo. ¿Y eso lo hizo mañana?
- Mañana, pero en la madrugada. Deben haber sido la una o las dos de mañana en la madrugada. Pero al fin y al cabo fue usted quien vivió todo esto. Yo sólo fui la actriz, la elegida. Fue usted quien quiso fallecer de tan tétrica manera.
El hombre no supo si reír o no.
- ¿Yo?
- Usted. ¿Ya lo recuerda?
- Claro, claro.
- ¿Por qué no me cuenta cómo fue? – rogó la mujer.
El hombre, convencido totalmente de la ebriedad de su interlocutora, se decidió a inventar una historia.
- Bueno, no es fácil para mí hablar de esto. Después de todo, fue mi propia muerte, ¿no?
- Sí, claro. Soy una persona comprensiva – aceptó la mujer -. Pero por favor, haga el intento. Necesito saber cómo fue.
Eran dos entes externos al temporal.
- Bien. Yo pasaba por aquí, corriendo hacia el metro, cuando vi a una mujer de unos treinta y cinco años en el suelo. De inmediato pensé que estaba ebr… digo, que estaba inconsciente.
- Sí, creo que así fue – concordó ella, la mirada ahora fija en el hombre.
El hombre también la miraba fijamente, y por primera vez durante toda la plática se dio cuenta de lo hermosa que era. Tenía el cabello oscuro, y aunque contrastaba bastante con su pálido rostro, no pudo evitar aceptar que le sentaba muy bien. Su apretada chaqueta de cuero dejaba notar que bajo esas ropas unos perfectos senos se escondían. Y sus labios…
- Continúe, por favor… - pidió la mujer.
El hombre, de unos treinta y cinco años también, sacudió su rostro y continuó contando su historia.
- Vi a esta mujer, de extremada belleza, en el suelo, y no pude sino ayudarla a levantarse, aunque el temporal apremiaba por tomar rápido el metro para llegar a la comodidad de mi departamento. La ayudé, pues, y cuando ya me iba la mujer volvió a caer.
- Sí, creo que fue así. Continúe.
Su cabello perfectamente mojado lo hizo desearla cada vez más. Ebria como estaba, no sería difícil convencerla de que fueran a su departamento.
- La preciosa mujer volvió a caer, y yo regresé para ayudarla nuevamente. Conversamos por espacio de algunos minutos, y en vista del temporal, decidí invitarla a mi departamento. Y ella aceptó – narró con picardía el hombre.
- Sí, creo que así fue. Continúe, por favor.
Eran dos entes ajenos al temporal de Madrid, aunque ya no estaban plantados en la acera, sino que caminando con paso cansino hacia el metro.
- Ella aceptó y comenzamos a caminar hacia el metro. Bajamos las escaleras y yo osé a tomarle la mano.
Mientras bajaban las escaleras, el hombre estiró su mano y tomó la de la mujer. Ella parecía haber estado esperando ese momento, porque no opuso resistencia alguna.
- Esperamos en el andén, y yo la miraba con deseo. Realmente era muy bella.
El hombre la miraba en el andén con deseo. Realmente era muy bella.
- Tomamos el primer tren que pasó y buscamos algunos asientos, pero el temporal había colapsado el metro. Así que nos fuimos de pie, mirándonos fijamente todo el camino.
En cuanto llegó el primer tren, se subieron y buscaron un par de asientos, pero el temporal había colapsado el metro. Se apretujaron entre las masas y se pusieron frente a frente, mirándose fijamente todo el camino.
- En efecto, creo que así fue – comentó la mujer con aire distraído, aún cuando miraba fijamente a los ojos a su interlocutor -. Continúe, se lo ruego.
El hombre se emocionaba con su ingenio y no dudó en seguir aportando datos a la historia que alimentaran su ya declarado deseo sexual.
- Bueno, ella me miraba fijamente y comenzaba a tocarme, primero con ternura, y luego con pasión.
La mujer lo miraba fijamente, pero de a poco sus manos comenzaron a tocar su cuerpo con tímida ternura, la que luego se fue convirtiendo en real pasión.
- Pasaron las estaciones y ya sólo faltaban unas pocas para llegar a Lacoma, aquella en la cual habríamos de bajarnos.
Las estaciones de metro se fueron sucediendo, y ya solo faltaban unas tres para llegar a Lacoma, la estación donde habrían de descender.
- Ahora yo también la tocaba, explorando todo su cuerpo con mis manos.
Las manos del hombre exploraban todo el cuerpo de la mujer, mientras ella suspiraba con placer.
- Ella suspiraba con placer, y en eso llegamos a Lacoma. Completamente entregados el uno al otro, salimos a la calle como dos entes externos al temporal,.
Eran dos entes externos al temporal, ya completamente entregados el uno al otro.
- Sí, sí, creo que así fue… - dijo entre suspiros ella.
- Continúo. Mis manos no dejaban de tocarla y ella gemía, loca por llegar al departamento.
- ¡Sí, loca por llegar! – afirmó ella -. ¡Continúe, continúe!
- ¡Y corrimos por la lluvia, hacia el edificio azul de la avenida principal!
- ¡Corrimos, sí!
- ¡Y abrimos de par en par la puerta y subimos las escaleras!
- ¡Las subimos, sí, y llegamos al departamento 305! – gritaba, casi, la mujer.
Subieron las escaleras y llegaron al departamento 305.
- ¡Yo no sabía por qué ella conocía el número de mi departamento, pero no me preocupé porque sólo la deseaba!
- ¡Tú no te preocupaste, sí!
Él no se preocupó, tal era su deseo.
- Y entramos, y tú te sacaste tu chaqueta, y luego tu blusa, y yo desaté tu sostén, y tú desabrochaste mi cinturón…
El hombre desató su sostén y…
- ¡Y yo desabroché tu cinturón!
Y sus pantalones…
- ¡Y mis pantalones cayeron, y en un instante estuvimos ambos completamente desnudos!
Ya entregados, se besaron con ardor mientras…
- ¡Y ya entregados te besé con ardor mientras avanzábamos en tácito acuerdo hacia mi dormitorio! – gritaba el hombre.
- ¡Y nos lanzamos con furia a la cama, e hicimos el amor! – gemía la mujer.
Y se lanzaron con furia a la cama y comenzaron a hacer el amor. El hombre ya no narraba más que con la mirada apasionada, llena de placer. Ella lo observaba, siguiendo la historia que contaban sus ojos. Mas cuando ya se acercaba a su orgasmo gritó, apasionada:
- ¡Continúa, por favor!
- ¡Yo sólo quería que no terminara nunca!
- ¡Continúa!
- ¡Mi cuerpo entero ardía en pasión!
Sus cuerpos enteros ardían en pasión.
- ¡Pero termina la historia! – chillaba ella -. ¡Quiero saber cómo te maté!
El hombre llegaba a su orgasmo, y su voz sonó loca cuando gritó, hirviendo en placer:
- ¡Tomaste un cuchillo de la cocina sin que yo me diera cuenta, y cuando vivías tu orgasmo me lo enterraste en el corazón!
Ella había tomado un cuchillo de la cocina sin que él se diera cuenta, y cuando comenzaba a vivir su orgasmo, se lo enterró al hombre de una puñalada en el corazón. Él gritó desgarradamente algunos segundos, y luego dejó de emitir sonido alguno.
- ¡Pregúntame por qué lo hice! – lloraba la mujer, bañada en oscura sangre.
El hombre no respondió. Sus ojos desorbitados y su mandíbula desencajada por el grito de dolor demostraban que ya sólo era un cadáver.
- ¡Lo hice por amor! – lloraba la mujer -. ¡Lo hice por amor!
Bañada en sangre, con la mirada perdida en algún punto de su interior, ella abandonó el dormitorio del hombre y se vistió. Tomó un vaso y sacó una botella de whisky del bar. Bebió tres o cuatro vasos, mientras lloraba con amargura. Luego abandonó el departamento 305 y bajó a la calle. Tomó el metro y se dirigió a la estación Francos Rodríguez. Salió a la superficie, entre paraguas que corrían hacia el metro, seguramente escondiendo gente bajo sus ocho puntas. Caminaba sin rumbo, dando vueltas, pero no estaba ebria. Era cierto que había bebido, pero no lo suficiente como para estar borracha. Sólo era un ente externo al temporal.
martes 28 de agosto de 2007
EL ENGAÑO
- ¡Silencio! Esta reunión tiene carácter urgente. ¿A alguien se le ocurre por qué?
Todos se miraron. Uno de los jefes preguntó tímidamente:
- ¿Debemos organizar el juego de la pelota?
- ¡No, inepto! Quiero que me digan qué saben de ese extranjero al que mientan Natilo, y que tiene al macehualtín completamente revolucionado. Un tenso silencio se escurrió entre los presentes, bajo la mirada inquisidora de Quetzil. Fue uno de los sacerdotes quien tomó la palabra.
- Emperador – comenzó, luego de un nervioso carraspeo -. Creo que ese hombre es una bendición que Quetzalcoalt nos envía en estos difíciles tiempos. Con sus palabras ha devuelto la confianza y alegría al macehualtín. Ahora trabajan con eficacia en la cosecha del maíz, en la construcción de puentes, en el mantenimiento de las chinampas…
- ¿Y qué cosas les dice? – preguntó Quetzil frunciendo el ceño.
- Les habla de mejores tiempos, de esperanza en el porvenir - intervino un jefe llamado Anezul -. Pero no es un charlatán. A mí me parece que es un gran hechicero. He escuchado que ha sanado a enfermos con tan sólo tocarlos.
- ¡Eso no es nada! – interrumpió otro jefe llamado Tizulet -. ¡A mis oídos ha llegado que en uno de sus encuentros con el macehualtín multiplicó el alimento!
Entre los murmullos de asombro, uno de los sacerdotes agregó con voz trémula:
- Ayer, a vista y paciencia mía, resucitó a una mujer de mi calpulli que había sido sacrificada a los dioses la noche anterior.
Esto fue más que lo que Quetzil podía soportar.
- ¡Es intolerable! ¡Sea quien sea ese hombre, debemos eliminarlo antes de que sea demasiado tarde! De seguro los dioses se han enfurecido… ¡Quiero que lo traigan de inmediato! ¡Y vivo!
- No hace falta. Acá estoy – dijo una voz desde la puerta de la sala.
Un hombre de cabello largo y barbas como las de un chivo macho estaba apoyado en la puerta, sonriendo con sencillez. Tenía los ojos azules y vestía humildemente.
- ¡Natilo! – dejó escapar Quetzil asombrado. La puerta estaba trancada. ¿Cómo podía haber entrado? Recomponiéndose de su estupefacción, el emperador retomó la compostura, intentando no parecer sorprendido.
- Llegas oportunamente, extranjero – le dijo con desdén -. Por favor, toma asiento, iremos directo al grano. Mi gente comenta que has revolucionado al pueblo con palabras estúpidas y trucos baratos de magia. Deberás saber que nuestro imperio no pasa por un buen momento, y la resistencia es cada vez más complicada. Sin duda, los dioses están enojados con nosotros. ¿Puedes explicarme qué significa eso de que has revivido a una mujer sacrificada?
- ¡Cerdo! – le espetó Quetzil -. ¿Quién eres para insultar a Quetzalcoalt? ¿Y qué quieres decir con eso de que tu padre te envió? ¿Acaso eres hijo de los dioses?
- No, Quetzil. No existen varios dioses. Yo soy Hijo del único Dios, el Padre creador y todopoderoso. He venido a salvar a tu pueblo de la crueldad con que se le trata. El macehualtín cree en mí. Sólo falta que ustedes lo hagan, y mi Padre les bendicirá con mejores tiempos y la salvación eterna.
- ¡No vamos a dejar a nuestros dioses, imbécil! – gritó exaltado Quetzil -. ¡Eres un loco, con aires de grandeza! ¿Cómo puedes esperar que creamos en ti?
- Mañana no sacrifiques a nadie, y verás cómo el sol sigue en lo alto, y cómo mi Padre les obsequia la mejor cosecha que jamás hayan visto.
- ¿Ah sí? ¡Si realmente eres el hijo de ese tal “diostodopoderoso”, demuéstralo!
- ¡Sí, que lo demuestre! – apoyaron algunos jefes y sacerdotes.
Natilo los miró fijamente y comenzó a cerrar los ojos con lentitud. A la par, el sol que iluminaba el imperio desde el cielo comenzó a opacar su fulgor. Cuando Natilo acabó de cerrar los ojos, estaban sumidos en la más profunda de las oscuridades.
Los hombres presentes en la reunión comenzaron a gritar y llorar descontrolados, rogando a Natilo que les devolviera el sol. Pero éste continuaba con los ojos firmemente cerrados.
- Promete, Quetzil, que mañana no sacrificarás a nadie a tus dioses - ordenó en medio del pandemonio de jefes y sacerdotes.
- ¡Lo prometo, lo prometo, pero devuélvenos la luz! – sollozó el emperador.
Entonces Natilo abrió los ojos y el sol volvió a brillar sobre Tenochtitlán.
- Te mostraré a mi Padre, Quetzil, y Él te hará un emperador bueno y justo. Sígueme. Dios quiere bien a tu pueblo, y yo estoy bendito de su Espíritu Santo.
Durante los meses siguientes, todo el imperio se vio revolucionado por Natilo y sus enseñanzas. Comenzaron a creer en el amor al prójimo, los sacrificios humanos se acabaron y los prisioneros de las guerras floridas fueron puestos en libertad y regresados a sus pueblos.
Ahora también el pipiltín debía pagar tributo, y se redujo la carga de trabajo al macehualtín. Durante la cosecha los hombres trabajaban con alegría, y a ratos oraban a Dios Padre que los bendecía con los alimentos de la tierra. El sol seguía en lo alto del cielo, y el imperio realmente gozaba de su mejor momento. Quetzil se convirtió en un fiel devoto al Dios creador, y mandó a construir un templo según las indicaciones de Natilo, para poder orar en el.
Pero en medio de esta armonía, un día llegaron al imperio muchos hombres extraños, montados en animales desconocidos para los aztecas. Algunos habrían creído que eran sus antiguos dioses que, como narraban las olvidadas leyendas, algún día bajarían a la tierra. Ahora sólo los vieron como extranjeros.
Mas todo sucedió con mucha rapidez. Los hombres traían palos que escupían fuego, y comenzaron a matar a los aztecas para quedarse con su oro. Éstos, fieles a su nueva religión, no intentaban defenderse (seguro que a Dios no le habría gustado se pelearan entre hermanos). Antes de matarlos un hombre que parecía sacerdote les rezaba. Nada comprendían los confundidos aztecas: ¡esta no era la religión que les había enseñado Natilo!
Cierta noche, los hombres de armaduras de metal capturaron a Quetzil y lo ataron
a un palo en la plaza, para que todo el pueblo viera cómo lo asesinaban por no querer someterse.
El emperador, con la erguida cabeza iluminada apenas por las múltiples antorchas, miró a su lado: Natilo, su cabello largo y sus barbas como las de un chivo macho, sollozaba amarrado en un palo cercano al suyo.
Con ira, Quetzil le gritó:
- ¡Me engañaste, Natilo! ¡Mira a dónde nos llevó tu Dios! ¡A que sus propios fieles nos asesinaran! ¡Nosotros creímos en ti y nos engañaste!
El crepitar del fuego en los ojos, la tristeza como un velo intangible, Natilo le contestó con voz queda:
domingo 19 de agosto de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO XII
"Un trío es un triángulo escaleno. Un par es un reflejo desigual.
Un trío y un par pueden estar juntos, pero revueltos jamás"
FULL
Un muchacho de pelo claro y bien definidas facciones caminaba con paso intranquilo por sus barrios. Parecía que buscaba algo.
- Toda mi vida la he buscado, ¿sabes? – comentó con voz nerviosa. Pero no era ésta una de sus clásicas búsquedas: algo le decía que hoy sí la encontraría. Las manos le sudaban y sentía ardor en el rostro. ¿Qué sería lo que le pasaba? ¿Por qué presentía que hoy la hallaría por fin? El sentimiento era tan fuerte que la cabeza comenzó a dolerle con rudeza. Su corazón latía incansable, con una rapidez inaudita. De pronto, un envolvente mareo le hizo perder el equilibrio y cayó al suelo con gran estruendo. Tendido en la calle, comenzó a despertar y a reponerse de a poco. Hoy la encontraría. Debía ponerse de pie rápidamente. En cualquier momento llegaría, y no podía dejarla pasar. Abrió los ojos, aún en el suelo. Sólo podía ver el gris de la acera. Levantó la cabeza lentamente. Faltaban segundos para verla. Sólo debía levantar un poco más la vista, y la vería por fin. Un poco más. Un poco más…
Pablo abrió los ojos de golpe. Yacía en el suelo de su pieza, transpirando a mares y con la respiración entrecortada. ¿Qué tan extraña pesadilla había sido esta? ¿En qué momento se había dormido, y por qué lo había hecho en la fría madera del suelo teniendo a un lado su cama?
Tenía la imagen nítida del sueño. Era Joaquín, su compañero de curso, que buscaba algo. ¿Y por qué había soñado con él, y por qué tenía el carácter de pesadilla?
Refregándose los ojos con los puños, se puso de pie lentamente. No había sido más que un estúpido sueño… ¿Qué horas serían? Abrió las cortinas y comprobó que debían ser las seis de la tarde… ¿Por qué se habría dormido, y por qué no recordaba ni siquiera el momento en que regresó a su casa?
Empezaba a acordarse de su día. Después del colegio se había quedado limpiando baños a modo de castigo por llegar atrasado. Ya no recordaba nada más.
- Bueno, qué más da – murmuró con despreocupación -. Llegué a mi casa y me quedé dormido… A lo mejor me caí de la cama.
De pronto, miró su mano y vio un número anotado.
- ¡Rebeca! – rió el rubio adolescente -. Casi la había olvidado…
Rebeca era la hija de profesor Paredes, y Pablo la había conocido ese mismo día durante su castigo. Por casualidad descubrió que la chica quería conocer a Roberto Torres, y él se ofreció para ayudarla, e intercambiaron números de teléfono para comunicarse. Pero sus intenciones se alejaban mucho de ser nobles. Pablo Cruz ya había trazado su plan perfecto de venganza…
Con una gran sonrisa, ya habiendo olvidado por completo el extraño sueño, el joven tomó sus llaves y algo de dinero y salió de su casa.
El sol comenzaba a esconderse, dando paso a fuertes ráfagas de viento que traían consigo el aroma de la venganza. En las calles las hojas otoñales bailaban en círculos, atraídas por el viento. Algunas gotas mojaron el rostro de Pablo, y éste reía. El clima lo acompañaba en sus perversas intenciones.
Cerró la reja de su casa y se dirigió al paradero de micros. ¡Cuántas veces había esperado la 670, con igual destino!
Pocos minutos pasó sentado, hasta que la micro apareció, llevándoselo calle abajo luego de pagar su regateado pasaje.
Al rato bajó de la máquina, en la esquina de la calle Bernardo Valdés Peña. Echó a andar con paso tranquilo, hasta que llegó al portón negro con el número 1216. Era la casa de Daniela. Comprobó que los padres de su novia no estaban por la ausencia de los autos. Sobándose las manos, tocó el timbre.
- ¿Aló? – dijo una voz femenina y senil por el citófono.
- ¡Claudita! Soy Pablo…
- ¡Pablito, pasa, pasa!
La empleada de la casa le abrió la puerta, saludándolo con mucho gusto.
- Ay, Pablito, tanto tiempo que no se le veía por estos lados.
- Así es, Claudita, como la Dani sigue en el hospital…
- ¡Qué desgracia! ¿No? Esperemos que la señorita Daniela se reponga rápido. Le hace mucha falta a esta casa…
- Y a mí también… Oiga, Claudita, le quiero pedir un favor… ¿Me prestaría el baño? Es que pasaba por aquí y ando medio enfermo del estómago, así que supuse que usted me dejaría entrar, aunque no esté la Dani.
- ¡Pero claro, pues, Pablito! Pase no más, no hay nadie en la casa… ¡Pero sin entrar a la pieza de mi niña! Ya conoce usted las reglas de la casa, pues...
- Tranquila, Claudita, si pa' qué voy a querer entrar...
Pablo entró a la casa y se dirigió al baño, mientras la empleada se iba a la cocina. Mas en cuanto la anciana cerró la puerta, Pablo le puso llave por fuera al baño y se encaminó cautelosamente hacia el dormitorio de Daniela.
La pieza de la niña estaba como siempre. Nada parecía advertir que había sufrido un grave accidente hacía pocos días atrás.
Cerrando la puerta, Pablo se puso de inmediato en tácita acción. Buscó debajo de la cama, entre las ropas, bajo la almohada, detrás de los cuadros… No, no encontraba lo que buscaba, sin embargo, estaba convencido de que debían estar. Si se había equivocado, y Daniela nunca tuvo que él estaba buscando, su perfecto plan de venganza se complicaba en demasía.
Continuó revisando todo, desesperándose de a poco. Abrió los cajones, levantó las maderas sueltas del piso… No, sin duda había pensado mal.
- ¡Diablos! – murmuró. Había sido un soñador. Ahora que lo pensaba mejor, Daniela no tenía por qué poseer aquello.
- ¿Pablito, está bien? – escuchó de pronto gritar desde el pasillo a Claudia, la anciana empleada.
Oh, no… ¡Vieja entrometida!
- ¿Pablito? ¡Lleva como quince minutos ahí adentro! – decía la anciana golpeando seguidamente la puerta del baño.
- ¡Puta madre, qué hago! – se dijo con nerviosismo Pablo. Claudia no podía saber que él había estado en la pieza de Daniela. Era un sacrilegio para esa familia que una visita entrara a algún dormitorio sin la compañía del dueño de éste. Y más todavía si Daniela estaba internada en el hospital y él apenas la había ido a ver una vez.
Entonces se le ocurrió una salvada milagrosa. Tomó su celular y marcó a toda velocidad el número de la casa de Daniela, y de inmediato comenzó el teléfono a sonar con insistencia.
- ¡Ay, espéreme un poco Pablito que está sonando el teléfono! – dijo la anciana -. ¡Ya vengo a ayudarlo!
Dicho esto, la anciana corrió al teléfono, y en un santiamén Pablo salió de la pieza de Daniela, corrió por el pasillo, quitó la llave del baño e ingresó a éste, cortando entonces la llamada.
- ¡Pucha, y más encima cortan! – escuchó quejarse a Claudia, mientras ésta regresaba al baño -. ¿Pablito, está bien?
- ¡Sí, Claudita, tranquila! – respondió desde adentro el rubio adolescente -. Te estaba haciendo una broma no más.
- ¡Ay, Pablito, usted siempre asustándome! Lo dejo entonces…
Nuevamente la anciana se dirigió a la cocina, y Pablo aguardó a dejar de oír sus pasos alejándose para salir del baño y regresar a la pieza de Daniela.
- Si no lo encuentro ahora, me voy no más… - se dijo decepcionado.
Buscó y rebuscó, pero simplemente se había equivocado. Ya a punto de irse, vio en el velador una foto en que él y Daniela salían abrazados, hacía ya dos años. Pablo tomó en sus manos la foto y la contempló un rato. Recordó sus sentimientos por Daniela en esos días tan lejanos. Entonces de verdad que la quería…
- ¿En qué me he convertido, carajo? – murmuró Pablo sollozando levemente. ¿Acaso no era más feliz cuando le era fiel a Daniela, cuando de verdad sentía amor?
De pronto, en un momento de desconcentración, la foto se le cayó al suelo, saliéndosele el marco y el vidrio. Preocupado por el estruendo, Pablo puso la foto en el marco a toda velocidad, rogando porque Claudia no hubiese escuchado el ruido. Una vez que estuvo todo en orden, abrió la puerta para salir rápidamente, pero algo lo detuvo. Miró hacia dentro de la pieza, y vio en el suelo lo que estaba buscando: siete papeles doblados yacían esparcidos…
El corazón le latió con fuerza. Desdobló uno de los papeles: la letra inconfundible de Roberto llenaba con negra tinta la hoja. Repitió el mismo proceso con cada uno de los papeles, y sí, no se había equivocado: Roberto Torres había enviado poemas de amor a Daniela desde hace bastante tiempo, y ella los había guardado dentro del marco de fotos que encerraba a la antigua fotografía de unos quinceañeros jóvenes enamorados: ella misma y él mismo.
Para evitar sospechas, volvió a meter dentro del marco cinco de los poemas y se llevó dos. Salió de la pieza, entró al baño, tiró la cadena procurando que sonara fuerte y volvió a salir del baño.
- ¡Chau Claudia, gracias! – gritó.
- ¡Chau Pablito, cuídese! - le respondió la anciana -. Le abro desde acá.
Y así, Pablo Cruz salió de la casa de Daniela con dos poemas de Roberto en su poder. La venganza comenzaba a tomar cuerpo, y cada vez era más merecida…
Ya el sol se había escondido. El viento invitaba a actuar ahora mismo…
- ¿Y por qué no? – se preguntó Pablo.
Sacó su teléfono celular y marcó el número de Rebeca, que tenía anotado en la mano.
- ¿Aló, Rebeca? Hablas con Ignacio González… ¿Cómo estás? Oye, te tengo excelentes noticias. Sí, de verdad. He hablado con Roberto y está muy entusiasmado en conocerte. Le describí como eras y está loco, estoy seguro que ya casi le gustas. Sí, lo que pasa es que él soñaba con una mujer con tus características. ¡Pero si es verdad! ¿Cómo te podría mentir? Lo único que quiere es verte. Ah, me ha pedido tu dirección, pero no sé por qué. No, no creo que quiera ir a verte, es bastante tímido… Claro, claro. Bueno, él sabrá para qué la quiere, ¿no? Ajá… Bien… Bandera 9871. Correcto, esto es en el centro ¿no? Comuna de Santiago, claro. Perfecto. No, no tengo idea para qué pero… ¿cómo? Bueno, ya inventaremos algo para que se conozcan. De verdad que está muy entusiasmado. Sí, fue bastante extraño porque estaba hablando con él sobre ti y de repente se puso a escribir, tú sabes que le encanta la poesía y esas cosas. Como que con mi descripción le vino esto que llaman inspiración. Claro, es que le he dicho lo linda que eres. Ah, una cosa, mejor que no sepa que eres hija del profesor Paredes, al menos por ahora. Sí, ha tenido algunos problemas con tu papá. ¡Bueno, Rebeca, te dejo! No, de nada. Yo soy feliz ayudando a la gente, yu si es por amor, mejor aún. ¿Quién sabe si llegan a enamorarse? Ja, ja, te emocionas, ¿eh? De verdad que te gustan mucho los poetas. Bueno, debo colgarte. Cuídate, adiós.
Pablo se guardó el celular y rompió a reír.
- ¡Pobre chica, de verdad que está desesperada! ¡Ya le gusta Torres y ni siquiera lo conoce! – dijo entre carcajadas.
Continuó caminando y se detuvo en una oficina de correos. Compró dos sobres y un par de estampillas.
Y entonces, sacó los poemas de Roberto que acababa de robar de la casa de Daniela y los metió a los sobres. Pasó por su lengua las estampillas y las pegó.
- Señorita … Rebeca …Paredes, presente. Bandera 9871, Santiago … de Chile – murmuró mientras escribía en la parte posterior del sobre. Entonces su sonrisa se amplió inmensamente y escribió por el reverso, cargando el lápiz en cada letra, con odio, con el dulce sabor de la venganza:
- Remitente: Roberto Torres Frei
lunes 9 de julio de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO XI
XI
El azar dirá si será o bien todo rojo, o bien todo negro".
-
Roberto Torres yacía tumbado en su cama, fumando con desesperación. Estaba enfrentado a una de las peores y más difíciles decisiones de su vida. El asunto era simple: cuando fue a ver a Daniela al hospital, le dejó un poema debajo de la almohada, para que lo encontrara cuando volviera en sí. Los doctores habían comentado que quizás nunca saliera del coma, pero Roberto ni siquiera pensó en esa posibilidad. Era tan desgarradamente triste que prefirió asumir que no sería así.
Así pues, cuando Daniela despertara encontraría el anónimo poema y seguramente se emocionaría al leerlo y pasaría las noches pensado en quién sería su invisible enamorado. Parecía un plan perfecto. Por lo demás, no sería el primer poema que le enviaría.
¿Pero qué pasaría cuando Daniela despertara y encontrara sus versos? La curiosidad le haría preguntar a su madre, o a la enfermera, quién la había ido a ver. Entonces sabría que esa noche estuvieron en el hospital Macarena, Felipe y él. Por descarte, la preciosa muchacha adivinaría que fue Roberto quien dejó el poema, y descubriría su secreto de tantos años. Era lo peor que podría pasarle.
Asesinó a su cigarrillo, y contemplando el humo que subía hacia el techo, exclamó:
- ¡Puta madre!
Sólo tenía una opción para cuidar su anonimato. Sólo una otra persona había visitado a Daniela esa noche...
Era Pablo, su tácito rival, el novio de Daniela.
Roberto suspiró, desgarrado. Debía hacerlo: inventaría alguna forma de hacer creer a Daniela que fue su propio novio quien le escribió ese poema, y por ende, todos los otros versos que anteriormente le había enviado por correo a su casa.
Roberto sollozó, tumbado en su cama. Tenía dos grandes amores en su vida: uno eran sus versos, sus odas, sus poemas... El otro era Daniela.
¿Cuál sería más fuerte? ¿Podría dejar que sus entrañables poemas tomaran como supuesto autor a un hombre tan vil y desgraciado como Pablo? Y por otra parte... ¿cómo iba a dejar que Daniela lo descubriera, que supiera todo lo que sentía por ella?
¿Qué hacer? ¿El arte o la mujer? ¿Se lo perdonaría alguna vez su pluma? ¿Se lo perdonaría alguna vez él mismo? ¿Eligiría el rojo de la pasión de su amor, o el negro de la tinta de su pluma?
- ¡Qué hago! - gritó desesperado.
Se sentó en la cama. Encendió un cigarro. ¿Rojo o negro?
- Como en el póker... - se dijo botando humo - que quien decida sea el azar.
Tomó su baraja de naipes. Las manos le transpiraban mientras pasaba una a una las cartas. Un impulso le hizo detenerse. Con la respiración entrecortada, dio vuelta el último naipe.
- Rojo - murmuró el poeta al verlo. Era una Queena de corazones.
Todo calzaba. La Queena era la carta número doce, la misma edad que él tenía cuando vio por primera vez a Daniela y se enamoró perdidamente. Y de corazones. Quizá no era el azar quien había elegido.
- Bien, Pablo... - murmuró entre dientes, apretando con rabia su cigarrillo -. Sin quererlo, eres el propietario de todos los poemas que le he escrito a Daniela. Grandísimo hijo de puta...
*
Un muchacho de pelo claro y bien definidas facciones caminaba con paso intranquilo por sus barrios. Parecía que buscaba algo.
- Toda mi vida la he buscado, ¿sabes? – comentó con voz nerviosa.
Pero no era ésta una de sus clásicas búsquedas: algo le decía que hoy sí la encontraría. Las manos le sudaban y sentía ardor en el rostro. ¿Qué sería lo que le pasaba? ¿Por qué presentía que hoy la hallaría por fin? El sentimiento era tan fuerte que la cabeza comenzó a dolerle con rudeza. Su corazón latía incansable, con una rapidez inaudita.
De pronto, un envolvente mareo le hizo perder el equilibrio y cayó al suelo. Tendido en la calle, comenzó a reponerse de a poco. Hoy la encontraría. Debía ponerse de pie rápidamente. En cualquier momento llegaría, y no podía dejarla pasar. Abrió los ojos, aún en el suelo. Sólo podía ver el gris de la acera. Levantó la cabeza lentamente. Faltaban segundos para verla. Sólo debía levantar un poco más la vista, y la vería por fin. Un poco más. Un poco más…
- ¡Oh, no! – gritó Daniela despertando de pronto, casi cayéndose de su cama en la habitación 406. Estaba completamente transpirada.
Con el miedo en sus bellos ojos, contempló extrañada la blanca pieza. Olía a rosas. ¿Dónde estaba? ¿Quién era el joven con el que había soñado?
De pronto, una mujer entró a la habitación llevando una máquina de suero. Comenzó a instalarla, mientras Daniela la observaba confundida.
- ¡Hola! – saludó la niña con amabilidad -. ¿Me podría decir dónde estoy?
La enfermera casi se desmayó del susto al escuchar la voz de la muchacha.
- ¡No es posible…! – murmuró llevándose las manos a la boca, y sin más, salió corriendo de la pieza.
Daniela se sintió mal por asustarla. "Pobre mujer, debe estar mal de los nervios", pensó.
Al cabo de unos segundos, escuchó pasos de gente corriendo por el pasillo. La puerta se abrió de par en par y unas cuatro personas ingresaron a la habitación. Daniela los miró divertida. "¡Están todos asustados! Debo estar muy fea…"
Una mujer de unos cuarenta años fue la primera en hablar.
- ¡Daniela, mi niña! – dijo sollozando con una triste alegría.
Daniela ni movió los ojos. ¿Le estaba hablando a ella?
- ¡Hola! – resolvió por decir la niña -. ¿Me puede decir dónde estoy?
La mujer corrió hasta ella y la abrazó con fuerza. Daniela no sabía por qué le demostraba tanto cariño esa desconocida, pero optó por abrazarla también. "No se vaya a sentir mal", pensó extrañada.
Un hombre canoso vestido de blanco dijo con voz ronca:
- ¡Es un milagro!
Fue más de lo que Daniela pudo soportar.
- Disculpe, pero… ¿Qué es un milagro? – preguntó con enfado.
- ¡Que hayas despertado, Daniela! – le respondió sonriendo el hombre -. ¡Creímos que ibas a quedar vegetal toda la vida!
Para la sorpresa de todos, la niña se echó a reír:
- ¿Vegetal, así como una plata? – pregunto entre carcajadas -. ¡Yo no soy una planta! Soy una niña.
- Claro que eres una niña, Daniela – le dijo la mujer que antes había entrado con una máquina de suero -. Una niña preciosa.
- ¿Me habla a mí? – preguntó la joven.
Todos rieron, para la estupefacción de Daniela. ¿Había dicho algo divertido?
La mujer que la abrazaba la soltó por fin, siempre llorando.
- ¿Y usted por qué llora?
- ¡No me trates de usted, hija! ¡Ay, por fin despertaste! ¡No sabes cuánto sufrimos tu padre y yo! Tengo que llamarlo de inmediato para darle la buena noticia.
- ¡Y qué noticia! – agregó el doctor.
Todos callaron. Todos sonreían, menos Daniela. ¿Quiénes eran esas gentes? ¿Por qué no le decían dónde estaba?
- Ahora vámonos, la niña debe descansar – dijo la enfermera -. ¿No es así, doctor?
- Tienes razón, Maribel. Ya podremos estar con ella más adelante. Ahora dejémosla dormir…
- ¡Yo no quiero dormir! – se escandalizó Daniela, fuera de sí -. ¡Yo quiero saber dónde estoy y quiénes son todos ustedes!
Algunos amagaron unas risas, pero el doctor calló. Se puso muy serio y le dijo algo al oído a Maribel.
- ¿Podrían retirarse todos? – ordenó amablemente el doctor, y agregó al ver el rostro de preocupación de la madre – Usted también, señora… Por favor, necesito estar a solas con Daniela.
Todos los presentes hicieron caso y se fueron de la habitación murmurando preocupados. Ya solo con la niña, el médico acercó una silla a la cama de Daniela y se sentó.
- ¿Usted me va a responder? - preguntó con inocencia la muchacha.
El doctor suspiró, temiendo lo peor.
- Sí, Daniela.
- ¿Por qué me llaman todos así?
- ¿Así cómo? – se interesó el doctor.
- "Daniela"… ¿Quién diablos es "Daniela"?
Al cabo de una hora, el médico salió de la habitación 406. Los padres de Daniela y algunas enfermeras lo aguardaban inquietos.
- ¿Qué pasó, doctor? ¿Qué conversó con mi hija? – le preguntó desesperada la madre en cuanto lo vio cerrar cuidadosamente la puerta de la habitación.
El doctor suspiró y la miró a los ojos.
- Es difícil, señora, pero debo decírselo: Daniela… su hija… no recuerda nada.
- ¡Pero qué bueno! – comentó con alivio la madre -. ¡Mejor que no se acuerde del accidente, porque así…!
- ¡Señora! – la interrumpió fríamente el médico -. ¡No recuerda nada de nada!
Ambos padres abrieron la boca, para decir algo. Como no supieron qué decir, la volvieron a cerrar.
- Por favor, acompáñenme a mi oficina – ordenó el doctor a los progenitores -. Tenemos mucho de qué hablar.
martes 3 de julio de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO X
X
"Todos los naipes, sin importar su pinta, deben sucederse formando una escala ascendente… ¿O descendente?"
-
ESCALA SIMPLE
Completamente embarrado, Felipe abandonó el estadio Monumental, con los zapatos de fútbol en una mano y la otra abierta sobre la frente. No podía no podía no podía ser. No, seguro era una pesadilla y ya se despertaría, transpirando, pero feliz de que todo hubiera sido sólo una puta pesadilla. Vamos, que se despertaría. Que se despertaría. Se despertaría. Despertaría.
- ¡La puta madre! – gritó con ira al cielo el muchacho.
Con la cara roja y sudada, jadeando por el cansancio que le dejó el esfuerzo en la cancha, Felipe se sentó en la vereda. No podía no podía no podía ser. ¡Pero que mierda pasaba que no se despertaba!
- Ay, Dios… - lloró el muchacho. Estaba desgarrado.
No era una pesadilla. El entrenador de los cadetes de Colo-Colo se lo había dejado muy claro:
- Te falta mucho, González – había dicho -. Miles de chicos como tú vienen a probarse cada año. Muy pocos quedan. Lo lamento, pero a ti te falta. ¿Por qué no pruebas en otro club?
¡En otro club! ¿Cómo podría vestir colores que no fueran el blanco y negro del "Cacique?
Aún sentado en la vereda, el joven comenzó a comprender, a ordenar sus pensamientos. No lo habían aceptado en los cadetes del Colo. Estaba sentado en la calle. Realmente sí estaba despierto. No era una puta pesadilla...
Respiró profundo, tratando de calmarse. No podía no podía no podía ser. ¡Había soñado toda su vida con ser profesional! ¡Y no había quedado en los cadetes de Colo-Colo! Pero sin embargo, estaba seguro que tenía el talento, que su juego realmente era el mejor. Sólo estaba desconcentrado, pensando en los líos familiares que acontecían en su casa. No podía dejar de recordar la imagen de su padre golpeando a su hermana, de su madre echándolo para siempre de la casa, de él defendiendo a su madre… ¡Cómo iba a concentrarse en el fútbol!
Siempre sentado, Felipe decidió que lo mejor que podía hacer era irse a su casa. ¿A su casa? ¿A SU CASA? ¡Pero no! ¿Para qué? ¿Para decepcionar a su madre? "No quedé mamá. Nunca voy a ser profesional. No voy a poder sacarte de la pobreza, porque voy a ser un fracasado de pies a cabeza".
- ¡Felipe, hombre, qué te pasa! – se dijo pegándose un manotazo en la mejilla. Realmente estaba exagerando la situación. ¿Realmente la estaba exagerando?
Lo mejor que podía hacer era ir a la casa de la Maca, a tranquilizarse entre sus brazos, entre sus besos. Se puso de pie, se secó las lágrimas y tomó la primera micro que pasó en dirección a Maipú.
Media hora después se bajaba frente al negro portón de la casa de su novia. Iba a tocar el timbre, pero pensó en darle una sorpresa a Macarena. Saltó el portón, a sabiendas de que su suegra no estaría en casa, y entró por la ventana a la casa.
Un extraño aroma lo recibió de golpe, mareándolo un poco. Provenía de la pieza de Macarena. Una peculiar música se oía, casi como en un ensueño.
- ¿Maca? – llamó Felipe desde el living de la casa. No recibió respuesta.
Extrañado, subió los peldaños de la escalera y entro a la pieza de Macarena.
- ¡Pipe! – se asustó ella al verlo.
Felipe no reaccionaba. El aroma, la música, los ojos enrojecidos de su novia…
- ¡Maca! – gritó -. ¡Estai fumando marihuana!
Macarena emitió un "sí" que apenas ella oyó. Y luego se echó a reír.
Felipe no salía de su estupefacción.
- Maca, Maquita… - repetía, mientras su novia reía explosivamente.
Quizá la miró por diez minutos, mientras ella fumaba sonriendo. La música comenzaba a envolverlos en un raro y llamativo ambiente. Felipe caminó hasta ella y se sentó a su lado.
- Pipe, esta es la mejor huevá del mundo… - le dijo ofreciéndole un arrugado papelillo con hierba adentro. Yo sé que estai destrozado. Dale, que te va a hacer bien.
- Maca… no quedé en el Colo… - fue la respuesta seca de Felipe.
- ¡Mi niño! – lo abrazó ella -. ¡Tranquilo! Ya vai a tener otra oportunidad. ¿Por qué no simplemente… sacai todo eso que tení adentro? - y nuevamente le estiró el pito ofrecido.
- No sé, Maca… Yo… No creo que sea buena idea porque…
Ella lo besó. Él cayó en su hechizo.
- Te amo, Pïpe… Yo sé que un pito te va a hacer bien. Si es uno no más, dale.
- Yo… este… bueno, sólo uno.
¿Qué estás haciendo Felipe? ¡Piensa en tu madre! ¡Piensa en tu futuro! ¡Tú sabes que vas a llegar lejos, sólo tienes que perseverar, entrenar más duro! ¡Felipe..! ¡Si tienes un buen juego, cree en él, y apuesta diez y diez más!
Felipe encendió el papelillo. No sería la primera vez. Macarena lo abrazó, feliz. Quizá sería la última vez.
Del dos al tres, del tres al cuatro, del cuatro al cinco, del cinco al seis. No te detendrán si entraste en el juego. No te detendrás con una escala simple, aparentemente ascendente. Mientras más altos tus naipes, peor será tu juego. Aunque ganes. Es la puta y simple escala descendente.
sábado 30 de junio de 2007
NOVIEMBRE 1
Compré unos cigarros y me instalé con uno de ellos a esperar la micro que habría de dejarme frente a la otrora estación de ferrocarriles, que el mismísimo Eifel diseñó. Esperamos pues (mi cigarro y yo), por bastante rato.
Cuando me preparaba para asesinar a mi compañero de espera, descubrí que una joven se había instalado a mi lado, probablemente a esperar la micro. No podría describir su hermosura, pues ni yo mismo la entendí. Era especial, pero hermosa al fin.
- ¡Hola! – me dijo, como si nos hubiésemos conocido de toda la vida.
- Hola… - respondí, algo turbado.
- ¿Qué micro te sirve? – preguntó.
- Creo que cualquiera.
- Entonces nos podríamos ir juntos… Aunque a mí sólo me sirve una.
¡Qué facilidad poseía para hablar! Era como si las palabras salieran de sus labios antes de que las pensara. Una mujer totalmente diferente, comprobé.
La conversación continuó pues, por otros rumbos. Al hablarle de mi colegio, se emocionó ligeramente.
- ¡Ahí trabaja el profesor que yo más amo en el mundo!
- ¿Quién?
- El de teatro… Es que también hace clases en mi colegio.
- Ah… ¿Te gusta actuar?
- ¿Que si me gusta? ¡Me fascina!
Me contó entonces que ella poseía grandes dotes teatrales, que era una actriz muy respetada en su colegio y que últimamente había incursionado en el campo de la dramaturgia con una obra que, aseguró, había conmovido al profesor. Tanto así que ya se preparaban para montarla.
- ¿Oye, y adónde vas ahora? – preguntó de pronto.
- A la Feria del Libro – dije con cierto orgullo cultural.
- ¿De veras? ¡Qué ganas de ir! Pero hoy no puedo…
- ¿Por qué?
- Tengo cosas que hacer – murmuró, misteriosa -. ¿A ti te gusta mucho leer?
Por fin entrábamos en el tema en que mejor me explayo.
- ¡Pero claro! Desde chico que soy aficionado a la lectura…
- ¿Y qué lees? – preguntó la joven. Era una muchacha con el pelo recogido finamente.
La pregunta me sorprendió un poco…
- ¿Que qué leo? Mm, de todo… Me encanta la literatura chilena.
- ¿En serio? Ayer estuve leyendo un cuento muy bueno de una chilena… María Luisa Bombal, creo… ¿Has leído algo de ella?
¡María Luisa Bombal! El día anterior había devorado, releído y analizado su famoso cuento “El árbol”.
- ¡Pero por supuesto! ¿Has leído “El árbol”? – pregunté, intentando aparentar que era mi escritora predilecta.
- ¡Ese es el que leí! – chilló emocionada -. ¡Me gustó demasiado!
- Sí, es un gran cuento.
Olvidé aclarar que durante todo el tiempo que conversé con mi nueva amiga, pasaron por lo menos cinco micros que me servían, pero logré disimular que no me convenían.
“Esa se da la media vuelta, mejor espero la que viene”, u “Odio las micros que van muy llenas”.
Así, ya llevábamos casi una hora charlando.
- ¿Quieres estudiar literatura, verdad? – preguntó luego de unos segundos de silencio en que nuestras mentes buscaban cómo hilar la conversión.
- Sí. Desde como los ocho años que estoy seguro de eso. ¿Tú vas a estudiar teatro?
Ante mi estupefacción, ella soltó una carcajada y exclamó:
- ¿Teatro? ¡No! Demasiado sacrificado…
- Pero pensé que era tu pasión…
- Sí, lo es… Pero no sé, tengo que aprovechar que estoy en un buen colegio y me va bien… Podría estudiar leyes…
- ¿Leyes? Pero… ¿te gusta?
- No, la verdad no mucho… Pero sé que me iría bien.
- No estoy seguro. A mi parecer, lo importante es desempeñarse en lo que a uno realmente le gusta y lo apasiona… De otra forma…
- ¡Pero el dinero también es necesario para ser feliz!
- …nunca serás feliz – terminé.
Callamos, pero sé que su mente gritaba desaforada. Se puso nerviosa por primera vez. Por vez primera su carisma pareció extinguirse.
- ¿Crees en el destino? – preguntó al cabo de tortuosos segundos en silencio. Solía preguntar cosas profundas con una facilidad sorprendente.
- No lo sé…
- Yo creo en él – aseguró.
Volvimos a callar.
- ¿Y qué opinión te merece el destino? – solté.
- Creo que el destino nos devuelve el doble de lo que damos.
Nunca supe a qué vino ese comentario, pero sin duda me dejó sumido en cavilaciones durante todo el resto del día.
Sus ojos eran preciosos, azules o verdes según la posición del sol.
No podía negar que me había defraudado de ella. Al comienzo estuve convencido de que, artista de pies a cabeza, nunca dudaría en arriesgar un cómodo futuro por su pasión: el teatro. Pero cuando me dijo que pensaba en ser abogada, esa idea de diluyó inexorablemente.
Graciosas pecas le cubrían la nariz. ¡Qué bien le sentaban!
- ¡Oh, esa es mi micro! ¡Adiós! – dijo de pronto, y sin ni un beso de despedida, se subió a la máquina.
Apenas tuve tiempo de reaccionar. Amagué un saludo con la mano, pero ella estaba ocupada pagando su pasaje.
La micro se la llevó calle abajo, hacia un destino improbable, alejándola de mi vida quizás para siempre.
Fue entonces cuando descubrí que nunca supe su nombre.
Llegó, pues, la micro que habría de llevarme a la feria del libro. Me senté en la última fila, dispuesto a pensar un poco en lo ocurrido mientras esperaba el transporte. A mi lado viajaba una familia que noté pobre.
De pronto, arribó a la micro un hombre que comenzó a contar, en voz alta, un cuento típico chileno. Sin embargo este cuentacuentos vio opacado su arte por el ruido infernal de la máquina. Por más que yo y los niños de la familia que a mi lado viajaba tratábamos de oírlo, no podíamos. Conmovido, le di el vuelto de mi pasaje: ciento cincuenta pesos, y el hombre me lo agradeció con una triste sonrisa.
El viaje continuó sin mayores sobresaltos, hasta que un heladero ofreció su mercancía a los pasajeros de la micro.
Rebusqué en mis bolsillos, pero no tenía ni una moneda. Le había dado todo al cuentacuentos, y lo que tenía en billetes era exclusivamente para enriquecer mi biblioteca a costa de la feria del libro.
Ya me estaba lamentando de no haber guardado una moneda, cuando el padre de la familia pobre que estaba sentada junto a mí me extendió un helado.
- ¿Qué? – pregunté sorprendido.
- Es para ti. Noté que te quedaste sin monedas – me dijo sonriente.
Traté de rehusar, pero me fue imposible. Debo admitir que casi se me escapa una lágrima.
Finalmente llegué a Estación Mapocho, donde me reuní con algunos amigos para recorrer juntos la feria. No le conté a ninguno los sucesos de la mañana, porque creí que valían lo suficiente como para ser personales.
Cerca de las tres de la tarde (y luego de haber ojeado cuanto libro me interesara) decidimos ir a almorzar. Ya instalados en una mesa, la conversación se inició rápido.
- Parece que me voy a comprar ese libro sobre las coincidencias – comentó Ignacio, untando pebre a su pan.
- ¿Sobre las coincidencias? ¿Y qué quieres saber sobre las coincidencias? – preguntó Jaime.
- El libro es interesante… - contestó Ignacio, casi a modo de disculpa -. Lo estuve leyendo.
- Yo creo que las coincidencias no existen – dije, como sin darle importancia al asunto.
Todos me miraron.
- ¿Cómo no van a existir? – preguntó Ignacio, un tanto ofendido.
- Es que yo creo que todo tiene un por qué. Las cosas no pasan porque sí, y ya. No, siempre hay algo detrás de lo que ocurre.
- Pero igual serían coincidencias…
- No, porque la palabra coincidencia se refiere a dos o más cosas que coinciden, que se encuentran de forma casual. Y eso es lo que yo no creo, que existan sucesos casuales.
- ¿Crees en el destino, entonces? – inquirió Tomás.
No era primera vez que escuchaba esa pregunta ese día, sin duda.
- No sé…
Tampoco era primera vez que esa era mi respuesta.
- ¿Entonces? No te entiendo… ¿Cómo no van a haber cosas que pasen porque sí, por mera casualidad? – continuó Tomás -. Si dos personas conocidas se encuentran en la calle… ¿Hay algo muy importante que esté relacionado con ese hecho?
- No necesariamente es muy importante, pero siempre va a estar relacionado con otra cosa.
- Claro, que los dos estaban en la misma parte, el mismo día, a la misma hora – dijo Jaime, y todos se rieron, para irritación mía.
- A ver, pero si todo tiene un por qué, entonces no terminarías nunca de preguntarte cosas – dijo Ignacio.
- Claro – contesté.
- Y es imposible responderlas todas.
- De acuerdo.
- Entonces llega un punto en que simplemente no puedes seguir buscando un por qué.
- ¿Y?
- ¡Que esa sería una casualidad! Si ya no conoces su respuesta, es porque no existe, al menos para ti. Entonces es una coincidencia, y nada más.
- Sí, tienes razón – acepté.
- ¿Desistes entonces de tu idea de que las coincidencias no existen?
- Nunca.
Todos bufaron, algo molestos con mi insistencia.
- Yo creo que se puede volver al por qué con el que empezaste, lo que no dejaría espacio para más preguntas – afirmé.
- Ponnos un ejemplo para demostrar eso – dijo Jaime.
- Déjame pensar en uno bueno. ¿Te lo puedo decir mañana?
- Trato hecho.
- Muy bien. Ahora si me permiten, creo que voy a volver a la feria.
- Voy contigo – dijo Tomás, y así se dio por terminado el almuerzo.
No estaba seguro de si me había metido en un embrollo o no. ¿Cómo conseguiría ese ejemplo antes del día siguiente?
Sin dejar de darle vueltas al asunto, volví a la feria y compré varios libros de mi interés, pasando así una entretenida tarde junto a mis amigos y la cultura.
- Oye Andrés, nosotros nos vamos ahora – me dijo a eso de las ocho de la noche Jaime -. ¿Te vienes con nosotros?
- No, vayan ustedes no más… Yo me voy a quedar otro rato – dije, en plena lectura de un libro de Benedetti.
- Bueno, adiós.
- Chao, que estén bien.
Cuando salí de la feria, eran casi las diez de la noche, y hacía un frío espantoso. Me senté en la cuneta a esperar la micro que me llevaría de vuelta a mi casa. Como siempre me gusta hacer cuando compro muchas cosas en un mismo día, saqué la cuenta de todo lo que había gastado de mis veintiocho mil pesos. La suma me dio un total de veintisiete mil seiscientos cincuenta pesos, es decir, me alcanzaba justo para la micro de vuelta.
Hurgué en mis bolsillos, pero sólo encontré doscientos.
- ¡Qué raro! – me dije, pues estaba seguro de haber sumado bien.
Busqué los ciento cincuenta pesos restantes en mi mochila, en las bolsas, en la billetera. Nada, se habían perdido.
La micro ya venía llegando cuando caí en la cuenta del error de mi suma: no conté el dinero que le había entregado al cuentacuentos.
Casi con desesperación (pues en mi casa me esperaban desde hace bastante rato y no podía dejar pasar esta micro) miré hacia el suelo, con la absurda esperanza de encontrar botados las monedas requeridas.
Pero sí, ahí estaban. Justo entre mis dos pies yacían ciento cincuenta pesos, olvidados por algún distraído.
Con una gran sonrisa los tomé, y me subí flamante a la micro.
En el trayecto, analicé todo lo ocurrido en el día, y quedé más convencido que nunca que las cosas no pasan porque sí. Este día habría de reafirmar mi teoría, y sin duda sería un buen ejemplo para el incrédulo Jaime.
- Bueno, pero aún así quedan muchas preguntas por hacer… - fue la respuesta de Jaime cuando al día siguiente le conté mi relato.
- ¿Qué? Creo que no me escuchaste bien – respondí -. A mí me faltaba ciento cincuenta y los encontré justo debajo de mí.
- Si sé, pero no te has preguntado el por qué de esas monedas.
- ¿Cómo así?
- ¿Por qué a alguien se le cayeron? Eso es una coincidencia.
- Se le cayeron porque era parte de MI destino encontrarlas.
- ¿Por qué?
- Porque si no, el día de ayer no habría tenido sentido para mí
- ¿Por qué?
- Porque todo empezó con la niña que conocí, y ella me dijo que el destino nos devuelve el doble de lo que damos. Y yo di ciento cincuenta pesos, y recibí el dinero de vuelta, más un helado y una historia. Si no hubiera encontrado esas monedas… ¿Dónde quedaba en la historia mi amiga? A mí no me caben más porqués.
- ¿Pero entonces por qué…? – insistió Jaime.
- Déjalo, amigo. Esos son tus porqués, no los míos. Mi historia empezó y terminó con el mismo por qué.
- ¿Cuál?
Suspiré y sonreí tristemente:
- ¿Por qué nunca le pregunté el nombre?
domingo 24 de junio de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO IX
“Tres números iguales, y a la vez, perfectamente distintos”.
TRIO
Lunes otra vez sobre la ciudad. La lluvia había por fin cesado, dejando como consecuencia de su actuar un frío que congelaba cuerpo y mente.
Pablo caminaba con tranquilidad hacia el liceo, calentándose las manos con su aliento. A veces miraba el reloj: hacía rato que las clases habían comenzado. Sin embargo, el muchacho no aceleró el paso. Tenía mucho en qué pensar.
- Un atraso más, un atraso menos… - se decía con despreocupación.
Habían ocurrido demasiadas cosas en el fin de semana. El viernes había pasado la tarde con Gloria - ¡vaya tarde pasamos, viejo! -, y mientras la besaba hasta el cansancio, su novia, Daniela, había sido atropellada misteriosamente.
Aún así, todo esto le parecía vago y superfluo. Parecían sucesos sin importancia ante lo ocurrido en el hospital ese mismo viernes, cuando fue a ver a su maltrecha novia. Había descubierto algo que alejaba sus pensamientos de Gloria y de Daniela, e incluso de él mismo. Un hecho no comprobado, pero terriblemente inferible: Roberto, su compañero de tantos años, estaba enamorado de la Dani.
El viernes en la noche, en el hospital, Pablo había encontrado una hoja de papel debajo de la almohada de la cama de Daniela. Inmensa fue su sorpresa al comprobar que se trataba de un poema escrito por Roberto. Estaba anónimo, pero la letra era inconfundiblemente la del poeta. Estaba casi convencido de eso, porque aquel mismo viernes el poeta había escrito unos versos en el pizarrón durante una clase del viejo Paredes. No habían dudas: ambas letras eran idénticas.
Sólo faltaba una cuadra para el liceo. Llegar atrasado no le preocupaba, pero… ¿cómo podría entrar a la sala y mirar a los ojos a Roberto, ese infame traidor?
Y lo peor era que no estaba seguro. Todos los hechos apuntaban a la culpabilidad del poeta, pero… ¿y si se equivocaba y juzgaba anticipadamente a su amigo? Sin embargo, era tan evidente… ¿O no lo era?
- ¡Veinticinco minutos atrasado, Cruz! – le rugió el inspector.
- ¿Ah sí? – preguntó desganadamente Pablo.
- ¡Sí! ¡Así que hoy día te quedai ayudando en el aseo de las salas!
- Bueno.
- A ver pendejo, no me contestís en ese tono.
- Bueno – repitió Pablo y se encaminó hacia la sala.
- ¡Te las vai a ver conmigo, Cruz! – le gritó el bravo inspector.
- Encantado, querido inspector. ¿Qué vamos a ver?
- ¡Eres un falta de respeto, y un…!
- Ya, ya – lo interrumpió Pablo, y agregó con ironía: - Ya estoy atrasado y, aunque me encantaría, no puedo seguir acompañándole. Voy a perder clases…
- ¡Una hora más de castigo, por irrespetuoso! Y ahora ándate a la capilla, que todos los cursos están en misa.
- Bueno.
Pablo dejó al hombre mordiendo su rabia, y dirigió sus pasos a la capilla. Mas cuando estuvo lejos de la vista del inspector, viró en dirección a la sala. Pretendía dormir, y en la capilla sería imposible.
No había nadie en los pasillos. Todo el mundo estaba en la misa. Cuando llegó al aula, abrió con cautela la puerta por si hubiera alguien dentro. Como comprobara que estaba solo, ingresó tranquilamente y se tiró entre las mochilas de sus compañeros para dormir.
- Puta que hace sueeeeño… - bostezó.
Cerró los ojos, suponiendo que caería de inmediato en los brazos de Morfeo.
Pero el recuerdo de Roberto lo inquietaba. Se movió un par de veces, buscando la posición perfecta para dormir. Tenía que comprobar que él había realmente dejado ese poema en la cama de Daniela. Volvió a bostezar. ¿Cómo podía ser tanta coincidencia, que minutos antes de que hallara el papel Roberto había “buscado” algo debajo de la almohada? En ese momento había tenido que dejar el poema, para que Daniela lo encontrara cuando volviera en sí.
Abrió los ojos con desesperación. Necesitaba algo, un indicio que le confirmara la culpabilidad de Roberto.
- Piensa, Pablo, piensa…
Quizás fue un minuto, quizá media hora. Pablo se calentó el cerebro buscando una pista que comprobara sus sospechas. De pronto, un recuerdo le vino a la mente.
Entonces su rostro se iluminó. Quietamente, levantó la cabeza hacia el pizarrón:
Ya cerrada la noche, tú,
la más brillante de las pecas del cielo
yaces en mis brazos,
en mis labios…
¡El poema que Roberto había escrito en el pizarrón el viernes! ¡Nadie lo había borrado!
La respiración se le dificultó. Nerviosamente, sacó el poema de su bolsillo y comenzó a leer:
- Ya cerrada la noche… pecas del cielo… mis labios…
¡Sí! ¡Los versos correspondían al final del poema!
Y te amo.
Cerrada la noche,
llegando a destino el reloj agotado,
no te amo porque te beso…
Yo te beso porque te amo.
No, no habían dudas. El poema que había encontrado bajo la almohada de la cama de Daniela era exactamente el mismo que estaba escrito en el pizarrón, aunque solo la parte final. Era evidente, en todo caso. Roberto había comenzado escribiendo en su cuaderno, y cuando Paredes lo llamó al pizarrón, terminó allí su poema.
Pablo se tomó la cabeza. Conocía a Roberto desde los cinco años. No podía creer que estuviera enamorado de su novia.
Con ira, escupió al pizarrón.
- ¡Hijo de puta! – gritó -. ¡Te juro por mi vida que me voy a vengar, Torres!
¿Cómo podía ser capaz de amar a Daniela? ¡Y por si fuera poco, dejarle poemas de amor!
- Se cree poeta el muy maricón. ¡Vamos a ver si vai a querer seguir siendo poeta, desgraciado!
De pronto, la campana retumbó en la sala.
- Chucha, deben estar saliendo de misa… - se dijo Pablo.
Y cuidadosamente, limpió el escupo del pizarrón y salió de la sala para mezclarse inadvertidamente entre sus compañeros que regresaban al aula desde la capilla.
- Está la cagada en mi casa – le comentó con tristeza Felipe a David, su compañero de banco, durante la clase de Historia.
- ¿Por qué, Pipe?
- Puta, por lo de mi viejo. Mi mamá cachó que la engañaba.
- ¡No! – soltó en voz alta David, ganándose una reprimenda del profesor.
Felipe simuló que tomaba apuntes y agregó en un susurro:
- Baja la voz po’. Sí, parece que ya sabía hace harto tiempo. Mi viejo llegó borracho como a las cuatro de la mañana, y ahí mi vieja no aguantó más y le soltó todo. Con el ruido mi hermana y yo nos despertamos y bajamos a ver qué pasaba. Y puta, el imbécil de mi papá terminó pegándole a mi hermana, y le hubiera pegado a mi vieja también si yo no lo paraba. Resumiendo, mi vieja echó a mi viejo de la casa. Ahora sí que cagamos, no tenemos ni uno.
- Pipe, de verdad que no sabís cuánto lo lamento… En cualquier cosa que te pueda ayudar, confía en mí.
- Gracias, amigo. La verdad es que lo único que me motiva a seguir viviendo es la Maca y el fútbol. Hoy día me voy a ir a probar a los cadetes del Colo-Colo. Ojalá que quede… Tengo que jugármelas para ser profesional y ayudar a mi vieja.
- Te va a ir bien, Pipe. ¿Querís que te vaya a ver? – preguntó David.
- No, no te preocupís. Mañana hay prueba, tenís que estudiar – agradeció Felipe, volviendo la cabeza para escuchar al profesor.
Un par de puestos más atrás, Pablo pensaba hasta el cansancio en su venganza.
“Cagaste, Roberto, te juro que cagaste” – pensaba mirándole la nuca al poeta, sentado unos puestos adelante hacia la izquierda.
¿Cuál sería la mejor forma para desquitarse? No le iba a pegar, las peleas eran para los estúpidos. Tenía que tejer un plan perfecto que hiciera que Roberto pagara todas sus culpas. ¿Pero qué podía ser?
Delante de Pablo, Joaquín tenía la mirada perdida en el techo. Seguramente la estaba buscando… ¿O ya la había encontrado? Su rostro era impenetrable.
“Yo también la estoy buscando. Yo también la estoy buscando” – repetía en su mente, recordando lo que decía el papel que le llegó amarrado a una pequeña piedra, mientras caminaba por la calle. ¿Quién más podría estar buscándola? Era una preciosa duda.
Dos puestos a la izquierda de Joaquín estaba Roberto, intentando escuchar al profesor. Pero no podía. Sus pensamientos lo llevaban obligadamente a su eterno amor. ¿Habría encontrado el poema que le había dejado bajo la almohada? ¿La habría emocionado?
De pronto, su rostro se puso blanco. Había un detalle que había dejado pasar. Si Daniela encontraba el poema, sabría que lo dejó alguno de los amigos que la fue a visitar al hospital.
“¡Me va a descubrir!”– pensó aterrado. Debía hacer algo. ¡Sólo él podía ser! Los otros que la habían visitado eran Felipe y Macarena. Sería evidente que ni el uno ni la otra le habrían dejado un poema de amor. La única opción que quedaba era él, Roberto.
“Cuando despierte, va a encontrar el poema, va a preguntar quiénes la fueron a ver y me va a descubrir” – reflexionó el poeta -. “Debo hacer algo”.
Oh, no. Se equivocaba. Alguien más había ido a ver a Daniela al hospital…
Con espanto, Roberto miró hacia atrás. Pablo lo estaba observando. Sostuvieron un rato las miradas y Pablo bajó la suya hacia su cuaderno.
“Pablo. Él también la fue a ver” – comprobó horrorizado el muchacho.
A las cuatro de la tarde se escuchó la campana que indicaba el fin de las clases de ese día. Todos los jóvenes tomaron sus mochilas y se despidieron de Paredes, el profesor de Matemáticas.
- Adiós muchachos, estudien para mañana – se despedía el profesor. Luego se dirigió a Pablo, que ordenaba su mochila -. Eh, Cruz, me dijo el inspector que hoy día debes quedarte una hora más ayudando en el aseo.
- No me olvido, profe. ¿Alcanzo a ir a fumarme un cigarro y volver?
- Sí, está bien, apúrate – concedió el profesor.
Pablo sacó los cigarrillos de su mochila y se encaminó hacia la salida. Pero algo habría de detenerle…
- ¡Oye, tú! – le gritó una voz femenina. Pablo se dio vuelta.
Una desconocida muchacha de unos dieciséis años le sonrió. Estaba vestida con ropa de calle.
“No demasiado bonita, pero con un cuerpo espectacular” – analizó el rubio seductor.
- ¿Qué pasa? – preguntó.
- Oye, ¿sabes si Humberto Paredes ya se fue?
- ¿El profesor Paredes? – inquirió Pablo -. Está en la sala del III medio.
- Gracias – contestó ella amablemente.
Pablo continuó caminando.
“Bastante buen cuerpo” – rió para sus adentros.
Ya fuera del liceo, evitó a sus compañeros que fumaban en la esquina y encendió su cigarrillo alejado. Tenía que pensar.
Al cabo de unos cinco minutos volvió a entrar para cumplir su castigo. Antes de irse a la inspectoría a que le ordenaran qué hacer, decidió pasar por la sala a buscar su mochila.
Estaba abriendo la puerta, cuando escuchó voces desde el interior del aula. El profesor Paredes discutía con una mujer.
Curioso como era, Pablo apoyó la oreja en la puerta y escuchó la discusión.
- ¡Pero por qué lo quieres conocer, si no es más que un engreído! – gritaba el profesor.
- Porque es poeta. ¡Vamos, papá! Quiero conocer a ese que te está devolviendo tus sueños, tus ideales… - reclamaba la mujer. Pablo reconoció en su voz a la niña que recién le había preguntado por Paredes.
- ¡No me está devolviendo nada! Rebeca, te estás pasando muchas películas por lo del viernes.
- Papá, escuché como discutías con tu reflejo. ¡Hay alguien en ti que quiere salir! ¡El Humberto de veinte años! ¡El Humberto que soñaba!
- ¡Pamplinas! Además, Roberto Torres no tiene nada que ver con esto. ¡No molestes más, hija!
- Yo sé que sí, y lo quiero conocer. ¿Es verdad que escribió un poema en el pizarrón?
- Sí, y durante una clase mía – reconoció enfadado Paredes.
- ¡Ay, lo quiero conocer, papá, por favor!
- Mira, Rebeca, tengo una reunión ahora. Mejor vuélvete a casa…
- ¿Pero por qué eres tan cerrado? ¿Qué te importa que lo conozca? ¡Sólo para saber cómo es!
- ¡Me niego, y se zanja la discusión! ! ¡Ahora, vete! No quiero que conozcas a ese mocoso, ¿escuchaste?
- ¡Te odio! – le espetó la niña con ira, y abrió la puerta con rudeza.
Pablo, que continuaba apoyado escuchando, se cayó hacia atrás golpeándose en la cabeza.
- ¡Ay, perdona! – dijo asustada Rebeca al verlo-. ¡No me di cuenta de que venías entrando!
- Oh, no pasó nada, nena – aseguró Pablo sobándose la nuca.
- ¿Seguro que estás bien?
- Sí, sí – la tranquilizó.
La joven lo ayudó a ponerse de pie. En eso, Paredes salió de la sala con el enfado en sus ojos, sin siquiera ver a Pablo que se levantaba maltrecho.
La mente de Pablo funcionaba a mil por hora. Había escuchado toda la discusión, y aunque bien poco había entendido, un detalle no se le escapó: Rebeca quería conocer a Roberto.
- Oye… ¿Rebeca, no? – preguntó Pablo.
- Sí. ¿Cómo sabes…?
- Mira, la verdad es que venía entrando a la sala y no pude evitar oír la conversación entre tú y tu papá – la interrumpió Pablo, mientras la niña habría los ojos asombrada -. Sabes, Roberto Torres es uno de mis mejores amigos. Perdona por escuchar, de verdad que no fue mi intención, pero si te interesa… este, yo podría presentártelo… Sólo si quieres, por supuesto.
- ¿En serio? – preguntó Rebeca con emoción -. ¿De verdad harías eso?
- ¡Por supuesto! Es un chico fenomenal, de seguro querrá conocerte. Una niña tan linda como tú es una tentación para cualquiera – rió Pablo -. Además, Roberto está buscando el amor. ¿Cómo sabes si lo encuentra en ti?
- ¡Ay, no seas tonto! – exclamó con nerviosismo la niña.
- Bueno, te tengo que dejar. ¿Por qué no me das tu número, para comunicarnos?
- Está bien, anota.
Luego de que Rebeca le diera su teléfono, se despidieron.
- Perdona, ¿cuál es tu nombre? – preguntó la joven antes de irse.
- Ignacio – afirmó Pablo con seguridad -. Ignacio González.
- ¡Adiós, Ignacio!
- Adiós, Rebeca.
Pablo la vio irse, y rió para sus adentros.
Y soltando una estridente carcajada, tomó su mochila y se dirigió tranquilamente hacia la inspectoría para cumplir su castigo.
domingo 17 de junio de 2007
P ó K E R --- CAPITULO VIII
Inevitablemente, un naipe quedará solo”.
-
-
Se miró un par de veces al espejo, se puso el sombrero y se echó un poco de colonia. Siempre viendo a su reflejo, encendió un cigarrillo.
- Todo un mafioso, ¿eh, Roberto? – le comentó a su alter-ego riendo.
Miró la hora. ¿Qué diablos pasaba que aún no llegaba nadie? Botando argollas de humo, se paseó por la pieza con paso intranquilo.
- Ya deberían estar todos aquí, con sus relucientes tenidas formales, con varias monedas para cambiar por fichas – alegó el poeta -. ¿Por qué mierda se demoran?
Continuó caminando por la pieza, hasta que el cigarrillo se consumió.
Roberto miró a la colilla, casi con ternura, antes de asesinarla por completo en el cenicero.
- Ahora te consumes, amigo. Ya me dejas para siempre, y probablemente mañana ya te haya olvidado. ¡Sólo fuiste uno más entre tantos! Un cigarrillo común. Pero sin embargo, por un momento colmaste mis pensamientos, llenaste mis pulmones con tu humo maldito y reconfortante. Aunque sea por un segundo, fuiste mío, y fui tuyo. Te fumé con los ojos cerrados y tu penetraste en mí con tu sabor dulce, que a otros les parece tan agrio. Ahora te consumes y te mueres entre ceniza y pólvora. Pero al menos te tuve, y me tuviste. Viviste cinco minutos, pero no perdiste el tiempo.
Roberto se volvió a mirar al espejo, y notó en su reflejo que sus ojos lloraban.
Descontrolado, casi, infinitamente enamorado, exclamó:
- ¡En cambio a ti, Daniela de mi alma, nunca te tuve y nunca te tendré! ¡Nunca podré besar tus labios vivos, acariciar tu nariz única de pocas pecas, tocarte y que me toques, ser ambos uno solo! Y tú y yo nos consumimos con el tiempo, y tú no sabes que te amo, y yo no sé por qué cada día te amo más. El cigarro se consume, pero la herida en mis pulmones se agranda. Tú y yo nos consumimos, pero el amor de mí hacia ti crece sin consideración… Y yo te amo. Y tú amas a uno que es un vil embustero, un bluffer de los peores. De verdad te lo digo: yo no necesito ser un bluffer, porque mi juego es el mejor. Cree en mí, Daniela. Algún día hazme saber que no fuiste indiferente a los poemas que te envié anónimamente. Dime que no te llegaron al corazón, que nunca te lloraron los ojos. ¡Ciega, Daniela, ciega! ¡Preciosamente ciega!
Con la respiración entrecortada, el poeta cerró los ojos. El amor le devoraba la mente, el corazón, el alma. Le hacía hablar como ahora, desde lo más profundo de sí mismo. Ya no podía aguantarlo mucho tiempo más. Tenía que decírselo a Daniela, aunque eso le significaría perderla como amiga…
Miró su reloj. ¿Pero qué diablos pasaba que no llegaba nadie?
Bajó las escaleras corriendo hacia el teléfono, realmente enojado.
- ¡Aló, Pipe! – dijo cuando Felipe le contestó la llamada.
- Hola – respondió éste con la voz lúgubre.
- ¿Oye. me podís explicar que chucha pasa que no ha llegado nadie?
- ¿Adónde?
- ¿Cómo adónde? ¿Estai hueviando? ¡Hoy día era el póker en mi casa!
Felipe no contestó.
- ¿Aló? – gritó enojado el poeta.
- Roberto… ¿no supiste, verdad? – preguntó pausadamente Felipe.
- ¿Qué cosa?
- Es que… bueno, yo pensé que ya sabíai.
- No me asustís po’ Pipe… ¿Algo grave?
.- Sí. A la Dani la atropellaron esta tarde. Está en el hospital San Tadeo, con riesgo de muerte. ¿De verdad que no sabíai? - preguntó Felipe -. ¿Roberto? ¿Aló? ¿Aló? ¡Roberto! ¿Estái ahí?
El auricular quedó colgando, mientras el poeta salía corriendo de su casa. A los pocos minutos viajaba en micro en dirección al hospital San Tadeo.
Felipe se paseaba nervioso por el pabellón de operaciones, aguardando a que terminara la complicada operación a Daniela. Sentados, los padres de la niña lloraban amargamente.
- ¡Uf! Hola, mi amor... - dijo jadeando Macarena en cuanto vio a Felipe -. Me vine corriendo apenas supe, no tenía idea que tú también estabas acá...
- Hola Maca - le respondió besándola brevemente en los labios.
- ¿Todavía no termina la operación? - preguntó ella.
- No. No sabemos cuánto durará, pero deben llevar más de dos horas interviniéndola.
- ¡Ay, por qué tenían que atropellarla! ¡Justo a la Dani que es un pan de Dios!
- Tranquila, Maca, todo va a salir bien... - la tranquilizó Felipe.
Se abrazaron un momento. Felipe la besó en la frente, justo cuando Roberto entraba corriendo al pabellón.
- ¡Roberto! - exclamaron ambos. El muchacho traía los ojos rojos y el rostro demacrado por la tristeza, lo que contrastaba con el impecable terno blanco que llevaba puesto por motivo del olvidado póker.
El muchacho se paró en frente de ellos.
- Felipe… - comenzó con un nudo en la garganta.
No pudo seguir. El llanto se apoderó de él, y se lanzó a los brazos de su amigo.
- Ya, poeta, tranquilo… - le dijo Felipe.
“Este no es el llanto de la amistad” – pensó el novio de Macarena, abrazando cariñosamente a Roberto -. “Son las lágrimas del enamorado”.
Entonces, los dos amigos se miraron. Y tácitamente, solo con un abrir y cerrar de ojos, Roberto le confirmó a Felipe que sí, que él estaba enamorado de Daniela desde hace muchos años.
Y Felipe comprendió de inmediato. Lo abrazó más fuerte que nunca.
- ¿Los padres de Daniela Fuenzalida? – preguntó una enfermera que acababa de aparecer en la sala de espera del pabellón.
Ambos progenitores se pusieron de pie de inmediato.
- La operación ha sido un éxito. Daniela ya está fuera de peligro.
Al cabo de un par de horas, se le permitió el ingreso a la habitación 406 a los padres de la niña. Esta aún estaba anestesiada, pero los progenitores insistieron en verla.
Afuera, aguardaban su turno Felipe, Macarena y Roberto.
Cuando los padres de Daniela salieron, se les permitió el ingreso a los muchachos.
- Sólo unos minutos, y no hagan ruido – les ordenó la enfermera.
La blanca habitación olía a rosas. Daniela yacía dormida, con la cabeza cubierta de vendas. Aún así, sus labios sonreían.
- ¡Ay, amiga! – lloró Macarena al verla.
- Shht – la hizo callar Felipe -. ¡Mírala, si sonríe!
Roberto callaba. En silencio, acercó una silla al lado de la cama, y le tomó la mano a Daniela.
Felipe y Macarena siguieron sus actos. Felipe comprendiendo, Macarena extrañada.
- Oye, Dani… - susurró Roberto al oído de Daniela -. ¿Sabías que yo soy el que te manda esos poemas de amor? Desde que te vi por primera vez que estoy enamorado de ti. ¡Pero es un secreto! Te lo digo sólo porque estás dormida, preciosa.
- ¿Qué le está diciendo Roberto a la Dani, amor? – preguntó Macarena a Felipe.
- No sé.
- Realmente lo afectó mucho el accidente. Parece que la quiere harto.
- Puede ser – dijo Felipe, y para distraerla, la besó largo rato. Luego la miró a los ojos y le dijo: - Te amo Maca. ¿Lo sabías?
Al mismo tiempo, Roberto susurraba llorando:
- Te amo Daniela. ¿Lo sabías?
Fue entonces cuando la puerta se abrió rudamente. Todos dieron vuelta la cabeza. Era Pablo.
- ¡Hola chicos! – dijo entrando a la habitación, y Roberto soltó de inmediato la mano de Daniela, la que quedó colgando laxa de la cama.
- Pablo… - dijo Roberto, levantándose de la silla y mirándolo fijamente.
Pablo lo miró extrañado, y esquivó su mirada. Entonces se fijó en Daniela.
- ¡Mi niña! ¡Mira cómo te dejó ese irresponsable! Perdona por no venir antes, me acabo de enterar.
Roberto lo miraba fijamente. “Hipócrita de mierda” – pensaba.
Pablo se sentó en la silla que Roberto había dejado, y le tomó la mano a Daniela.
- Pobre pequeña mía... Te amo, Daniela. ¿Lo sabías? – le dijo en voz alta.
Al escuchar las palabras de Pablo, Macarena miró a Felipe. Felipe miró a Roberto. Roberto miró a Pablo que tomaba la mano de Daniela, y luego a Felipe que abrazaba a Macarena; y comprendió que él ya estaba demás.
- Bien... Yo los dejo, muchachos. Cuiden a la Dani – se despidió con tristeza.
Abrió la puerta para retirarse cuando, de pronto, pareció cambió de opinión. Volvió sobre sus pasos y levantó la almohada de Daniela, buscando algo con el tacto.
- ¡Bah, estaba seguro de que se me había quedado algo aquí! – comentó con nerviosismo -. Parece que me equivoqué. Bueno… este… chao.
Salió atropelladamente de la habitación, casi chocando con la enfermera que entraba a ésta.
- ¡Vaya que iba apurado! – comentó la mujer observando cómo el poeta corría por el pabellón -. Bueno muchachos, ya deben retirarse. Daniela necesita descansar.
- Claro, claro, nos vamos – se apuró en decir Pablo -. ¿No es así, Pipe?
Felipe asentió con la cabeza y le dijo a su novia: - ¿Vamos, amor?
- ¿Qué es esto? – se preguntó al ver un papel blanco doblado. Lo tomó y lo abrió impulsivamente: Un precioso poema estaba escrito en tinta negra. Pablo comenzó a leerlo atónito.
- ¡Es la letra de Roberto! – exclamó incrédulo, al terminar de leer.
- Joven, por favor, debe retirarse – le ordenó la enfermera desde la puerta, con un dejo de impaciencia en la voz.
martes 12 de junio de 2007
EL DIA SIGUIENTE
Eran esas noches en que parecía dormir, pero al mismo tiempo estaba atentamente despierto para no desperdiciar su día cuando fuera hora de dejar las sábanas. Esas noches eran, en realidad, una ansiosa espera del día y de la felicidad que éste habría de traer consigo.
Añoraba ser niño. Echaba en menos su carencia de preocupaciones, esa ya imposible capacidad de amar el día, de que la noche fuera sólo un pretexto para que el calendario no se quedara eternamente inmóvil.
¡Cómo había cambiado todo! Ahora su día transcurría triste y rutinariamente en la oficina, trabajando para que otros se enriquecieran mientras sus servicios eran mezquinamente agradecidos con un cheque impersonal.
Impersonal. ¡Cuán impersonal era todo! Impersonal el beso de su mujer al despedirle en las mañanas con un impersonal “que te vaya bien”. Impersonales las monedas que entregaba al chofer de la micro, impersonal la limosna a ese desgraciado que hacía sonar su “tacho-alcancía” en las escaleras del metro. Impersonal la manera en que le decían “termina este informe, saca la cuenta de esto, llama a este tipo…”
- Buenos días, le llamo de la Empresa Téfax. Sí, habla usted con el encargado de… ah, sí, señor le entiendo. Sin embargo, estoy seguro de que le interesaría escuchar acerca de nuestros planes para… Téfax, sí, somos una corporación de… Sí, como le decía, somos una… Ya. Ya. En fin, es una lástima, porque nuestro nuevo ajuste promete… ¿está seguro? Porque a empresas como la suya… Bueno, hasta luego. Que tenga usted un buen día.
Era en definitiva impersonal. ¿Por qué tenía que llamar a un hombre que no conocía y tratar de agradarle cuanto pudiera?
Todos en la oficina eran impersonales. Lo mismo hubiera dado que ninguno tuviera rostro. No habría cambiado en absoluto su expresión facial.
Pero esa noche, antes de acostarse, supo que al día siguiente algo cambiaría. Comenzaba a sentir esas vueltas del estómago que le anunciaban que la noche estaba de más, que sólo debía esperar el día. Por eso, nada de alarmas. La simple percepción de que debía levantarse le haría abrir los ojos a la hora exacta. Esa noche dormiría agitado, lo sabía. Cambiaría varias veces la almohada de posición para buscar el lugar más frío, y se daría una y mil vueltas buscando la postura perfecta para dormir. Su mujer le diría entre sueños que dejara de moverse. Él no le haría caso. Seguiría en ese placer agónico que entrega la imposibilidad de dormir por la espera de un gran día.
Sonriendo, se puso el pijama y se hundió entre las sábanas mientras apagaba la luz. Nada de alarmas. Mañana era un día especial, y saber eso le haría despertarse con entusiasmo, y saltar de la cama a la ducha, y afeitarse con pulcritud, y vestirse con estilo, y sonreír a las impersonales personas que se encontrara en la calle.
Sí, mañana iba a vivir. A vivir, por fin. A decirle unas cuantas cosas a su mujer y a su jefe, que tanto le atormentaban cuando no vivía. A pagar la micro con intención, y no por rutina. Que ese chofer supiera que él le entregaba el dinero porque necesitaba trasladarse. Que aquel mendigo entendiera que no le daba monedas porque le sobraran, sino que realmente sentía empatía por él y le quería ayudar. Que ese imbécil de jefe recibiera su estúpido informe y captara que él lo consideraba estúpido, tanto a él como a su informe.
No más impersonalidad. Él sería él, y no un esclavo de la rutina. Su vida sería suya, y no él de su vida.
- Deja de moverte de una vez – le recriminó su mujer entre sueños.
Pero él continuó moviéndose, complaciéndose en su espera del día siguiente, en la banalidad de la noche. Morfeo quería invitarlo a su reino, pero él se resistía. Los párpados le pesaban, pero no quería cerrar los ojos. Mañana sería un gran día. Mañana sería el primer día del resto de su vida. Mañana algo cambiaría. Mañana…
- ¡Dios mío! ¿Qué hora es? – exclamó de pronto su mujer.
Abrió los ojos con lentitud. El sol ya bañaba la pieza.
- ¡No pusiste alarma, idiota! – le gritó agudamente -. ¡Estás dos horas atrasado para el trabajo! ¡Hala! ¡Cámbiate, tarado!
E impersonalmente se vistió, impersonalmente tragó su pan y su café, impersonalmente se despidió de su mujer, impersonalmente pagó la micro, impersonalmente llegó al trabajo, e impersonalmente lo despidieron por atrasos reiterados.
viernes 8 de junio de 2007
P ó K E R --- CAPITULO VII
-
El sol ya era un recuerdo cuando Paredes se bajó de la micro y echó a andar por la calle Bandera. El calvo profesor caminaba sumido en un pandemonio de pensamientos que no lo dejaban tranquilo ni por un segundo.
Algo había cambiado en él ese día. En la última hora de clases había tenido un encuentro particular con uno de los alumnos que más detestaba. Era Roberto Torres, el estúpido adolescente con aires de poeta. ¡Cómo le desagradaba que en sus clases de matemáticas no hiciera otra cosa que escribir versos!
Sin embargo, no pudo evitar sentirse triste. Torres le había herido hasta lo más profundo, aunque sin intención. Paredes comenzaba a darse cuenta cuán rutinaria y detestable era su vida.
Se detuvo frente a la puerta del 9871 y tanteó en sus bolsillos para encontrar la llave. No estaba. En la chaqueta, quizá. ¡Tampoco! Enojado, abrió el maletín. Rebuscó entre cuadernos, pruebas y tareas. Pero la llave no aparecía.
- ¡Por la mierda, la olvidé en el liceo! – exclamó con ira.
Unas gotas le cayeron en la calva. Comenzaba a llover. En casa no había nadie. Vivía sólo con su hija, y esta no llegaría a dormir esa noche. Le tocaba estar en el departamento de su madre.
Irritado, Paredes no halló nada mejor que sentarse en la vereda a esperar. Pero no había nada que esperar. Nadie llegaría con la llave de su casa. Ni con la llave de su vida tampoco…
- ¡Tú! - exclamó el calvo y bigotudo profesor al verlo.
- Yo. ¿Me habías olvidado, eh?
- ¿Qué haces acá, imbécil?
- Lo mismo que tú. Espero.
- ¡Yo no espero nada…!
- Oh, te equivocas Paredes. Me esperabas a mí, y ahora yo te espero a ti.
- ¿De qué hablas?
- ¿Hace cuántos años ya que me olvidaste? ¿Veinte, treinta?
- No sé ni me importa. Lo mejor que me pasó en la vida fue que me dejaras en paz.
- Nuevamente te equivocas. No sabes cómo me echas de menos.
- ¡Yo no te echo de menos!
- Tal vez. Pero me parece que ese muchacho, Roberto, te ha devuelto la nostalgia.
- ¿Qué sabes tú de Torres?
- ¡Lo mismo que tú, amigo! Es un pequeño que no quiere entrar al sistema, que quiere ser feliz con su arte, aunque se muera de hambre. ¿No te resulta conocida la historia, Paredes?
- No…
- Recuerda tus años mozos. Recuerda cuando soñabas…
- Todavía sueño… - replico el profesor no muy convencido de su respuesta.
- No, ya no sueñas. Eres uno más en la sociedad. ¿Les enseñas a tus alumnos algo más que matemáticas? ¿Los educas para que salgan adelante en la vida? ¡No! ¡Tú ya no sueñas, y no quieres que ellos sueñen!
- ¿Quién eres tú para hablarme así? – gritó exasperado Paredes.
- Yo soy tú. Pero tú no eres yo. Ya no te reconozco, Paredes.
- ¡Déjame en paz! ¡Soy feliz como soy!
- No, no eres feliz. Cuando te vendiste a lo simple, cuando dejaste tus sueños, cambiaste. ¿Por qué crees que Mariana te dejó? ¡Eres un esclavo de la rutina!
- ¡No te atrevas a hablarme de Mariana! ¡Tú no sabes, no sabes nada!
Paredes comenzó a sollozar con fuerza. La lluvia caía en haces finos de agua, dejándose ver a través de la tenue luz de los focos de la calle.
- ¿Papá? – lo llamó una voz.
Paredes levantó asustado la cabeza. Rebeca, su hija, estaba clavada frente a él.
- ¡Rebeca! – exclamó, tratando de disimular su llanto -. ¿Qué haces ahí parada? ¡Te vas a resfriar!
- Papá... - dijo ella con voz queda -. Estabas discutiendo con un charco de agua.
viernes 1 de junio de 2007
IRONICO SUEÑO DE AMOR
----------------------------IRONICO - SUEÑO - DE - AMOR
Sólo entonces se despertó, comprendiendo apenas que todo había sido un sueño.
A su lado, Sofía dormía profundo, apenas cubierto su cuerpo desnudo…
Volvió a recostarse entre las sábanas inmaculadas, suspirando con tristeza.
Todo había acabado. ¿Por qué no podría haber sido eterno?
No le quedaba más que recordar esos momentos de dulce amor, de etérea pasión.
La amaba. Su corazón se lo decía. Y ella lo amaba a él también. Pero era el fin.
¿Qué iba a ser de él ahora que ella le iba a dejar, que ya no estarían más juntos?
¿Cómo podría despertar cada mañana sin ver sus ojos azules, su perfecta nariz?
Tantas noches en vela, soñando con su amor imposible. ¿Por qué justo ahora?
¿Por qué no los dejaron ser felices?
¿Por qué había recibido esa llamada de su padre desde Francia?
La vida era cruel, el amor era irónico. ¡Tantos años luchando por ella!
- ¡Ay! Te quiero, Daniel – murmuró entre sueños Sofía.
- Yo me enamoré de ti, pequeña.
- ¿Me vas a seguir amando, aunque no nos veamos más?
- Te voy a amar siempre – dejó escapar Daniel con tanto amor como tristeza.
Enredó sus dedos entre sus dorados cabellos. Quizá sería la última vez.
¿Por qué tenía que irse? ¿Por qué el destino los separaba inexorablemente?
Ahora, la miró largo rato, observando sus labios vivos, su cuerpo ya de mujer.
Cuando la vio por primera vez, era sólo una niña. La más linda de todas.
Recordaba cómo se había enamorado de ella de un flechazo.
Recordó cuánto había sufrido por su indiferencia.
Recordó toda su vida en un segundo. Toda su vida girando en torno a Sofía.
Y ahora yacía junto a ella, acabado ya su último encuentro carnal.
No había sido fácil conquistarla. Tantos años luchando con ferviente paciencia.
¡Cuántos poemas le habría escrito, cuántas lágrimas había derramado!
¡Cuántas veces había soñado con Sofía, imaginando que la besaba!
“¡Qué infinitamente irónico es el amor!” – pensó desgarrado Daniel.
Ahora ella volvía a su Francia natal, y era impensable el regreso.
¡Todo por la política! Hija de general militar, ya no estaría segura en Chile.
¿Iría a terminar alguna vez la guerra? Si era así… ¿Seguirían ambos vivos?
- ¡Maldición! – exclamó, mientras Sofía apretaba los ojos sonriendo, casi dormida.
Y es que le era imposible irse él también con ella. ¿Con qué dinero, con qué agallas?
No les quedaban más que un par de horas juntos. Ahora sólo podía mirarla.
Mas hubo de detenerse. ¡No podía derrochar el precioso y escaso tiempo en esto!
La besó en la frente, en los labios, en el cuello, en los pechos. Ella reía, coqueta.
Entonces despertaron por completo. Se miraron un instante y se dejaron llevar.
- ¡Te amo, Daniel!
Y entre espesas y tristes lágrimas, le dijo:
- ¡Te amo, Sofía!
------------------------------------ AMOR - DE - SUEÑO - IRONICO
-------------------------------------------------------------------------- ANDRES MONTERO
(Querido lector, me parece que no has comprendido del todo el cuento. ¿Por qué no lo lees nuevamente, pero esta vez de abajo hacia arriba?)
martes 29 de mayo de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO VI
"Debes estar atento a la partida. Identifica a los bluffers antes de que su falso buen juego devore tus arcas".
Daniela dormitaba tumbada en su cama. Solía descansar de esta manera después del colegio, lo que le daba tiempo para pensar y reflexionar.
Aunque sonara algo egoísta, ella pensaba que su mejor amiga era ella misma, por lo que adoraba aquellos momentos en que estaba sola, sin distracciones. A veces hablaba sola, para conocerse mejor.
Daniela era una niña diferente. Al menos eso le decían sus padres y amigos, aunque ella no quisiera admitirlo. Tenía una inteligencia emocional muy avanzada para su edad, y había madurado muy rápido. Siempre estaba preocupada de los demás, y esto lo hacía de corazón. No soportaba ver sufrir a ningún ser vivo, ya fuera humano, planta o animal. De hecho, era vegetariana. Seguía una religión muy peculiar que ella misma había creado. Su Dios era la naturaleza. Su forma de respetar a la naturaleza era no contaminar. Su forma de orarle a su dios era recoger la basura del suelo. Su manera de estar con dios era mirar el mar, o el sol, o la luna.
Definitivamente Daniela era diferente. Su personalidad tan ingenua, tan entregada, tan humilde, le hacía resaltar por sobre sus pares. Tenía el cabello castaño y largo, y unas pocas pecas alrededor de su perfecta nariz. Era una niña preciosa. Sus ojos grandes y abiertos daban la sensación de que siempre podría escuchar y ayudar a cualquier persona que se lo pidiera. Parecía que nunca estaba apurada. Siempre habría tiempo para algún ser humano.
Daniela saludaba a todas las personas con las que se cruzaba en la calle, aunque no las conociera, tal como se hace en el campo. Se hacía amigos con mucha facilidad. Incluso, mantenía amistad con varias personas que conocía en las micros.
Mientras yacía en su cama, alguien tocó la puerta de su pieza. Ella se levantó y abrió.
- Te llegó esta carta, Dani… - dijo su madre pasándole un sobre dirigido a ella.
Daniela lo tomó murmurando un "gracias", y cerró la puerta. Esperó a oír los pasos de su madre alejándose por el pasillo, y con locura se abalanzó sobre la carta, rasgando con poco cuidado el sobre.
- ¡Otra vez tú, misterioso enamorado! – soltó al reconocer la letra.
Desde hace unos dos años, recibía todos los meses cartas anónimas de un hombre que decía estar profundamente enamorado de ella. Pero no eran cartas cualquiera. Eran preciosos poemas de amor que a veces llegaban a emocionarla.
- ¿Por qué no me dice quién es? – se preguntaba Daniela -. ¡Quizá hasta podría enamorarme de él!
Pero ella sabía que eso era imposible. Daniela amaba a Pablo, su eterno novio.
Nunca había amado a otro hombre. Pablo era el único, y ella no sabía por qué. Seguramente era lo increíblemente bien que la seducía, o la forma apasionada en que la besaba, o quizás simplemente lo bien que lo pasaba con él. Pero estas razones no le parecían suficientes.
Daniela leyó el poema. Lo leyó unas cuatro o cinco veces seguidas y luego apretó el papel contra su pecho. Realmente había logrado emocionarla, como casi todos los poemas anteriores. Eso sí que era amor verdadero.
Amor…
¿Qué era, al fin y al cabo, el amor? Nadie nunca se lo había dicho, y seguramente nadie se lo diría. Recordaba lejanamente que una vez su padre había comentado que el amor, al igual que todos los sentimientos, está en terreno mudo. Son cosas que se sienten, y que resulta imposible explicarlas.
Daniela meditó todo esto, y se juró a sí misma que se casaría con el primer hombre que le diera una definición aceptable de amor. ¡Amor!
Se tumbó en su cama, mientras murmuraba entre dientes "amor, amor, amor", sin detenerse, hasta que la palabra comenzó a perder su sentido.
De pronto, un extraño sentimiento se apoderó de ella, remeciéndola por completo. ¿Qué pasaba? ¿Qué era esta sensación? Sentía como si algo la estuviera esperando, y no pudo resistirse a salirle al encuentro. ¿Pero qué debía hacer? ¡Algo le decía que no era en su casa dónde iba a encontrar la respuesta! ¿Pero qué respuesta? ¡Daniela, qué pasa! ¿Por qué ahora te levantas de tu cama? ¿Por qué salgo de la pieza?
Se hacía imposible evitarlo. Algo afuera la estaba esperando. Su bello cuerpo tiritaba de emoción, pero no sabía a qué se debía.
Impulsada por un llamado del corazón, abrió la puerta de la casa y salió a la calle. Ciega, casi, envuelta en una sensación imposible, bajó de la vereda a la calle. Algo brillaba, allá, en la esquina. ¿O se lo estaba imaginando? Temblorosa, se acercó a pasos cada vez más largos, cada vez más irresistible era alcanzar aquello que la llamaba a gritos, brillando en lontananza.
Una ronca bocina la sacó de su ensueño. Daniela dio vuelta la cabeza. El automóvil no alcanzó a detenerse.
domingo 20 de mayo de 2007
LA INUTIL PERFECCION
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Tragó largo, y secándose la boca de un manotazo dejó la taza en el escritorio. Tragó un trago, y secándose la boca de un manotazo (no, redunda). Tomó un trago y secándose la boca (pero eso es evidente). Bebió un sorbo, y secándose (fue más bien un trago). Bebió un trago y secándose la boca de un manotazo bebió un trago largo y secándose la boca de un manotazo dejó la taza en el escritorio.
Se puso de pie, y recorrió la pieza apenas iluminada por la luz del computador. Miró con compasión a su cigarrillo antes de asesinarlo en el cenicero. Apoyó las manos en el respaldo de la silla y contempló su inacabado cuento.
Tragó largo, y secándose la boca de un manotazo dejó la taza en el escritorio. De todas maneras, el café era su brebaje preferido. Tal vez era porque un manotazo y dejó de golpe la taza en el escritorio. Aún así encendió otro cigarrillo antes de ponerse de pie. Era el sexto, quizás más, que fumaba en esa noche. El plazo del concurso finalizaba al día siguiente, y aún no lograba secándose la boca dejó la taza en el escritorio. Sabía que debía mandar su mejor creación, le era indispensable obtener el primer lugar.
Soñaba con que aún así encendió otro cigarro antes de ponerse de pie (cigarro no más). Pero Andrés confiaba en que toda su dedicación vería frutos, tal vez incluso el primer cigarrillo antes de ponerse de pie (mejor cigarrillo, cigarro me suena a puro).
Llevaba horas encerrado en su pieza, y el saldo era el siguiente: cuatro inciensos hechos polvo, seis o siete cigarrillos divididos (seis o siete en los pulmones; sus respectivas colillas agonizando en el cenicero), el termo de agua caliente casi vacío, algunos granos de café esparcidos en el escritorio y el azúcar en pleno nevando el teclado. Una capa de humo espeso(inciensos, cigarrillos, café, sudor) se movía apenas en el techo. Aún así encendió otro cigarrillo antes de ponerse de pie. Era el sexto, quizás más, que fumaba esa noche.
Fuera, la lluvia azotaba los altos eucaliptos amenazando con sacarlos de raíz. Afuera, la lluvia azotaba con fuera la lluvia azotaba los altos eucaliptos amenazando con en el patio la lluvia en
el jardín la lluvia azotaba los altos eucaliptos amenazando con sacarlos de raíz. El jardín está fuera. El jardín está afuera… Fuera, la lluvia azotaba con furia los enormes eucaliptos amenazando con sacarlos de raíz.
Los párpados se le caían mientras el tiempo corría inexorable. Andrés nunca había creído en el poder de la cafeína para mantener los ojos abiertos. De todas maneras el café era su brebaje preferido. Tal vez fuera por que le hacía recordar esas noches en Bogotá, cuando lo bebía dando largos tragos mientras miraba la luna desde su dormitorio en la casa del tío Fabián. Pero ahora no estaba para recuerdos. Debía terminar el cuento para mañana.
Tragó largo y secándose la boca de un manotazo dejó la taza en el escritorio. Volvió a sentarse (¿o ya estaba sentado?). "Antes de ponerse de pie…" (no, estaba de pie). Entonces se enfrentó al odioso papel que le ofrecía el computador.
Tragó largo y secándose la boca de un manotazo dejó la taza en el escritorio. Solos él y la pantalla, frente a frente. Solos él, un cigarrillo y la pantalla, frente a frente. Solos él, un cigarrillo, otro incienso y la pantalla, frente a frente. Solos él, un cigarrillo, otro incienso, una humeante taza de café y la pantalla, frente a frente.
Solos él, su equipo inspirador (el cigarro el incienso el café) y una dosis de ansiedad. Solo él contra el tiempo. Los dedos bailando desenfrenados en el teclado. La tecla de borrar con moretones. Los dedos secando el sudor del rostro. Los dedos de vuelta al teclado. La tecla que borra descontrolada. El papel otra vez en blanco. El reloj avanzando con crudeza. Otro cigarrillo otro incienso otro café. El papel seduciendo a escribir. La tecla maldita borrando lo imperfecto. El primer premio cada vez más lejos. El plazo acercándose a zancadas. El reloj y su tic-tac inmutable.
Bebió un largo trago y secándose la boca de un manotazo tomó un trago y secándose la boca de un tragó un trago y secándose bebió un sorbo bebió un trago bebió un largo trago y secándose la boca de un manotazo desconectó desesperado el computador. Aún así, encendí otro cigarrillo antes de ponerme de pie.
lunes 14 de mayo de 2007
VUELVE
vuelve, libre paloma blanca,
ola dudosa,
gaviota extraviada.
Vuelve a la arena húmeda de llanto,
que espera tu huella profunda e imborrable,
la marca de tus pies ambulantes,
de tu mente impenetrable.
Vuelve,
diosa mitológica,
a la canción del trovador,
al paisaje del artista
y a los versos del poeta.
Vuelve,
a ser inspiración del incomprendido,
a llenar almas vacías y hojas en blanco.
Tú te marchaste…
¡Cuantas plumas, pinceles y guitarras quedaron cesantes!
Vuelve, vuelve.
No destruyas el arte,
ni quiebres más ilusiones,
pues aún estas cuelgan del cielo
sujetadas por una larga cuerda invisible.
El viento hace resonar tu nombre,
las estrellas y nubes forman tu rostro en el cielo triste
y el sol procura esconderse tarde
para buscarte con sus rayos eternos.
Vuelve, te necesito.
¿A quién le robaré inspiración?
¿Quién calmará las aguas de mi alma atormentada?
Vuelve,
el arte te necesita.
Escasean los cantos de amor desde que me dejaste.
Vuelve,
un par de ojos eternamente abiertos necesitan cerrarse,
y una mano expectante necesita acariciar la tuya.
Vuelve,
un hombre necesita una razón de vida,
y un par de ojos oscuros quieren descansar,
abrirse y observar tu rostro infinito.
Vuelve.
lunes 7 de mayo de 2007
P ó K E R --- CAPITULO V
“Póker se juega en silencio. No te distraigas si quieres ganar”
JOAQUIN
-
Más de uno pensaba que estaba loco, pero eso a Joaquín no le importaba: él la seguía buscando en todos los rincones de la ciudad, del mar, del viento, de las personas. A ratos se preguntaba si no sería mejor esperar que llegara sola (de todas maneras, algún día la encontraría), pero algo le decía que entre más temprano esto ocurriese, mejor. Así que la seguía buscando. Siempre y en todo momento él la buscaba, con la esperanza imposible de encontrarla aquel día.
Joaquín caminaba, a ratos con la cabeza hacia el cielo, a ratos mirándose los zapatos. No sabía si estaba en el cielo o en la tierra, así que debía buscar en ambos.
Caminaba, pues, con las manos en los bolsillos, luciendo sus bien definidas facciones. A veces algunos grupos de mujeres le chiflaban, y él se daba vuelta esperanzado de que ellas la hubieran encontrado y se la quisieran enseñar. Pero se desilusionaba rápido: sólo lo habían encontrado buen mozo.
Y es que realmente todas las mujeres lo seguían y lo amaban en un secreto a voces, quién sabe por qué. Él les esbozaba una sonrisa, incapaz de entender qué veía en él el mundo femenino. Sólo era Joaquín, el soñador. No le interesaban las mujeres. Era feliz con sus amigos, aunque a decir verdad ellos tampoco lo entendían. Pero era agradable conversar con ellos, y jugar al póker los fines de semana. Sabía que todos lo querían y respetaban, pero también sabía que lo encontraban raro, porque siempre andaba revisando todo. Es que ellos no entendían: él tenía que encontrarla.
Joaquín dio media vuelta y decidió regresar a su casa. La búsqueda de ese día había demorado más de lo normal y ya se estaba oscureciendo.
Apenas había desandado unos pasos, cuando una pequeña piedra le golpeó de lleno en la cabeza.
Desconcertado, miró hacia atrás, pero sólo el viento que remecía los árboles estaba presente en la calle.
Recogió la piedra. Tenía un papelito amarrado. El corazón comenzó a latirle con furia. Leyó el papel. Con letra apurada pero pulcra, alguien había escrito en tinta azul: “Yo también la estoy buscando”.
miércoles 2 de mayo de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO IV
"Si posees un mal juego, abandónalo, mas nunca debes desear que quien está a tu lado posea tus propios naipes para así dejar de ser el único perdedor"
Macarena caminaba a paso firme, pero con cierta paranoia. Cada pocos segundos miraba hacia atrás, para constatar que no la seguían. Sin embargo, a medida que el manto oscuro de la noche se hacía presente, la morena joven se iba sintiendo más protegida. Seguramente su ropas negras le harían camuflarse en la oscuridad y pasar desapercibida.
La primera vez que hizo este recorrido se había perdido. Había confundido las calles y terminó volviendo a casa sin llegar a su destino. Hacía de eso casi un año. Ahora conocía a la perfección el trayecto hasta aquella construcción abandonada de un edificio, donde se juntaba con los traficantes de drogas cada dos semanas.
- Dos minutos atrasada, niña – dijo la voz de un hombre desde la oscuridad del subterráneo del edificio, al ver llegar a Macarena.
La joven miró hacia el lugar desde donde provenía la voz, pero sólo vio el punto rojo de un cigarrillo prendido.
- Perdona, me vine lo más rápido que pude… - respondió ella nerviosa. Odiaba hablarle a alguien que no veía.
- ¿Trajiste la plata? – dijo otro hombre, de unos veinte años, y que llevaba el pelo hasta los hombros y cubriéndole parte de la cara. Tenía prendida una linterna, iluminando desagradablemente la cara de Macarena.
- Sí, sí… Hagámosla corta, ¿vale? – dijo la niña poniendo una mano frente a sus ojos para tapar la luz.
- ¿Cuánto querís pillar esta vez? – preguntó el hombre que sujetaba la linterna.
- No más de cinco lucas. Cada vez es más difícil convencer a los más chicos, así que no puedo llevar mucho. Corro el riesgo de no vender toda la marihuana y que la descubran en mi casa.
- ¡Hasta cuándo, mierda! – gritó de pronto el hombre que fumaba, y se acercó hacia la luz de la linterna del hombre joven -. Nosotros tenemos un trato, niña. Te dejamos entrar en el negocio, pero tú tenís que vender la mercancía. ¡Y cada vez estai pidiendo menos! ¡Y pura marihuana!
- Tú decidís, pendeja - agregó el joven -. Si la próxima semana movís menos de diez lucas, te sacamos del negocio.
- ¡No, no pueden hacerme esto! Yo estoy en este negocio pa’ ayudar a mi familia…
- ¡Nos importa una mierda! Tenís claras las reglas, así que partiste...
Macarena tomó la bolsa de marihuana que le pasaban los traficantes y la metió a su mochila, apretándola todo lo que podía entre los múltiples cuadernos y libros de estudio. Salió corriendo del edificio, y no se detuvo hasta que tomó la micro que le llevaría a su casa.
Estaba asustada. Los traficantes eran de armas tomar. Si ella no vendía la droga, la sacarían del negocio. ¡Y si eso pasaba, estaba perdida! No tendría dinero para comprar drogas para ella, y se vería obligada a robarle a sus padres. Ella solía decirle a los traficantes que todo lo hacía para ayudar a su familia, pero no era verdad. La plata que ganaba con el tránsfugo negocio la utilizaba en comprar marihuana o cocaína para ella.
Maldecía el momento en que conoció a los traficantes. Desde aquella primera vez en que probó la marihuana, toda su vida había cambiado. Se sentía atada a un placer irresistible. Estaba encadenada a la droga. Ya no era la misma de antes.
Macarena se tapó el rostro con las manos y lloró en su asiento de la micro. Lloró largo rato, añorando los primeros años de su vida, aquellos en que todo era color rosa. Sus padres aún no se separaban. Su hermano aún no moría. Ella era inocente, era feliz. Su droga era el aire puro, sus vicios eran la música y su familia. Vestía ropas alegres, coloridas.
Y ahora se miraba… Usaba ropa negra desde que murió su hermano, pero no era luto. Era rebeldía. Era el querer sentirse triste, sentirse opaca. Era el desear que el mundo la viera así, como una niña sin oportunidades que clamaba por aceptación.
"El mundo no acepta a los drogadictos" – solía repetir antaño.
"Ni yo me acepto a mi misma. ¿Cómo el mundo va a aceptarme?" – pensaba ahora, mientras sollozaba en la micro.
Todo había cambiado por su adicción a las drogas. Incluso, la relación con Felipe daba tumbos. Ella aún lo amaba, pero sentía que un hombre tan completo y perfecto como él no se merecía a una condenada drogadicta como ella. Nada sabía Felipe acerca de su adicción, pero Macarena pensaba que lo sospechaba.
"¡Maldito momento en que me metí a las drogas! ¡No lo necesitaba!" – se repetía con la cara tapada y las manos empapadas en lágrimas.
La micro ya llegaba a la casa de su madre. Macarena se secó la cara.
- Ahora, disimulemos este llanto. Todo debe parecer bien… - se dijo antes de bajarse.
Caminó hasta su casa, y tocó el timbre. Cuando su madre le abrió, dejó su traje de Macarena e ingresó a su hogar como la siempre buena y servicial Maquita.
jueves 26 de abril de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO III
-------------------------------------------FELIPE---------------------------------------------
- No sabes que rabia me da Pablo… - dijo Roberto a Felipe, mientras caminaban por la calle del liceo hacia el paradero de micros.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo por qué? ¡Está pololeando con la Daniela e intenta seducirlas a todas! Te lo juro, macho, en este momento debe estar besándose con Gloria.
- ¡Ja, ja! ¿No sabí que Gloria es una diosa inalcanzable? ¡Nadie jamás la ha besado ni en sueños! Bueno, en sueños sí – rió Felipe.
- No me extrañaría que Pablo lo hiciera...
- ¡Qué más da! Es libre de hacer lo que le plazca.
- ¡Pero la Dani confía en él! Y es una buena chica, no se merece pasar por esto.
- No tiene por qué saberlo…
- ¿Qué haríai tú si la Maca se mete con otro? – lo interrumpió Roberto lanzando lejos la colilla de su cigarrillo-. ¿Te gustaría que todos lo supiéramos y nos quedáramos callados?
- La Maca nunca haría eso - aseguró Felipe -. Pero de todas maneras, la Dani es feliz con Pablo.
- ¡Claro, porque no sabe que se agarra a todas!
- Para, para, poeta. Nunca hemos sabido que Pablo se haya metido con otra.
- ¡Porque no es huevón pa’ contarlo! Puta Pipe, ¿no viste cómo salió persiguiendo a Gloria? ¡Obvio que se la quería jotear!
- A lo mejor tenía que decirle algo importante…
- ¡Qué va a tener que decirle, si nunca le ha hablado! Pablo sólo piensa en conquistar a toda mujer que se le cruce.
- Bueno, aunque así fuera, aunque ahora mismo esté con Gloria en una plaza besándola con pasión, yo no le diría nada a la Dani. ¡Le destruiría la vida!
- ¡Ponte en sus zapatos! Piensa que te están engañando, y no lo sabís. Yo, como amigo, te lo diría. ¡Tú, como el mejor amigo de la Daniela deberíai decírselo!
- Y como el mejor amigo de Pablo debería callar – sentenció Felipe.
Roberto guardó silencio. Estaba realmente enfurecido. ¿Cómo nadie se daba cuenta de quién era realmente Pablo?
- Dime una cosa, Roberto… - preguntó de pronto Felipe -. ¿No será que a ti te gusta la Dani?
Roberto dejó de caminar y abrió al máximo los ojos…
Era verdad, él amaba a Daniela desde el primer día en que la vio. Hacía de esto casi cuatro años. Se había enamorado perdidamente, pero en ese entonces a ella ya le gustaba Pablo. Nunca se atrevió a declararse, y por supuesto que nunca lo haría. Mientras Pablo estuviera en el corazón de la bella chica, no habría ninguna posibilidad para él. Era su secreto, su gran secreto.
- ¿Estai loco, huevón? ¡Yo no amo a ninguna mujer! – mintió Roberto intentando parecer ofendido.
- ¿Ah sí? ¿Y entonces quién es tu musa inspiradora? – preguntó Felipe.
- ¡No tengo musas! Le escribo a… a… a la naturaleza!
- Ah, comprendo – dijo pícaramente Felipe -. Y dime, poeta, ¿desde cuándo a la naturaleza no la amas porque la besas, sino que la besas porque la amas? ¡Al menos eso decían los versos que escribiste hoy en el pizarrón! Yo creo que estabas hablando de una mujer, ¿ah?
Felipe sonrió al darse cuenta que llegaba al fondo del asunto. Y Roberto se sintió derrotado.
- ¡Sí, pero es que yo le escribo a todas las mujeres! – soltó por fin Roberto, creyendo salvarse -. Después de todo, son parte de la naturaleza ¿o no?
- Sí, pero eso no quita que… ¡Chucha, esa es la micro que me sirve! ¡Chau, poeta!
Felipe corrió hacia la micro, que ya partía. No alcanzó a subirse, pero la persiguió por dos cuadras hasta que la alcanzó. Tenía un estado físico genial, debido a su afición por el fútbol.
Pagó su pasaje y se sentó en uno de los asientos de más atrás.
No tenía ninguna gana de llegar a su casa. Desde que su hermana y él supieron que su padre engañaba a su madre con otra mujer, el ambiente del hogar se había tornado muy hostil. La madre no sabía nada. Felipe y su hermana habían visto salir misteriosamente a su padre de la casa durante varias noches, hasta que decidieron seguirlo. Lo acecharon hasta una plaza, donde se reunió con una mujer tapada por un velo. Nunca pudieron verle la cara, pero supusieron que era una prostituta, ya que el padre le entregó dinero y luego entró junto a la mujer a una casa de aspecto extraño.
La micro lo dejó en su calle, y Felipe caminó hasta su casa, arrastrando bolso y pensamientos.
Sacó su manojo de llaves y abrió la puerta. Entró a la casa. No había nadie. Sonrió y decidió llamar a Macarena, su novia.
- ¿Aló? ¡Maca! – dijo Felipe por el teléfono -. ¿Bien y tú? ¿Estai apurada? Ah, no, nada… Sí, es que estoy solo en mi casa y pensé… No, no te preocupí… Ya, chao… Un beso.
Felipe se tumbó en su cama desilusionado. Macarena estaba extraña. Desde hace un tiempo la sentía distante, como si ya no quisiera estar con él. Solía responderle con evasivas ante cualquier invitación. Había dejado de ser la niña tierna y amable que había sido en los inicios de su relación. Relación que, por lo demás, estaba próxima a los tres años.
- ¡No, no puedo pensar así de ella! ¡Aún me ama! Tiene que ser así…
De pronto, Felipe escuchó la voz lejana de Macarena. Parecía proceder de la calle. Se alegró mucho, porque pensó que había aceptado la invitación a ir a su casa. Miró por la ventana de su pieza hacia la calle para saludarla, pero se encontró con una escena que le paralizó: Macarena estaba besándose con Pablo. Parecía entregada, y lo que era peor, parecía disfrutar los besos de Pablo. Antes de que Felipe pudiera reaccionar, el teléfono comenzó a sonar.
- ¡Al diablo el teléfono! – gritó para sí, totalmente descontrolado.
En ese momento, despertó. Estaba empapado en sudor. Se había quedado dormido en la cama mientras pensaba en la extraña conducta de la Maca. ¡Todo había sido un sueño!
- ¡Aló! – contestó por fin Felipe, ya que era el teléfono lo que lo había despertado -. ¿Póker? En la noche, ¿cierto? Sí, de todas maneras. Gracias, chau.
Era Roberto, quien lo invitaba a jugar póker a su casa, como casi todos los fines de semana.
Felipe se tendió nuevamente en la cama, intentando revivir la escena en que descubrió a su padre con la prostituta. Le causaba un dolor profundo pensar en eso, y sentía lástima por su esforzada madre. Cuando niño, pensaba que sus padres eran una pareja perfecta.
Realmente, su vida comenzaba a cambiar drásticamente. La familia comenzaba a destruirse, sus notas bajaban considerablemente. Ante cualquier dificultad, Felipe siempre acudía a la Maca, y ella sabía como hacerlo olvidar los problemas. Pero ella estaba extraña.
"Ningún sentimiento es peor que la incertidumbre" – pensó con tristeza el buen muchacho.
Pero todavía le quedaba algo en lo que sabía que era el mejor: el fútbol. Soñaba con ser profesional, y estaba seguro de que lo lograría a punta de esfuerzo. Por esto debía cuidar su salud. Mucho le había costado dejar de fumar, y ni siquiera se le ocurrió empezar a tomar como sus amigos. No, él se contentaba con el póker, el fútbol y la Maca… Pero algo no andaba bien. Algo le pasaba a Macarena, y él debía averiguar qué era antes de que fuera demasiado tarde. Agotado, se tiró en la cama y se quedó dormido.
lunes 23 de abril de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO II
----------------------------------------------II
----------------------"Algunas veces, gana el mejor bluff".
------------------------------------------PABLO-------------------------------------
- ¡Eh, ahí viene el poeta! – gritó burlón Pablo, al ver llegar a Roberto.
- No me jodas… ¿Quién me invita a un cigarro?
Todos los muchachos se miraron. Al final, fue Gonzalo quién cedió.
- Con éste ya me debí seis… – dijo estirándole un arrugado cigarrillo.
Roberto lo encendió. Fumar a la salida del liceo era un rito que había que seguir imperiosamente.
- ¿Qué se hace esta noche, camaradas? – preguntó el poeta tirando argollas de humo.
- Yo no sé si pueda salir… - anunció David.
- ¡Ja, ja! – rió Pablo -. ¡No me digai que te castigaron de nuevo!
David asintió con la cabeza.
- Anoche tuve una discusión con mi vieja.
- ¿Pero de qué puede discutir un hijo ejemplar como tú con su mamá? – se extrañó Pablo -. Vamos descartando: ¿Notas? No, tení el mejor promedio del curso. ¿Cigarro, alcohol? ¡No fumai ni tomai!
¿Rebeldía? ¡Nunca hai matado a una mosca!
- Es algo personal – dijo David intentando terminar la conversación. Pero Pablo no desistió.
- ¡Vamos, somos tus amigos!
- ¡He dicho que es algo personal, Pablo!
- Está bien, está bien… en fin, si me lo querís decir, estoy para ayudarte.
Pasaron un rato en silencio. Eran siete los muchachos ahí reunidos, como todos los días después de clases. Estos eran Gonzalo, David, Pablo, Roberto, Felipe, Raimundo y Tomás, todos de entre quince y dieciséis años.
- ¡Miren quién viene ahí! – susurró Pablo a sus amigos.
Todos dieron vuelta la cabeza, con muy poca disimulación. Se trataba de Gloria, la niña más linda del liceo, y que según contaban, nunca había besado a alguien.
- ¡Esta es la tuya! – se dijo Pablo sobándose las manos, y sin despedirse, salió corriendo y alcanzó a Gloria.
- ¡Ángel mío! – le dijo al llegar a su lado.
- No soy tu ángel ni el de nadie, majadero – fue la respuesta seca de Gloria.
"Esto no va a ser fácil" pensó Pablo.
- Creo que llevamos el mismo camino. ¿Puedo acompañarte? – preguntó con falsa dulzura Pablo.
- No.
- ¡Es sólo un poco! – insistió.
- No.
- ¡Bueno! No me eches la culpa si el "asaltante de la esquina" te hace pasar un mal rato.
Pablo iba a dar media vuelta cuando notó que Gloria había dejado de caminar.
- ¿Qué asaltante de la esquina? – preguntó ella sin dar vuelta la cabeza, dejando un cierto dejo de temor en la voz.
Él lo había dicho de broma, pero aprovechó la ocasión.
- ¿No sabías? Por estos recovecos se esconde un tipo que asalta a las mujeres – mintió Pablo con descaro.
- ¿En serio? ¡No lo sabía!
- ¡En serio! Y tú caminando tan sola… Una niña tan linda es una víctima perfecta para este tipo.
Gloria dudó y preguntó:
- ¿Y por qué sólo asalta mujeres?
Pablo se creyó perdido, pero su genio inventivo lo salvó, como tantas otras veces.
- Pues porque no sólo roba… El tipo es un pervertido que…
- ¡Ya, cállate! – interrumpió Gloria, ahora segura de la veracidad de las palabras de Pablo, y con un miedo profundo.
- Pero bueno, ya que no quieres que te acompañe, creo que me voy a ir más tarde.
- ¡¡No!! – exclamó Gloria en un arrebato de terror -. Quiero decir, no. Tal vez no me molestaría caminar contigo un rato. ¡Pero sin hablarme!
"Nadie dice entonces que no pueda tocarte" rió para sus adentros el rubio seductor.
Caminaron un rato en silencio, pero unos minutos sin acción era precioso tiempo perdido para Pablo.
- Dime, Gloria… ¿Es cierto que nunca has besado a un hombre?
- Es cierto – afirmó Gloria, olvidando por completo aquello de no hablar.
- ¿Y qué tal si pruebas qué se siente?
- ¿Ah sí? ¿Y con quién?
- ¡Conmigo!
Gloria se detuvo. Miró a Pablo de pies a cabeza. Y luego siguió caminando, mientras soltaba un desdeñoso "no me vales".
Pablo se sintió ofendido, pero luego recordó su larga lista de mujeres difíciles. Todas empiezan por menospreciarlo. Entonces sacó a luz uno de los recursos más básicos de la conquista: el de ponerse a un nivel mucho más bajo que el de la mujer a seducir.
- ¡Tienes toda la razón! ¿Cómo el mediocre Pablo pudo pensar en estar a la altura de la reina de las reinas?
Gloria soltó una risita orgullosa, casi imperceptible, pero Pablo alcanzó a oírla.
"Esto marcha" – se entusiasmó, y decidió continuar con la táctica.
- ¡No, en serio! No puedo creer que haya sido tan idiota… Tú, la mujer más linda del liceo, junto a… ¿Pablo? ¡No calza!
Pablo vio que las mejillas de Gloria comenzaban a sonrojarse levemente. Pero una de las reglas del seductor es no abusar de las técnicas de conquista, así que decidió cambiarla.
- Ahora que lo pienso, debe darte vergüenza andar por ahí conmigo al lado. Creo que será mejor que me vaya a mi casa… Ya estamos lejos de los peligros del asaltante.
Pablo se despidió de Gloria, se dio vuelta y comenzó a caminar a paso firme.
"Si me retiene, la víctima ha caído en las redes del galanteo".
- ¡Pablo! ¡Espera! – dijo Gloria, con un dejo de culpa en la voz.
- ¿Qué pasa? – preguntó Pablo haciéndose el desentendido.
- Es que… Creo que no me importaría caminar un rato más contigo.
La voz de Gloria había cambiado. Ya no era seca y cortante, sino más bien dócil y seductora.
- ¿En serio?
Ahora había que hacerse de rogar.
- Pero… no, creo que no te conviene. Seguramente nos verá alguien, y quedarás mal parada por andar conmigo. Las malas lenguas podrían inventar mil cosas. ¡Mil!
- Pero Pablo, a mí no me importa lo que digan de mí, mientras tenga mi conciencia tranquila.
- ¿Segura?
- ¡Segurísima!
- En ese caso, está bien, creo que podría acompañarte unos minutos más…
Dicho esto, Pablo, ni lento ni perezoso, tomó la mano de Gloria.
- Pero Pablo… ¡Nos pueden ver! – dijo nerviosa.
- ¿Y qué si nos ven? A mí no me importa lo que digan o inventen de mí, y tú me acabas de decir que tampoco te afecta.
- Pero…
- Cálmate, mi amor… Mira qué tarde perfecta. Podríamos ir a alguna plaza, y quedarnos tendidos hasta que se haga de noche y se vean las estrellas… Tal vez hasta pase una estrella fugaz, y así podría pedir que tú me amaras. ¿Qué tal?
- ¡Qué tierno eres! - Gloria comenzaba a demostrar su desconocida debilidad por la ternura -. Yo si viera una estrella fugaz pediría…
Pablo se acercaba lentamente a sus labios.
Gloria se ponía cada vez más nerviosa, dudando si besarlo o no. ¡Se hacía irresistible!
- Yo… pediría… que…
Los labios de ambos encajaron a la perfección, y sus lenguas se desataron al mismo tiempo. Las manos de gloria abrazaban el cuello de Pablo, y las manos de éste, la cintura.
Al cabo de unos segundos, Gloria se separó de Pablo, tapándose la boca con un irremediable sentimiento de culpa.
- No… no debo hacer esto, nunca lo he hecho, ¡ay!, ahora lo hice… pero ¿por qué?
Entonces Pablo eligió un último recurso: el de hacerla reír para que olvidara el sentimiento de culpa.
- Tranquila, Gloria… ¿Te digo algo? Tus besos tienen un sabor especial…
- ¿Y a qué saben? – preguntó confundida.
- ¡A gloria!
Ambos se echaron a reír, y Gloria decidió finalmente que no sería una mala idea ir a una plaza sin gente, y ver las estrellas cuando fuera de noche.
sábado 21 de abril de 2007
P ó K E R --- CAPÍTULO I
La pluma, ágil y traviesa, rasgaba con velocidad vertiginosa el cuaderno de aritmética de Roberto, quien resguardado por el banco se olvidaba de la clase y se concentraba en su ferviente poesía juvenil. Las palabras confusas y cuadradas del profesor Paredes no hacían sino rebotar en la barrera poética del joven estudiante, quien acababa de recibir una imponente inspiración, la cual lo hizo desconectarse del mundo y entrar en la fantasía literaria, sin importar que ésta fuera la última clase de matemáticas antes de la prueba.
- ¡Roberto! – vociferó Paredes deteniendo la clase.
- ¡Presente, profesor! – respondió el aludido sin despegar los ojos de sus versos.
- No te he preguntado si estás presente, aunque quizás debería hacerlo. ¡Ven aquí a hacer este ejercicio algebraico!
- ¡De inmediato, profesor! – respondió Roberto. Pero no se levantó. Estaba terminando su poesía, y si se desconcentraba la inspiración se iría volando cual paloma ahuyentada por un gato, probablemente sin ganas de volver.
- ¡Hombre, te he dicho que vengas! – exclamó irritado el docente
Pero Roberto no se movió.
- Me veré obligado a anotarte…- amenazó entonces Paredes.
- Ya voy, profe…
Roberto se levantó de su asiento, cuaderno en mano, ojos puestos en cuaderno y pluma escribiendo; y caminó hacia el pizarrón.
- Pero… ¡Deja de escribir! ¡Y mira el pizarrón!
Roberto no hizo caso, y en un arranque de furia, Paredes le arrancó cuaderno y pluma de las manos, suponiendo que así el rebelde alumno obedecería..
Pero el poeta no se inmutó. Alcanzó a tomarle un ala a la inspiración y la retuvo. Cogió la tiza que le estiraba Paredes y escribió en el pizarrón lo que le faltaba de la poesía, ante las cada vez más estruendosas carcajadas de sus compañeros.
- ¡No, Roberto! ¡El ejercicio! ¡El ejercicio…!
Roberto terminó su poesía en la pizarra y la firmó. Fue entonces cuando miró al profesor.
- ¡Ahora sí, señor!
La campana retumbó en la sala, indicando el término de las clases de ese día.
- ¡Salgan niños! ¡Tú no, Roberto! Quédate aquí.
Una vez que todos los estudiantes salieron, Paredes miró fijamente a Roberto.
- ¿Me puedes decir que diablos te pasa?
- A mí nada, señor. ¿A usted?
- Deja tu ironía. ¿Por qué no hiciste lo que te pedí?
- Si dejaba de escribir, la perdía para siempre.
- ¿Perder qué?
- ¡La inspiración! – respondió mirándolo fijamente, como si no hubiera nada más obvio en el mundo.
El profesor parecía cansado.
- ¿Y no puede el señor Neruda inspirarse en otro momento?
- ¡No señor! Se ve que usted es un cuadrado que nunca ha hecho algo fuera de ejercicios matemáticos. Para que usted sepa, la inspiración llega, en el momento que sea y sin aviso. Si se la deja pasar, se va. Y eso es un poema perdido.
- ¡No estoy para escuchar tus estupideces ni para que me ofendas!
- Señor, no intento ofenderle. Sólo trato de ser sincero y de que me comprenda.
Paredes estaba realmente irritado. Tenía la cara roja y resoplaba con fuerza.
- ¡En mi clase, tú vas a estudiar! – sentenció el docente.
- ¡A mí nunca me van a servir las matemáticas! ¡Nunca! – le espetó Roberto enojado.
- ¡Supongo que lo dices porque vas a ser escritor! ¿O me equivoco?
- No se equivoca.
- ¿Y supones que vas a vivir de las letras?
- Así como usted vive de los números.
- ¡Es diferente! Las matemáticas dan dinero; tienes que ser el mejor para vivir de la literatura – dijo el profesor.
- ¡Voy a ser el mejor! Pero no por el dinero. No me interesa. La felicidad viene de la realización personal, y no de las monedas. ¡Todos los matemáticos sólo piensan en monedas!
- No a todos los matemáticos les interesa el dinero, Roberto.
- Si le interesan los números, le interesa la plata – sentenció fríamente Roberto.
- ¡Estás terriblemente equivocado! Heme aquí, un mediocre profesor de matemáticas. Con mi talento para los números, podría estar ganando millones como ingeniero. ¡Pero primó lo que quería ejercer! ¡Primó mi amor por los jóvenes! ¡Primó, maldita sea, mis intenciones de formar personas! ¡No el dinero!
El calvo y bigotudo profesor tenía los ojos rojos, y Roberto creyó ver una lágrima cayendo en su mejilla.
- Disculpe, profe… Creo que me equivoqué con usted – dijo Roberto arrepentido.
- Vete, muchacho… Ándate rápido.
- Es que no entiendo… ¿Por qué me insta a no estudiar literatura por el hecho de que no es seguro económicamente? ¿Acaso no hizo usted algo parecido?
El profesor Paredes no contestó. Sólo sollozaba. A Roberto le dio la impresión de que él sólo conocía la sombra de lo que fue Paredes. Ya se lo imaginaba como un idealista que vio sus planes truncados por quizás qué cosa.
- Señor, si no deja que lo vean llorar, nunca contará con alguien que lo ayude a pasar sus penas – dijo con sabiduría Roberto -. En fin, tengo que irme a mi casa. Suerte.
Roberto tomó su bolso, lo cruzó al hombro y salió de la sala.
lunes 9 de abril de 2007
Palabras a mis letras: A
Esta poesía se la dediqué a mi queridísima letra A, para entenderlo bien hay que analizar la forma de la letra. Pongo una foto para que se fijen, métanle imaginación
ún siendo techo sin chimenea expeles tu humo acentuado, tu vapor de barco antiguo.Nevado pico de Alpes suizos, de la extensa cordillera de los Andes o de algún cerro colorado.
Nunca sabremos si la nieve está en la cima o en los pies, pero qué importa, nieve es.
Quizá oreja de lobo, dañada por las historias de lobos que comen niñas, abuelas y cuánta cosa ridícula.
Siempre a la cabeza (qué honor más merecido) de diccionarios y bibliotecas, de listas, de guías telefónicas. Siempre la primera, ventana nunca abierta.
Y yo te tengo, en ti me veo todos los días, en todo documento, cohete que apunta al cielo, porque yo nací en ti, así fui inscrito en el registro civil, lo primero de mí eres tú, pirámide sostenida en dos patas, porque mi nombre por ti comienza y por ti existe. Eres gráfico de gran ascenso, peak y gran descenso, siempre abscisamente atravesado por un horizonte de cielo, mar o tez, qué importa, horizonte es.
Te comparan con el uno por ser ambos los primeros, qué va, yo digo infinito, aunque también puede ser cero.
Majestuosa, impávida, inexorable, insistente eres, mi bella letra insolente, cómo puedes imponerte aunque así no lo desees, siempre eres la primera, por siempre eterna, etérea, la letra sin cabeza, cuello estrecho, piernas gordas (delgadas si así se las quiere ver), por no mencionar tu cintura encinta en cinta, y cuidado, porque sí ésta se alarga un poco ya tenemos a un jinete que a horcajadas la monta, indomable como ella sola.
Contigo pregunto (¿ah?), contigo comprendo (¡ah!), mi fiel letra de comienzo, nariz imposible, gaviota en picada.
Eres todo y eres tú, pero por sobre todo eres todo, porque contigo comienza el amor y finalizan poesía y vida.
domingo 8 de abril de 2007
Sea papel tu cuerpo
sea incienso tu perfume.
Sea música tu risa,
sean plumas nuestras manos.
sean luces tus cabellos.
sean viento tus suspiros,
sean lluvia tus sollozos.
sea día tu sonrisa.
Sean alba tus mejillas
crepúsculo tu cintura.
luna nueva un nuevo beso.
Sol en puesta tus pestañas,
fugaz estrella tu enojo.
sea el cielo aquel derecho.
Sean trigo tus dos piernas
y que semillas tus pecas sean.
sea amor tus arrebatos.
Sean besos tus palabras,
sea eterno mi poema.
PUERTAPUERTATe he visto golpear a las puertas de gente honesta.
Una a una caen, las puertas, la gente, los techos, las vidas…
Te cercioras de que Educación haya hecho un paupérrimo trabajo
y entras a ese hogar inocente
destrozando todo,
vendiéndolo todo,
devorándolo todo…
Ante la mirada atónita y asustada de los niños
expulsas a Seguridad,
circunstancia que es aprovechada por Hambre para colarse dentro
y envolver rápidamente a estas familias de puertas violadas
con sus carcajadas irónicas,
con su pan miserable.
Puerta a puerta, una a una caen,
las puertas, las madres, los niños inocentes.
Lo controlas todo. Todo lo tienes fríamente calculado.
Hambre obliga al padre a buscar el trabajo que perdió con la aparición de tu camarada Cesantía.
El padre y Cesantía no pueden separarse, ya que Educación los unió para siempre.
Es la madre quien debe trabajar.
Entonces tú, infame, te sobas las manos y le chiflas a Prostitución.
Prostitución viene corriendo. La madre la acepta, porque Hambre amenaza con matar a sus hijos.
Y he aquí tu plan maestro: le pasas unas monedas a Vicio para que acorrale al padre. Vicio hace un excelente trabajo, y el padre ahora no sólo es cesante; su desdicha lo ha llevado a consumir alcohol y drogas en exceso.
¿De dónde podrá el padre conseguir el dineral que exige Vicio para seguir consumiendo sus productos?
Entonces tú, bestia infernal de apariencia humilde, llamas a tu comparsa Violencia.
“Ve, destruye a esas familias”.
Y Violencia las destruye. El padre golpea a la madre y a alguno de los hijos. Se va de la casa con el dinero para Vicio, pero Violencia decide quedarse.
Los hijos imitan al padre. La familia se destruye. Los hijos se dispersan. La familia se diluye.
Y tú, agazapada, gozas de tan perfecto plan.
La hija queda embarazada. No hay dinero para atenderla como merece. Hace tiempo que Salud y tú dejaron de hablarse, debido a que ella quiso ayudar a Solidaridad cuando ésta agonizaba. ¡Cómo ibas a permitir semejante atrevimiento!
Salud no se encuentra disponible para esta familia, ni en hospitales, ni en ninguna parte. Ella inclina la cabeza ante ti, como todos.
Y mañana comienza esta historia de nuevo. Seguirás tocando puertas, y más gente inocente, esforzada y honrada sucumbirá ante tu poder arrasador:
- Toc, toc. Buenos días. ¿Conoce usted a doña Educación?
- No, no señora.
- ¿Y a doña Cesantía?
- Sí, señora. La conocimos hace ya casi un mes.
- Perfecto. Aquí me quedo.
- ¿Y quién es usted?
- Soy la Pobreza. Con permiso…



